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Confesiones arriesgadas: no veo series de tv

07/11/2017 2:00 PM CST | Actualizado 07/11/2017 5:10 PM CST

Getty Images/iStockphoto

Hoy "salgo del armario": NO VEO SERIES.

Esta confesión, en los tiempos que corren, en los que los yonkis de series se cuentan por legiones, es lo más parecido a reconocer que eres fan de Maná en la cola de un concierto de Hard Rock.

Lo peor de todo es que conozco el nombre de los personajes de muchas de las series, los escenarios en los que han sido grabadas, incluso quién ha sido el director. Mi gabardina impermeable a este fenómeno tiene agujeros.

Lo más extraño de todo es que cumplo con el perfil de una perfecta adicta: estoy en el rango de edad, trabajo en el sector de las industrias creativas, tengo acceso permanente a Internet (para lo malo y para lo más malo), estoy rodeada de gente que ve series...

Me he llegado a plantear si quizás estoy poseída por una anciana. ¡Pero ni ellas se libran!

No he visto Game of Thrones, ni Orange is The New Black, ni Stranger Things, ni Narcos; y cuando se inicia una conversación sobre las mejores series me siento como un analfabeto en una sesión de la Real Academia de la Lengua. Me invade una tremenda angustia vital porque me siento fuera de la matrix.

No hay una sola reunión de personas en la que, en algún momento, no trate el tema de las series.

En ese momento se levanta un muro que me separa del resto del mundo y me deja fuera de las conversaciones de todos los grupos: trabajo, amigos, gimnasio, mercado... No hay una sola reunión de personas en la que, en algún momento, no trate el tema de las series.

A veces envidio la facilidad con la que la gente conecta a través de las series. Solo hay que lanzar la pregunta: ¿alguien está viendo Game Of Thrones? Y personas que, si esas conversaciones fueran sobre fútbol, se convierten en los mejores amigos del mundo especulando sobre lo que pasará en la siguiente temporada.

¿Son las series la nueva conversación sobre "el tiempo", ese tan necesitado rompehielos?

Empieza la conversación, normalmente con un "estoy super enganchado a..." y entonces todo sube de intensidad, mientras yo me voy haciendo pequeña y empiezo a sentirme fuera de la manada.

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Es una conversación muy de lunes, ya que el fin de semana es cuando los serieadictos se han pegado la sobredosis de temporadas. No se ven un par de capítulos, sino que se ven una temporada entera. Debe ser como abrir una bolsa de papas fritas e intentar comer solo una.

Tú callas con el pensamiento perdido en la lista de la compra, pensando que aportas lo mismo que el borde del pan Bimbo al mundo, hasta que llega el inevitable momento en el que la gente da por hecho que estás enganchada a una y te preguntan: ¿Tú cuál estás viendo?

Dos factores: dan por hecho que tienes la plataforma de turno para ver series y dan por hecho que sigues alguna serie. Momento en el que buscas en el archivo mental y recuerdas que la última serie a la que te enganchaste fue Aída.

Es una confesión que parece requerir de un comunicado oficial y voz distorsionada para seguir viviendo en paz en sociedad

Confiesas, no sin miedo de ser como la rara, que no estás viendo nada y que tampoco lo has hecho con anterioridad. Notas como se para el tiempo, se hace el silencio, te miran con cara entre pena y extrañeza y te hacen sentir como si acabaras de confesar que mataste a Kennedy.

Es una confesión que parece requerir de un comunicado oficial y voz distorsionada para seguir viviendo en paz en sociedad.

Entonces empiezan a sonar las bondades de las series, de tal plataforma, de lo baratas que son y un largo etcétera de ventajas que parece que la empresa de distribución tiene comerciales distribuidos estratégicamente en cada grupo.

Me he llegado a plantear si tengo algún síndrome cuyo síntoma principal sea un déficit de atención porque las series que he seguido y me han gustado, cada capítulo tenía una introducción, nudo y desenlace.

Asumo mi marginación social y aprovecho el momento "series" para abrir el periódico y ver el siguiente capítulo de 'Cataluña shore'

Vamos, que McGyver se encontraba un problema, salía adelante con sus siempre escasos pero efectivos recursos, y el asunto quedaba zanjado en ese mismo capítulo. Quizás practique una subcultura del "fast serial" y por eso consuma contenidos que no me pidan una fidelidad. O quizás recuerde mi enfermizo enganche a La dama de rosa, Cristal, o Sensación de vivir y tuve suficiente.

Tengo poco tiempo y salvo que me toque planchar, la tele no es más que un animal de compañía o un arrullo para las siestas del fin de semana. Para las películas, llámame romántica, aún disfruto en los cines, donde todo es grande, envolvente y oscuro.

Como mucho, nos exponemos a una saga, una precuela o una segunda parte. Allí no puedo estar haciendo otra cosa más que dejarme llevar por la película, lo mismo que me pasa con un libro. No puedo tener más cosas en las manos. Todo lo que sea sentarme en un sofá supone: dispersarme haciendo otras cosas y sumirme en un sopor que finaliza en una siesta o en un sueño preludio de la cama.

La gran ventaja: ser inmune a los spoilers.

La gran ¿desventaja?: quedarse fuera un buen rato de las conversaciones y tener que escuchar las maravillas de las plataformas de contenidos como un mantra.

Asumo mi marginación social y aprovecho el momento "series" para abrir el periódico y ver el siguiente capítulo de "Cataluña shore", una serie en tiempo real.

Este post se publicó originalmente en el blog de la autora, posteriormente fue retomado por El HuffPost y luego fue editado.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.