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Con el cierre del Waldorf muere también un poco de la Nueva York universal

13/03/2017 5:08 AM CST | Actualizado 14/03/2017 7:56 AM CST

Mike Segar / Reuters
"Con el Waldorf muere también un poco de la Nueva York universal que hoy, a la par del país que la alberga, se debate frente a una severa crisis de identidad".

Hace unos días cerró sus puertas el hotel Waldorf Astoria, cuyo nombre, al escucharse, evoca en cualquier persona escenas del cosmopolita y multifacético rostro de la ciudad de Nueva York, incluso en aquellos que nunca han puesto pie en la urbe más grande de los Estados Unidos.

Originalmente inaugurado en 1893, el icónico hotel del firmamento neoyorquino abrió sus puertas en la tradicional dirección sobre Park Avenue, entre las calles 49 y 50, en los albores de la década de los treinta. Justo al inicio de la Gran Depresión y en pleno período de entreguerras, Nueva York respondía al mundo con un fastuoso edificio de casi 200 metros de altura y mil 500 habitaciones.

En sus suites se han hospedado todos los presidentes de los Estados Unidos, desde Franklin Delano Roosevelt hasta Donald Trump, así como innumerables jefes de Estado y de gobierno de todo el orbe, magnates, estrellas de cine e, incluso, mafiosos; listarlos sería un despropósito. En sus salones y restaurantes se han cerrado negocios multimillonarios y elucubrado numerosos acuerdos políticos.

Mike Segar / Reuters
Fachada del Waldorf Astoria.
Mike Segar / Reuters
Entrada del hotel.

Anthony DelMundo/NY Daily News via Getty Images
Interior del hotel.

Anthony DelMundo/NY Daily News via Getty Images
El piano que perteneció al compositor y cantante estadounidense Cole Porte fue afinado y puesto en exhibición adentro del hotel el 28 de febrero de 2017.

Con su cierre, temporal pero de duración incierta, termina sin duda una época en Nueva York; una época que empezó a mutar desde que Rudolph Giuliani se convirtiese en alcalde y con políticas de mano dura limpiara las calles de Manhattan desproveyéndolas del sabor que les daban el grafiti y los criminales de poca monta.

Una época que comenzó su ocaso con la llegada de la epidemia del sida y la desconfianza en los antrillos de mala muerte y la libertad sexual. Una época que eclipsó junto con los atentados terroristas del once de septiembre y que antes del enigmático Waldorf ha causado ya muchas otras víctimas, como el hotel Plaza o la legendaria juguetería FAO Schwarz.

Con el cierre del Waldorf, el Nueva York de nuestros sueños, de nuestras memorias (reales, literarias o fílmicas) muere también un poquito.

Comprado por un consorcio de inversores chinos, que junto con los saudíes y qataríes se han hecho de cada vez más espacios en el cotizadísimo mercado de bienes raíces de Manhattan, el Waldorf inicia un proceso de remodelación para convertirse en un par de años, como ya lo hizo el Plaza, en edificio de departamentos de lujo con algún espacio que siga justificando el término hotel en su nombre.

Con el cierre del Waldorf, el Nueva York de nuestros sueños, de nuestras memorias (reales, literarias o fílmicas) muere también un poquito. Caminar por la vorágine de comercios del Meat Packing District, del Soho o también de Harlem, da constancia de que Nueva York, en perenne reinvención, dista mucho de la de hace unos meses y aún más de la de hace unos años. Con el Waldorf muere también un poco de la Nueva York universal que hoy, a la par del país que la alberga, se debate frente a una severa crisis de identidad. Se sabe americana y se siente global pero no halla, a ciencia cierta, cómo definirse.

Al ver desde la ventana del coche las señoriales puertas del Waldorf tapeadas y con nieve acumulándoseles, mi mente se ahoga en la nostalgia de aquella primera vez que las atravesé una fría tarde de marzo de 1990, hace exactamente 27 años. El Nueva York de hoy, comparado con el de entonces, está irreconocible. Ni qué decir del resto del mundo.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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