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Los monstruos que crea la democracia

08/11/2016 5:43 AM CST | Actualizado 08/11/2016 8:43 AM CST
Lucas Jackson / Reuters

Decía Francisco de Goya y Lucientes: el sueño de la razón produce monstruos. También podemos decir, parafraseando al gran pintor español, la democracia los engendra.

Adolfo Hitler llegó al poder luego de ir conquistando, elección tras elección a principios de la década de los 30 del siglo pasado, el voto mayoritario de los alemanes.

La patria de Beethoven, de Goethe, de Hegel. La educada, serena y sabia Alemania se pronunció en las urnas a favor de este oscuro personaje. Más de 55 millones de personas, de todo el mundo, pagaron con su vida esta decisión democráticamente tomada.

El pueblo norteamericano no puede llamarse a engaño. Donald Trump no le ha mentido ni una sola vez desde que anunció que competiría para ser el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Todas y todos sus contemporáneos sabían quién era Hitler; qué prometía y cómo pensaba conseguirlo. Miente quien afirma que los alemanes votaron bajo coerción o engañados.

La guerra, la destrucción era el camino que Hitler prometía abiertamente y ese pueblo que acababa de sufrir una humillante y sangrienta derrota, no dudó en seguirlo.

Era el de Hitler el discurso del odio y la xenofobia, el resentimiento y la intolerancia. El discurso de la envidia y del rechazo a la diferencia; a las y los diferentes.

Hablaba de la unidad de "la comunidad del pueblo alemán". De la recuperación de su grandeza perdida. Misma que los extranjeros le habían arrebatado.

Era un demagogo. Un charlatán, pero sabía pulsar los más primitivos instintos del ser humano. Hitler apelaba al odio y al miedo —dos caras de la misma moneda— que hacen del hombre un animal extremadamente peligroso.

Su llamado a la unidad nacional era, en realidad, el llamado a la exclusión y más allá de eso, a la eliminación física de "los otros".

Contaba Hitler con un aparato propagandístico formidable. Sus incendiarias palabras llegaban hasta el último rincón de Alemania. Su imagen estaba en todas las pantallas de cine, en todos los muros, en todas las primeras planas de los diarios.

Sus enemigos lo menospreciaban. El aparato político lo consideraba un adefesio. Los medios y los grandes intelectuales, un imbécil. Y ganó, ganó elección tras elección y condujo a Alemania y al mundo a la debacle.

85 años después de la primera victoria electoral de Adolfo Hitler la democracia ha engendrado un nuevo monstruo que está por asaltar la presidencia del país más poderoso de la Tierra.

Los Estados Unidos de hoy son muchos Estados Unidos: de ahí su grandeza, esa que Donald Trump, al anularla, pretende destruir.

El pueblo norteamericano no puede llamarse a engaño. Donald Trump no le ha mentido ni una sola vez desde que anunció que competiría para ser el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Como Hitler, Donald Trump promueve el odio y la intolerancia.

Como Hitler, Donald Trump habla de recuperar la grandeza perdida.

Como Hitler, Donald Trump promete la guerra.

Como Hitler, Donald Trump tiene un aparato propagandístico formidable a sus espaldas.

Como Hitler, Donald Trump puede ganar.

Sin embargo la diferencia estriba, y también la esperanza, en que Adolfo Hitler apeló a la pureza racial en un país con una etnia, la alemana, absolutamente dominante. Mientras que Donald Trump habla a un país diverso, de una enorme riqueza étnica y cultural.

La Alemania de Hitler era una sola. Los Estados Unidos de hoy son muchos Estados Unidos: de ahí su grandeza, esa que Donald Trump, al anularla, pretende destruir.

Ojalá al cruzar la boleta las y los estadounidenses, de todos los orígenes, pongan un alto a este charlatán. Ojalá nadie se confíe y pensando que Trump no puede ganar se quede en casa y no vote.

No digo que Hillary Clinton sea la esperanza, digo que Donald Trump es el infierno prometido.

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*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.