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Luego del sismo del #19S: ayudar desde lo que se sabe hacer

04/10/2017 8:00 AM CDT | Actualizado 04/10/2017 10:55 AM CDT

Erika Olvera

Regresé de correr más tarde. Ese día se me había antojado dar un par de vueltas más al parque. Nada más porque el día estaba muy bonito. Sin embargo, eso implicó que no contara con suficiente tiempo como para lavar los trastes del desayuno, que únicamente coloqué en el fregadero.

No sé por qué, pero me cruzó de la nada un pensamiento tremendamente oscuro por la cabeza: ¿qué pasaría si por alguna razón, ese día, no regresara a casa? Alguien iría a mi departamento por mis cosas. Encontrarían los vestigios del que fuera mi último desayuno. Esos platos y taza que dejé ahí, precisamente en esa posición.

Caí en cuenta que tal vez, aún sin tenerlo muy consciente, mi fatalismo se debía en gran medida al fantasma del 19 de septiembre, que se hizo presente con el aviso del mega simulacro y a causa del reciente sismo de 8.2 grados de hacía algunos días atrás. Me tranquilicé. Ese, probablemente, era de los días más seguros del año. ¿Qué probabilidad había de que pasara otra tragedia exactamente en la misma fecha? Asumí que era muy baja y me fui a trabajar. Esa era la prioridad.

El resto del día transcurrió con cierta normalidad hasta el momento del simulacro, que nos distrajo de las labores normales y nos "robó" aproximadamente media hora de trabajo. Poco tiempo quedaba para concluir con los pendientes antes de la hora de la comida. Pero a partir de las 13.14 hrs. el tiempo pareció comprimirse. Un fuerte estruendo, un sonido seco, terrible, y de pronto el violento movimiento. Gritos, angustia y el instinto por preservar la vida como capitán de todo.

Ginnette Riquelme / Reuters
Ciudad de México, 21 de septiembre de 2017.

Poco recuerdo a partir de ese instante. Una vez "a salvo" el deseo de saber cómo estaban mis seres más queridos. Muchos intentos y nada. El olor a gas. Imágenes de lo que parecía una realidad alterna que daban una idea del nivel de catástrofe. Poco a poco logré hacer contacto con mis hermanos, mis padres y mi novio. Todos estaban bien, afortunadamente.

Pude sacar el auto y emprender el camino a casa. En la radio se narraban hechos que recordaban a otra era. En cuestión de segundos le había cambiado el rostro a la ciudad. Un tránsito atroz, ambulancias, gente en las calles como ríos en temporada de lluvias. ¿Qué iba a encontrar a mi llegada? ¿Seguiría el edificio en pie? Mi corazón estaba hecho un nudo y mis emociones en stand by.

Cuando llegué todos los vecinos estaban en la calle. Había edificio. Sin luz, pero sin percance alguno. Trasladé lo de mi bolsa de mano a una mochila y me puse ropa más cómoda, "ropa que me permitiera correr", pensé. Bajé y me senté en la banqueta. No podía creer todo lo que estaba ocurriendo. A pesar de haber vivido, aunque sin mucha consciencia, el terremoto del 1985 y sí el de Chile en 2010, con una magnitud de 8.8 grados Richter, no encontraba un punto de referencia, un protocolo mental y emocional que seguir. Este sismo era nuestro, en casa. Conocía a la perfección lo que era un día normal en la Ciudad de México. Los barrios. Los lugares. La gente. Y ese 19 de septiembre de 2017 era tan diferente...

Mi novio llegó a mi encuentro. Tuvo que caminar más de 10 kms para llegar. Nos tomamos unos momentos para intentar entender todo. Fuimos al parque donde había corrido en la mañana. Nos sentamos en una banca. Hablamos poco. Sabíamos que allí no estábamos siendo de mucha ayuda. Teníamos que hacer algo. Así que decidimos ir a las zonas que se sabían más afectadas en ese momento: La Roma y la Condesa, que estaban a unos 5 km de distancia.

No sabíamos qué más podíamos hacer y ya entrada la noche decidimos regresar a casa, sintiéndonos impotentes. Estorbamos. No pudimos hacer nada.

Caminamos y durante nuestro recorrido vimos a la mayoría de la gente en la calle. Sin importar condición, ni situación económica, todos con caras largas. Todos con cara de preocupación. Todos tristes y a la expectativa. Todos comentando lo que había ocurrido. Llamó nuestra atención ver a bastantes pacientes del Centro Médico del Seguro con sus batas sobre la acera del eje vial. Algunos en sillas de ruedas, otros sosteniéndose como podían. No sé cuántos vidrios rotos pisamos. No sé cuántas grietas vimos durante todo el recorrido.

Una vez en el Parque España nos dimos cuenta de que había demasiada gente. En nuestro trayecto no pudimos comprar nada para donar porque todo estaba cerrado. Ayudamos para cargar algunos garrafones de agua de un lugar a otro, pero nunca fuimos útiles. Siempre nos decían que "siempre no" y había que regresarlos adonde los habíamos tomado. No sabíamos qué más podíamos hacer y ya entrada la noche decidimos regresar a casa, sintiéndonos impotentes. Estorbamos. No pudimos hacer nada.

Al día siguiente, mientras me bañaba no podía creer lo afortunada que era al poder estar disfrutando de agua caliente, de un techo. Pensaba en toda la gente que había perdido su casa y que se tendría que enfrentar al hecho de ir a pasar sus días a los albergues que se estaban organizando. Fue entonces cuando se me ocurrió que tal vez sí podía hacer algo desde lo que yo sabía hacer. Como editora de libros para niños y música decidí convocar a amigos y conocidos con los mismos intereses. Si llevábamos libros y música a estas personas, tal vez podríamos hacerles olvidar por lo menos por instantes aquello que estaban viviendo. Tal vez podríamos ayudarles a canalizar sus miedos, su frustración, su dolor. Y tal vez, aunque eso era lo de menos, nosotros también.

Por fortuna otros amigos tuvieron la misma idea y entonces unimos fuerzas. Rápidamente nos organizamos a través de las redes sociales y formamos grupos de brigadas culturales. Al día siguiente, solo mi amigo Pablo, chelista, y yo, pudimos acudir al albergue de la Delegación Benito Juárez. Estaba lleno de voluntarios que catalogaban víveres y corrían de un lado a otro. Nos habían programado para las 6 de la tarde. Cuando llegamos con los responsables nos dijeron que ya tenían a algunos grupos disponibles para entrar en acción.

Para nuestra sorpresa nos encontramos con el grupo de impro de Coppelia, mi amiga, y Pablo se encontró a ex compañeros de una orquesta. Nos pusimos de acuerdo en 5 minutos: Los músicos acompañaríamos los cuentos que se armaran en el momento y después todos cantaríamos alguna canción. Todo fluyó como si hubiéramos ensayado desde antes. Había niños, había gente mayor. Por un rato, efectivamente, cantaron y participaron con nosotros, olvidándose de las razones por las cuales estaban ahí. ¡Qué bien se sentía al fin poder ayudar a alguien!

Un niño nos pidió que inventáramos en el momento la canción de Las calaveras y las ruinas. Nos miramos conmovidos unos a otros y sin pensarlo demasiado comencé a tocar un reggae en el ukulele. La canción improvisada fue alegre y los niños bailaron, cantaron y sacaron un poco de lo que traían dentro. Casi al finalizar, una señora mayor nos pidió La Bikina y así, como pudimos se la tocamos y cantamos. Para cerrar nuestro acto, se acercó un funcionario de la delegación y dijo a la gente que se acercaba para agradecernos: "Para esto está su gobierno, para que ustedes no piensen... no se preocupen..." Coppelia le respondió oportunamente y por todos nosotros: "No, para eso estamos todos, la sociedad, las personas que nos preocupamos por nuestra gente."

Desde entonces seguimos trabajando, ensayando e informándonos sobre cómo actuar en este tipo de crisis, de manera que sí podamos ayudar más a quienes lo necesitan. Existe una serie de protocolos que hay que seguir. Han llegado a nuestras manos por colegas y personas que están haciendo lo mismo. Hoy somos un grupo nutrido de músicos, talleristas, maestros de yoga y hasta divulgadores de la ciencia que estamos en espera de espacios en donde nos necesiten.

Nosotros no bajaremos la guardia y estaremos listos para cuando nos sigan solicitando.

Afortunadamente hay mucha ayuda y la oferta de actividades en los albergues está saturada. Sin embargo, solo han pasado un par de semanas y todo se sigue acomodando. Nos siguen reagendando fechas porque se le está dando prioridad a las instituciones gubernamentales que se encargan de dar este tipo de ayuda. Por desgracia, sé por colegas y conocidos que las cosas no se están haciendo con la rapidez necesaria a causa de la burocracia. Aún en estos momentos, hay muchas acciones que van encaminadas con intereses muy distintos a los de ayudar. Aún en estas circunstancias hay quienes solo se preocupan por "salir bien en la foto".

Nosotros no bajaremos la guardia y estaremos listos para cuando nos sigan solicitando. Además, hemos conocido a personas maravillosas y hecho buenos amigos.

Quiero agradecer especialmente a Pablo Gómez Asencio, a Emma Reyes, a Coppelia Yánez, a Luis Téllez y a Javier Macías por su dedicación y talento.

En México a veces parecería que ya nada podría empeorar. La violencia en la que vivimos. Tantos desaparecidos. Tantas muertes. Tantos feminicidios. El sismo que afectó tanto a Oaxaca y a Chiapas de hace unas semanas. Ahora este. México no está de pie desde hace mucho tiempo, pero tenemos que encontrar la manera de levantarnos de una vez por todas.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.