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No soy una grosera que ignora a la gente: tengo ceguera facial

30/07/2017 6:00 AM CDT
Evie Prichard

Un día salía de mi casa, tenía como 14 años, cuando me topé con mi agradable vecino. Me sonrió y caminamos rumbo al metro mientras platicábamos sobre nuestros planes para las vacaciones. Cuando nos separamos, me pidió mi número de teléfono de una manera lasciva. Entonces ya no era mi vecino, sino otro hombre viejo pelón, aunque sí me comentó que sacaba a pasear a sus rottweilers frente a mi casa todo el tiempo...

Normalmente juego con mi ceguera facial, o prosopagnosia, para reírme con historias como esta: casos de identidad errónea donde el hecho de que yo no pueda reconocer a las personas significa que hago el ridículo o que me meto en situaciones incómodas. Es todo lo que puedes hacer, realmente, cuando tienes que hablar de la condición de tu cerebro en las conversaciones con la mayoría de la gente que acabas de conocer.

Nadie necesita escuchar todo un drama de un casi extraño. Pero, gracias a ese mecanismo de defensa, he tardado un buen rato en darme cuenta de las consecuencias que esta condición tuvo en mí, particularmente cuando era más joven.

Puedo reconocer a las personas cuando ya tengo un tiempo de tratarlas.

Porque, o sea, chequen la historia que les conté. Es graciosa —al menos la gente se ríe cuando la platico— pero también resulta algo muy aterrador. Como muchas niñas de 14 años que están aproximándose a la madurez, sentía mucho miedo por la creciente y repentina atención que despertaba en los hombres.

Grupos de ellos me gritaban en la calle y me desplomaba interiormente; me apanicaba que me hablaran hombres mayores. El mundo repentinamente era tanto hostil como deseoso de mí. Por supuesto no me sentía segura. Y ahí estaba yo yo, caminando junto a un adulto extraño que terminó siendo dueño de unos perros que daban miedo.

Mi prosopagnosia no es lo peor, pero sí es algo bastante malo. Científicos que me diagnosticaron oficialmente cuando era niña me pusieron en el fondo del percentil 0.01 de la población general, pero solo porque la escala no descendía más.

Mi prosopagnosia no es lo peor, pero sí es algo bastante malo.

Puedo reconocer a las personas cuando ya tengo un tiempo de tratarlas, después de seis meses para amigos cercanos, y un año o dos para otros amigos y conocidos. Tengo suerte: algunas personas están tan mal que no pueden reconocer incluso a su propia familia.

Los mecanismos para lidiar con esto me ayudan a guiarme por el mundo y acordarme de las personas, pero no son infalibles. Puedo memorizar la lista de las características de alguien para poder saber quién es. Algo como: el pelirrojo con la nariz cuadrada y el curioso lunar, y que a veces veo en las fiestas de "x" persona. Pero solo se necesita que olvide o cambie uno de los elementos de esa lista y me pierdo completamente. A algunas personas, las que normalmente son atractivas pero sin ninguna característica en especial que destaque, nunca puedo reconocerlas.

Evie Prichard
Evie de niña.

Pues sí, la prosopagnosia ha tenido un enorme impacto en mi vida, y uno que solo hasta ahorita he podido controlar un poco. La primera época que recuerdo claramente fue cuando me cambiaron de escuela primaria a los 8 años. Por supuesto no reconocí a nadie, pero era consciente de que había dos niños chaparros y rubios en mi clase. Uno era lindo conmigo —me dio una carta Pokémon en mi primer día (se llamaba Evee, coincidía con mi nombre). El otro era distante y era el hijo de la directora. A uno quería darle las gracias; al otro le tenía miedo. No les puedo describir la frustración que sentía al no poder diferenciarlos.

Fue todavía peor en la secundaria. No saber quiénes son tus amigos te hace sentir muy solo, particularmente cuando eres un preadolescente paranoico. Todos los niños se preocupan por lo que piensen los demás, yo ni siquiera tuve experiencias previas para saber cómo era la gente, o cómo creían que yo era. No saber a quién sonreírle en el pasillo de la escuela, con quién hablar en los recreos, cuáles compañeros serían buena onda conmigo y cuáles me llamarán desesperada a mis espaldas por actuar como si fuera amiga de ellos. Siempre me mantenía en dos extremos: con mucha confianza o definitivamente aislada.

Supongo que de alguna manera esas experiencias me ayudaron. Como joven adolescente nunca salía a ningún lado sin un libro, por el miedo a ese momento en el que no sabes a quién hablarle y todos pueden decir que te excluyeron. Cuando lees, al menos es intencional. Estos días no necesito esa muleta, pero el amor por la lectura me ha inspirado y se ha quedado conmigo.

Al pasar de los años he cultivado una especie de sociabilidad que puede ser interpretada de cualquier manera.

En cambio, creo que puedo reconocer a mi prosopagnosia como una manera de ayudar a convertirme en una adulta más sociable. Cuando me atrevía a hablarle a la gente de niña, me veía forzada a equivocarme garrafalmente, a pretender que éramos amigos sin saber si era verdad o no. Aunque como una joven adolescente estoy segura esa confianza grandolicuente era irritante, cimentó la persona que ahora soy.

En estos días he estado en situaciones similares —hablando con alguien en una fiesta sin saber si nos conocimos o no previamente— pero al pasar de los años he cultivado una especie de sociabilidad que puede ser interpretada de cualquier manera. Quizá te conozco; quizá solo estoy siendo un poco más amigable de una manera extraña. Y quizás nunca sabré cual, pero terminaremos pasando un buen rato, así que, ¿realmente importa?

Cuando llegué a la universidad estaba decidida a controlar mi ceguera facial. En mi segundo trimestre empecé a escribir una columna semanal para el periódico escolar, y la prosopagnosia estaba como tópico principal en la mayoría de mis artículos. De repente, todos sabían. Las personas se presentaban cada vez que platicaban conmigo, o me decían luego luego que no nos conocíamos. Era el paraíso. Por primera vez, la ceguera facial no me frenaba.

Y no he dejado que me detenga desde entonces. Como adulta, siempre soy franca sobre mi prosopagnosia y explico mi condición cada vez que siento que puedo ofender a alguien. También intento que se divulgue esta condición en artículos como este o en entrevistas en línea. Ya no tengo miedo de ser "la chica con ceguera facial". Al menos es mejor que ser "la pinche perra que siempre me ignora..."

Este artículo fue publicado originalmente en HuffPost Reino Unido y luego fue traducido.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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