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Los algoritmos no saben de amor

08/02/2017 9:46 AM CST | Actualizado 08/02/2017 10:46 AM CST
Grace Quintanilla - 2015
Corazón continental

Hace días, mientras publicaba en Facebook una nota sobre la iniciativa de aumentar el arsenal de armas nucleares del -sujeto-que-ya-conocemos-, captó mi atención un anuncio al lado derecho de la pantalla. Tengo vista cegada para comerciales, pero en esa ocasión me atrajo un retrato que tomé de Jesús, mi pareja desde hace 8 años. Al contemplarlo, recordé las tantas veces que he pedido a nuestros hijos y a él que posen ante mi cámara frente a los muros de Coyoacán, justo antes del atardecer. Esa iluminación escribe la biografía cromática de las bardas y dibuja continentes desconocidos.

Bajé de la nube a la pantalla y asumí que el contenido provenía de alguna reseña de su libro recientemente publicado. Para mi sorpresa, el anuncio en cuestión era este:

Grace Quintanilla
Captura de pantalla de Facebook, 2017

¡Toma! Ahí lo tienes: el amor de tu vida jugando al ligue de élite online, mientras recuerdas sus cálidas tardes y te acongojas por bombas nucleares. ¡Pum!

Después de la explosión, el silencio. Imaginé el escarnio público: el anuncio dándole razón a los haters, esos que opinan que la felicidad representada es directamente proporcional a la mierda escondida, que el optimismo proselitista es producto del capitalismo salvaje, que el amor romántico es una trampa del sistema heteropatriarcal.

Mi foto de perfil, como de Barbie. Eso soy: una muñeca producida en serie, una cibersoldada rasa marchando entre trillones. Un cúmulo de pixeles perdidos en la inmensa nube compuesta de subjetividades, reducidas a datos para ser interpretados por algún algoritmo. Después de todo, vivimos en una algoritmocracia en la que....

A ver: el algoritmo es suficientemente inteligente para hacer minería de datos entre mis fotos. Mediante una herramienta de reconocimiento facial, deduce que alguien con las proporciones faciales de Jesús puede atraerme. Seguramente tomaron el retrato de algún álbum para echar un anzuelo, que funcionó a medias, porque el algoritmo no tiene manera de saber que esa imagen es de mi pareja. Los programadores de IA y deep learning saben que las interacciones humanas son difíciles de predecir. Mi caso puede estar en el 64% de fracasos épicos de algoritmos socialmente torpes.

¿Qué tan eficiente puede ser una fórmula para predecir la magnitud y profundidad de nuestro amor?

Deseaba con toda mi lógica que la teoría del torpe algoritmo fuera cierta, así que di un clic en la opción: ¿Por qué estoy viendo este anuncio?

"Un motivo por el que estás viendo este anuncio es por que EliteSingles quiere llegar al alcance de personas cuyo estatus de relación en su perfil dice 'No especificado'

Puede haber otros motivos por los que ves este anuncio, incluyendo que EliteSingles desea llegar al alcance de mujeres de 40 años o mayores que viven o han estado recientemente en México. Esta es información basada en tu perfil de Facebook y en las localizaciones desde donde te has conectado a internet"

Grace Quintanilla
Captura de Pantalla de Facebook, 2017

¡Voilà! aquí la explicación en código:

Grace Quintanilla

Con la vanidad adolorida frente a tan corta identidad social, me pregunto si esas cuatro líneas de código hubieran sido el empujón decisivo para hacer el match inicial. ¿Qué tan eficiente puede ser una fórmula para predecir la magnitud y profundidad de nuestro amor? Sinceramente, dudo que la complejidad del deseo pueda expresarse en secuencias de rangos de emparejamiento.

Como buena ñoña romántica, sospeché del algoritmo antes que de Jesús, pero quedaba pendiente por resolver el asunto de la foto.

¿Por qué motivo el algoritmo no puede deducir que somos pareja, como lo hacen nuestras amistades de Facebook? Posiblemente porque en vez de consultar el estado sentimental en nuestros perfiles, los amigos perciben la calidez de nuestras comunicaciones públicas, constatan la admiración mutua que expresamos en nuestras publicaciones, leen de manera simultánea imágenes y textos de acuerdo a contextos culturales que difícilmente pueden expresarse en código.

Como buena ñoña romántica, sospeché del algoritmo antes que de Jesús, pero quedaba pendiente por resolver el asunto de la foto, así que volví a la publicidad por más pistas. Abajo del anuncio de citas, uno de anteojos. Días antes fuimos con su hijo al cine y después de comer pasamos al optometrista donde pagué mis lentes de vista cansada con tarjeta de crédito, lo que explica la presencia del comercial en mi muro.

Comprobé que no hay escape: estamos siendo datificados a cada instante. Fuera y dentro de las redes, vivimos los efectos del datacentrismo. Podemos hacer caso omiso de los contenidos publicitarios, pero no del rastro digital que dejamos mientras existimos.

Lo que los algoritmos aún no pueden interpretar son las variaciones afectivas, ni la calidad emocional presentes mientras vamos dejando esa huella digital: tomados de la mano, honrando el pacto de cuidarnos mutuamente mientras envejecemos.

Afortunadamente, los años no han afectado tanto mi memoria y recordé un correo electrónico que recibí el año pasado, de una plataforma donde ocasionalmente vendo fotos:

Grace Quintanilla
Notificación de venta de fotografía. Captura de email

Por 6 dólares para uso no exclusivo en redes, la imagen feliz y distinguida de mi amor, fue comprada y legalmente exhibida por una compañía de citas.

Sigo sin saber si la foto se desplegó en ni muro por coincidencia, pero eso lo investigaré después. Por lo pronto, con anteojos nuevos, me hago de la vista gorda.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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