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En mis redes sociales existo

05/01/2017 11:28 AM CST | Actualizado 05/01/2017 11:29 AM CST

B2M Productions

Soy pésimo, sino es que ignorante para las redes sociales. No pertenezco a ninguna, más que a Twitter que utilizo para informarme y, en ocasiones, para difundir ensayos o columnas que escribo en distintos medios o algunas otras que considero interesantes o relevantes. Y aun así, en esa red social, soy malo para difundir opiniones y comentarios. Veo que los tuiteros más afamados, son aquellos que comentan la cotidianeidad con tonos sarcásticos e irónicos, acompañados de imágenes interactivas o memes para ilustrar alguna idea o presentar algún punto de la manera más risible. Mientras más ridículo, mejor.

Están aquellos que dan los buenos días y las buenas noches al ciberespacio y a sus admiradores, como si estuvieran esperando su bendición para comenzar y terminar el día. Con todo, tal vez como causa, quizás como consecuencia, no me gustan las redes sociales. Me parece una necesidad patológica de ser escuchado y honrado con likes, retweets y seguidores que, asumo, elevan el ego de los titulares de la cuenta.

Estoy convencido que es absurdo comentar sobre absolutamente todo, de manera permanente. También es ahora de interés general, leer opiniones sobre el estado del tiempo, el tráfico, el temperamento del vecino o los quehaceres del comensal de al lado. Claro que hay quienes lo hacen muy bien, por la forma en que difunden contenido, información y argumentos.

Estoy convencido que es absurdo comentar sobre absolutamente todo, de manera permanente.

Es positivo que la gente que antes no tenía espacios para participar en debates públicos, tenga esos medios y, sin embargo, resulta que todos son expertos en todo: política, relaciones internacionales, economía, deportes y un largo etcétera, tan largo como la capacidad para opinar sobre cualquier cosa. El universo del conocimiento total, de la especialización absoluta. Con eso, y las muchas y valiosas excepciones, producimos una cultura mayoritaria de la opinión y no del argumento.

Peor aún me parece la necesidad psiquiátrica de compartir constantemente los momentos de la vida privada de las personas. Cumpleaños, bodas, viajes, despedidas, bienvenidas, nacimientos, muertes, desamores, reencuentros y una larga lista de suspiros. Todo en composición perfecta e idílica. Como la vida que es así, perfecta e idílica. Hay una parte de las redes sociales que surge como escapatoria o universo paralelo; una tarjeta de presentación de ilusiones alegres, que esconde una realidad más humana, más triste y común. Un apremio por compartir los momentos propios, como para que el prójimo se dé cuenta que existo y que lo hago bien.

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El problema es que cada vez más, la gente vive para las redes sociales. Se toma la fotografía en función del siguiente post.

Aun y cuando la tecnología y las telecomunicaciones representan un avance sin precedentes en la historia del hombre, en la forma en que se comunica, se informa, se pulsa el humor social y se mueve la economía de las naciones, el abuso de las redes sociales desnaturaliza las relaciones entre personas. Confina, si no es que impide, el vínculo esencial con el otro y, en ello, se limita la humanidad de nuestra especie.

Las redes sociales son una manera inmediata de informarse y de enterarse sobre lo que sucede en rincones remotos del planeta; de movilizar sociedades. Son también una nueva forma de comunicarse y de difundir conocimiento (mucho del cuál es incierto, mentiroso e impreciso). El problema es que cada vez más, la gente vive para las redes sociales. Se toma la fotografía en función del siguiente post. Y más aún, representantes populares actúan y toman decisiones bajo el tono de las propias redes sociales.

Con todo, no debemos convertirnos como generación, en una que es definida por el número de seguidores, likes y de comentarios de todo sobre todo. En mis redes sociales existo. Habrá que hacer un esfuerzo por recuperar los espacios que nos hacen ser personas.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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