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En las calles de Juchitán la gente no llora, solo hay silencio

11/09/2017 2:00 PM CDT | Actualizado 12/09/2017 10:26 AM CDT

Erika Mendoza Bergmans

En las calles de Juchitán hay un silencio sepulcral.

Un señor toma cerveza en la baqueta enfrente de lo que era su casa y ahora es una montaña de escombros. Lo miro y parece que se siente juzgado, me dice con una tristeza que retiembla en el silencio: "Es que... ¿qué más puedo hacer?" Tragué saliva y le contesté: "Yo estaría haciendo lo mismo, ¿cómo está?"

Estuve 48 horas en Juchitán este fin de semana, esta es la historia de por qué fui y qué vi.

El inicio

Me tomaba un café en la ciudad de Oaxaca el viernes por la tarde. Por qué estaba en la capital de Oaxaca es otra historia, me había mudado ahí hace 7 meses desde la CDMX, algunos dicen que por hippie y anarquista, otros que por un fenómeno que no termino de entender al que le dicen "el oaxacazo". En fin ahí estaba, a tan solo 4 horas de Juchitán: el centro de la zona del desastre.

Mi cómplice y yo leíamos las noticias, veíamos las fotos devastadoras, fotos del hospital general de la ciudad derrumbado. Nos volteamos a ver con lo que sería una de las miradas de complicidad más claras que he tenido, no había duda: nos iríamos al día siguiente a Juchitán, llevaríamos medicinas, víveres y ayudaríamos en lo que se pudiera. Sí, así de fácil. Las decisiones que parecerían las más difíciles terminan siendo las más fáciles.

Hicimos lo que cualquier millennial haría: un grupo de WhatsApp y una colecta entre sus amigos. Superamos toda expectativa, nuestros amigos empezaron a depositarnos con mucha frecuencia. A partir de ese momento ya no íbamos solos en nuestro viaje, todos nuestros amigos iban con nosotros.

En realidad no estábamos haciendo ningún acto de heroísmo, simplemente sería una desfachatez y una cobardía estar a 4 horas en coche de una zona con 800 mil damnificados y no pagar tu café, pararte e ir a ayudar.

Erika Mendoza Bergmans
Escuela primaria Centro Escolar Juchitán.

Erika Mendoza Bergmans
Así lucen las calles de Juchitán.

Erika Mendoza Bergmans

De pronto, eran las 10 de la noche y estábamos en la farmacia comprando cajas y cajas de material médico.

"¿Ha venido mucha gente a comprar medicinas para llevar a Juchitán?" preguntamos. "No, ustedes son los primeros", nos contestaron. Me dieron náuseas, si la ayuda urgente no estaba viniendo de la capital más cercana, ¿entonces de dónde? Salimos de la farmacia y fuimos corriendo al supermercado antes de que lo cerrarán. Con el dinero que nuestros amigos habían depositado compramos más latas, pañales y agua de lo que podía caber en el coche.

Yo no podía dejar de pensar que esa zona de desastre bien podría haber sido la CDMX y que los mismos amigos que habían donado podían ser los que necesitaran desesperadamente salir de los escombros.

Salimos rumbo a Juchitán a las 6 am del sábado. La carretera estaba llena de derrumbes, entendimos que no podríamos regresar esa misma noche, pero bueno, en algún lugar dormiríamos. Y vaya que termino siendo una noche más que particular.

Esa zona de desastre bien podría haber sido la CDMX y los mismos amigos que habían donado podían ser los que necesitaran desesperadamente salir de los escombros.

"Voy a ir a llevar víveres y a quitar escombros", dije. "Erika, no digas tonterías lleva los víveres y ya, los escombros ya los están quitando los militares", continué. Ojalá. De verdad me gustaría que así fuera. No vi ningún militar quitando escombros.

Ya en Juchitán

Lo que sí vi fue a los lugareños sacando familiares y amigos de los escombros, algunos vivos otros no, pero no hay que equivocarnos, los militares no son dioses que llegan a resolver una zona de un desastre: lo que se necesita son más manos de voluntarios.

Erika Mendoza Bergmans

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Erika Mendoza Bergmans

He escuchado hablar tanto del "temblor del 85". Nos han enseñado diligentemente todos los años a evacuar los edificios. ¿Y luego qué? Ya evacuamos el edificio con éxito y sobrevivimos. Parece que nos enseñaron que después de eso llega el ejército y lo soluciona todo, pero no, el ejército también está cuidando zonas afectadas por la delincuencia organizada y atendiendo otros desastres naturales en Los Cabos y Veracruz. La última vez que chequé se habían destinado mil 800 militares para 800 mil damnificados.

La solidaridad es horizontal y la ayuda es vertical. En estos casos, ni la solidaridad ni la ayuda son suficientes.

Imagínate este escenario: saliste corriendo en la noche de tu casa porque comenzó a temblar, tu cartera con tus tarjetas, efectivo e identificaciones quedaron enterrados bajo el techo de tu casa.

Cuando llegamos nos llevaron a una cancha techada que ahora funciona como el Hospital General, dejamos las medicinas. Las pocas medicinas que tenía el hospital habían quedado bajo los escombros, cualquier medicina es buena.

Los supermercados están cerrados porque también se derrumbaron, ¿dónde comprará la gente su comida?

La escuela principal está totalmente derrumbada, ¿dónde tomarán clases los niños?

Los comercios y el mercado están en ruinas, ¿a dónde irán a trabajar las personas para tener un ingreso?

(Video: La primaria local)

Imagínate este escenario: saliste corriendo en la noche de tu casa porque comenzó a temblar, tu cartera con tus tarjetas, efectivo e identificaciones quedaron enterrados bajo el techo de tu casa. ¿Con qué dinero podrías comprarte una botella de agua, comida, o leche para tu hijo?

Fuimos a varios lugares a repartir los víveres, nos decían que no había pasado por ahí ningún militar ni voluntarios a ayudar. Otros nos dijeron que estaban pidiendo la credencial para votar para dar los pocos víveres que habían llegado (#México), lo cual no solo es incorrecto sino que es absurdo porque están obligando a la gente a mover piedras para buscar su cartera antes de darles de comer.

Otros nos dijeron que los políticos de la zona estaban guardando los víveres como moneda de cambio para lo que será la campaña presidencial de 2018. Nos pidieron que los víveres no llegaran de manos del gobierno, sino que se entregaran de familia en familia. Yo no lo sé, pero nunca vi a nadie repartir ayuda, más allá de unas cajas de agua y alguien quien, como nosotros, había llenado su cajuela con latas.

(Videos: Habitantes de Juchitán hablan, en el fin de semana posterior al sismo del 7 de septiembre, de su situación)

La gente nos preguntaba de qué organización veníamos y contestábamos: "De ninguna organización, un grupo de amigos se junto para ayudar y nosotros trajimos las cosas". Les costaba trabajo creerlo. A ese nivel de solidaridad estamos acostumbrados.

Caminábamos por la zona y la gente nos pedía que por favor pasáramos a ver cómo había quedado su casa, que en el mejor de los casos presentaba fallas estructurales y tendrían que derrumbarla. Además, nos contaban historias de cómo habían sacado a sus familiares de los escombros. La gente parecía sentirse mejor cuando te contaba, cuando veías su casa, cuando la mirabas a los ojos. Les da esperanza saber que no están solos. "¿Viene más ayuda?" preguntaban.

Yo no podía creer que la gente no llorara. Solo estaban en silencio, en un silencio sepulcral.

Aquí puedes hacer tus donaciones para apoyar a las víctimas del sismo en Oaxaca

Algunos te veían como si les avergonzara haberse quedado sin nada. En qué clase de humanidad nos hemos convertido, yo pensaba.

Llegó la noche y nos prestaron unas hamacas en la casa de quienes ahora se convirtieron en nuestra familia en la zona.

Erika Mendoza Bergmans

La gente duerme afuera porque tiene miedo de que las casas no se hayan caído aún. Nos decían "todavía hay réplicas, va a haber que pararse en la noche". Después de 12 horas viendo casas derrumbadas, el pánico colectivo lo había hecho mío. Tres veces tembló la noche del sábado, pequeñas réplicas que hacían que mi corazón se acelerara y sintiera que en cualquier momento las casas que habían quedado de pie se cayeran encima de mí.

Nunca había pasado una noche con tanto miedo, pero estaba feliz de estar ahí, durmiendo en las hamacas en el patio con mi nueva amiga, su mamá y su abuelita.

La solidaridad es un hábito. Por lo pronto, el fin de semana del 15 de septiembre regresaré a Juchitán e Ixtaltepec con un grupo de once amigos con el objetivo de levantar escombros dos días. Eso será probablemente la próxima historia.

Hacen falta manos y miradas de complicidad.

Erika Mendoza Bergmans

Erika Mendoza Bergmans

Erika Mendoza Bergmans

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.