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Las dos muertes

02/11/2016 12:18 PM CST | Actualizado 02/12/2016 2:27 PM CST
ADOLFO VLADIMIR /CUARTOSCURO.COM
A Francisco Manuel y a Diego.

"A vivir hay que aprender toda la vida y, lo que quizá te admire más, hay que aprender a morir toda la vida".
- Séneca

La muerte me ha rondado en los últimos meses y siempre me ha atraído. Tal vez sea por su banalidad e inconsistencia o por ser el gran misterio de todos los tiempos. Los panteones son para mí lugares de imaginación y de humildad esencial. Aun y cuando el folclor me provoca repudio, el Día de Muertos en México es una singularidad cultural propia de quien teme a la muerte y por eso se le arrima. Pero también como una manifestación de la cultura mexicana que define nuestra concepción de la trascendencia. Por eso es que las muertes son dos entre nosotros. Aquella cultural y colectiva y la muerte propia, la individual y próxima.

Hace cuatro meses mi padre murió. Como diría Sabina, tan joven y tan viejo, con 61 años de edad. Murió como mueren todos, con una última exhalación y con un estertor de pez fuera del agua. Su muerte fue súbita y repentina, como quien decide sorprender al prójimo y parte sin despedirse. Un gran infarto lo llevó a la clínica en donde doctoras (todas mujeres) buscaban conservar su hilo vital. Cuando llegué, mi padre aún palpitaba, pero poco, como en ceremoniosa partida. Le tomé la mano derecha mientras trabajan en su pecho desnudo, para estar con él en los últimos instantes. Algo dentro me decía que no sería más.

Hace un mes un gran amigo fue tomado por sorpresa en un mar bravío de las costas oaxaqueñas y la corriente del Pacífico pudo más que él. Murió en un instante dramático, en honor, tal vez, a su literatura y los torrentes emocionales que atravesaron su vida. Fue un histrión de cepa y dramaturgo de la vida. Él murió más joven que viejo, con solo 34 años.

La muerte es cotidiana e implícita en nosotros; siempre hay muerte entre los vivos y a morir comenzamos al nacer. En su generalidad está su ligereza.

De ambos me pude despedir. A ambos besé la frente antes de partir al fuego crematorio. Ambos fueron velados, entre sorpresa, lágrimas, sollozos y dignidades en el Panteón Francés. Y ambos se encuentran más allá de la realidad corporal en que vivimos. Y sin embargo, en el misterio ancestral de los tiempos profundos, aquellos que se miden en eras y ciclos geológicos, la muerte, incluso la de ellos, es trivial, como lo somos todos.

Es trivial y banal como las catrinas que desfilan, los dibujos de Posada o los murales de Rivera. Esa identidad de la muerte cultural y autoimpuesta, nos acerca a ella en su intrascendencia individual. Es una muerte conceptual y ajena que se exalta en valentía de bebidas y sinfónicas de trompeta y tololoche. La muerte es cotidiana e implícita en nosotros; siempre hay muerte entre los vivos y a morir comenzamos al nacer. En su generalidad está su ligereza.

Atestiguar la muerte puede ser un acto sublime y espiritual; un acto vital y un testimonio que alienta e ilumina.

Aun así, la banalidad de la muerte no es absoluta, su abrazo no es total. Su relevancia está en su proximidad, en su cercanía e incluso en su identidad. Atestiguar la muerte puede ser un acto sublime y espiritual; un acto vital y un testimonio que alienta e ilumina. También que cuestiona las esencias más humanas y más arcaicas. Es la muerte del instante, aquella íntima del padre o del amigo. Ese momento preciso y completo en que un ser querido solo permanece en la memoria y el sentimiento. Es una muerte gramática porque define el tiempo de la vida (nuestra vida intrascendente). Es el instante preciso en que cuestionamos las razones propias del espacio y la sabiduría del tiempo profundo. El epitafio y el ex libris que serán recordados y la memoria que exalta los recuerdos.

Esas son las dos muertes. Aquella que atrae, que veneramos, admiramos y que festejamos cada año. Pero esa muerte es banal, lejana, ajena y cultural. La otra, es la muerte que es testigo y que pronuncia definiciones de identidad individual. Que articula el tiempo en un "a partir" de reflexiones solas y ausentes, de cigarrillos por la noche. Y también son las dos muertes, la de mi padre y de mi amigo.

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*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.