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Nos hemos olvidado de morir

06/04/2017 6:44 AM CDT | Actualizado 06/04/2017 10:44 AM CDT
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"Hace no mucho tiempo, la muerte se tomaba con más resignación, de modo más natural".

En el Canto XI de la Odisea de Homero, cuando Ulises baja al Hades, el mundo helénico de los muertos, se encuentra con Aquiles y le dijo: "Tú, Aquiles, fuiste, en cambio, feliz entre todos y lo eres ahora. Los argivos te honramos un tiempo igual de los dioses y aquí tienes también el imperio de los muertos: por ello no te debe, ¡oh Aquiles!, doler la existencia perdida". Aquiles le respondió: "No pretendas, Ulises preclaro, buscarme consuelos de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron".

Aquiles, teniendo el imperio de los muertos según Ulises, prefería la vida, aun cuando fuera mísera y lamentable. ¿No somos todos así? Elegimos la vida a pesar de todo y, en esto último, es donde hay que poner el acento. La ignorancia y la intrascendencia nos hacen temer a la muerte. El misterio de tiempos y la inmensidad de lo desconocido nos aferra a nuestra materia ante la precisión de lo ignorado. Preferimos una vida lastimosa, pero conocida y cierta. Y no tenemos consuelo ante la muerte, es absoluta. Su totalidad es lo que provoca la angustia y el destino incierto del espíritu, lo que produce miedo.

Sin embargo, si hay una consolación ante la muerte imprecisa y desconocida, es su certeza. El conocimiento de que todos moriremos y más aún, que todos han muerto, debería en principio brindarnos cierto solaz. Una especie de entendimiento colectivo sobre la existencia que claudica y la vida que fenece. Que siempre termina, para algunos antes y otros después. Pero hoy hemos dejado de saber morir. Hace no mucho tiempo, la muerte se tomaba con más resignación, de modo más natural, bajo la comprensión que morir es tan natural como nacer.

La ciencia médica nos ha hecho aferrarnos desmedidamente a la vida. En Estados Unidos el 25% del presupuesto de Medicare (seguridad social) se destina al 5% de pacientes en su último año de vida.

Hoy en cambio, la ciencia médica nos ha hecho aferrarnos desmedidamente a la vida. En Estados Unidos el 25% del presupuesto de Medicare (seguridad social) se destina al 5% de pacientes en su último año de vida y, la gran mayoría de ese dinero, se dirige a la atención médica en los últimos meses antes de morir, lo que significa que ese dinero es mal utilizado y genera pocos beneficios. Aun cuando los diagnósticos médicos pudieran no ser exactos y hay sorprendentes casos de recuperación excepcional, la industria médica extiende artificiosamente la vida, más allá del límite de las capacidades del cuerpo humano. Es un negocio millonario, que entre otras cosas, ha hecho que perdamos la brújula de la naturaleza y dignidad humana.

Se somete a los pacientes a exámenes y pruebas rigurosas, que no hacen sino prolongar la agonía, bajo el humano propósito del propio enfermo y su familia, de extender lo más posible la vida y, quizás, ser el caso de excepción. Pero en ello, la calidad de vida de las personas, entre doctores, hospitales, cirugías, tratamientos invasivos y devastadores, no hacen sino apagar la llama vital. Vivir para vivir, no debe ser un fin en sí mismo. Por eso, la obstinación terapéutica en conservar las actividades corporales, debe ser pensada en conjunto con la calidad de vida del enfermo y su familia.

Si hay una consolación ante la muerte imprecisa y desconocida, es su certeza.

La muerte, tan natural en nuestro entorno biológico, es el último acto de vida. Hay que aprender a morir. Por más que la tristeza nos embargue en los últimos momentos, sus premisas son irreductibles. Pensar la muerte como un derecho de la persona, nos podría hacer concluir que una buena muerte es mejor que una mala vida. Y sí, la vida vale por sí misma y por el sentido que cada quien le encuentre. De ahí que Aquiles piense que es mejor vivir como siervo que reinar sobre los muertos. Pero en todo esto, hay un valor que hemos perdido en la actualidad, el buen morir.

El egocentrismo del ser humano nos ha hecho pensar que podemos extender nuestra vida en contra de sus propios ciclos naturales. En ello, le quitamos dignidad a la vida. Al final, no somos sino una generación más de nuestra especie y, en un futuro cercano, seremos los ancestros de los próximos hombres. Recuperar el sentido de la vida, es comprender que la muerte, es la última vivencia.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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