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Nuestro tiempo presente es fugaz

27/09/2017 7:01 AM CDT | Actualizado 27/09/2017 10:02 AM CDT
RONALDO SCHEMIDT/AFP/Getty Images

La distancia en la mayoría de las ocasiones sirve de remedio, pero en algunas otras circunstancias, acrecienta la angustia y el dolor.

Me enteré del sismo del 19 de septiembre de este año casi 48 horas después. Tal vez fui de los últimos, en todo el mundo que cobró conciencia de la tragedia. Me encontraba fuera de la Ciudad de México en un lugar con nula conectividad. En el momento en que mi celular recobró vida, cientos de mensajes se hicieron realidad. Esa ansiedad costrosa por el desconocimiento cierto de eventos, que provoca la incertidumbre.

La naturaleza no es justa o injusta, ni buena ni mala, simplemente es. Y sin embargo, nos recuerda la finitud de nuestra realidad, la precariedad de nuestros instantes y lo perecederos que son nuestros proyectos. Es en su contemplación y en nuestro intento constante de comprensión, que nos sabemos diminutos en su esencia.

El planeta tiene 6 mil millones de años, y el homo sapiens 200 mil. Es solo hace 70 mil años que somos conscientes de nuestra conciencia y tenemos la capacidad de abstracción y comprensión de conceptos complejos. Así que la Tierra, minúsculo punto en el firmamento que no vemos, porque siempre nos miramos el ombligo, se altera en cifras temporales que es difícil comprender. Y siempre se mueve en sólido, líquido o gaseoso. Nos haría bien de vez en cuando recordar que solo somos un parpadeo en la historia del planeta.

La grandeza de la humanidad, palidece y se hace ínfima ante la naturaleza. No tiene conciencia de sí misma –como la comprendemos nosotros– y, aun así, dependemos por entero de ella. No podría ser de otra manera, si de sus entrañas provenimos. No es de extrañarse que nuestros ancestros observaran en sus manifestaciones fuerzas divinas y que a ellas se avocaran.

Con todo, nuestra conciencia y el sentido propio y colectivo de la vida, hacen que un evento tan cotidiano para la naturaleza, cobre una trascendencia y relevancia inusitada. Somos los únicos, que sepamos, que tenemos sentido del tiempo. La tragedia es difícil de digerir, porque irrumpe de tajo nuestro capacidad de predicción y en ello, las intenciones de vida. Se hace relevante, como lo que más, porque altera de manera directa nuestro contexto cotidiano y te asumes de manera directa, como una potencial víctima.

No hay nadie que se escape ni alguien que esté a salvo. Todos estamos a expensas de la naturaleza, es nuestra condición y nuestro destino. En principio, no hay a quien culpar, por ello la tragedia es doble, porque no hay restitución ni sentido mínimo de justicia. El desamparo es irremediable.

Y gotas sobre gotas caen, mientras que a los más humildes y los más necesitados, es a quienes la justicia humana menos llega. El cataclismo les viene en dupla, por ser los más pobres. Porque quizás esas desgracias sí pudieron ser prevenidas, las vidas salvadas y los sufrimientos prevenidos. La injusticia de la pobreza, la desigualdad y la corrupción son los agentes perturbadores y responsables de este desastre irremediable. Porque es en nuestra capacidad de predicción y en nuestra comprensión relativa del tiempo y del espacio, en donde tenemos la capacidad de anticipar las posibles consecuencias de una catástrofe.

En la respuesta inmediata, espontánea y desinteresada ante un evento ineludible, la solidaridad se hizo presente y por ello, no es heroica, sino humana. Porque es parte de nuestra naturaleza de seres humanos responder generosamente ante actos de la naturaleza.

Me enteré 48 horas después de ocurrido el sismo, que tenía que deshabitar el departamento en donde he vivido los últimos 5 años, por los daños que ocasionó el temblor. Un evento menor, comparado con las pérdidas humanas y materiales de otras personas. Y sin embargo, este 19 de septiembre la naturaleza nos recordó que nuestro tiempo presente es fugaz.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.