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Me sentí plena nuevamente al conocer a las personas que recibieron los órganos de mi hijo

06/08/2017 5:00 AM CDT | Actualizado 06/08/2017 9:17 AM CDT
Deanna Santana
Scott Santana

La vida tiene muchas encrucijadas, algunas son abruptas vueltas en U y otras son pequeños obstáculos que eventualmente te colocarán de nuevo en el camino correcto. A veces la reacción que tenemos ante una encrucijada es lo que determina qué tan lejos llegaremos. En otras ocasiones, las decisiones que tomes alterarán completamente el camino que hayas decidido.

Viví esa encrucijada un martes, en específico el 17 de mayo del 2011. Empezó como un día cualquiera al pie de las montañas de Sierra Nevada. Mi hija estaba en el colegio, mi hijo en sus últimos días de primero de prepa y tanto mi esposo como yo compartíamos el coche para ir a la oficina juntos.

Mi hijo, Scott, recogería a Rich, mi esposo, cuando este acabara de trabajar. Rich me marcó por teléfono a las 3:42 pm y me dijo: "No te preocupes, pero Scott todavía no pasa por mí".

No estaba preocupada, sino apanicada porque yo sabía que Scott nunca llegaba tarde a NINGÚN lado. Era uno de sus mejores hábitos: en 12 años de escuela, solo había sido impuntual una vez. Nunca llegó tarde al trabajo que tenía de recepcionista en una tienda local de abarrotes, sus entrenadores alababan su actitud de siempre llegar temprano e irse más tarde.

Así que automáticamente se activó mi modo de "mamá protectora": busqué en internet el sitio de emergencias e incidentes y pude ver que había un accidente automovilístico en el camino al trabajo de mi esposo. Inmediatamente me subí a la camioneta y fui lo más rápido posible a la dirección del accidente. Sentía que Scott estaba ahí.

Pasé aproximadamente 15 minutos tratando de llegar, pero solo me encontré el camino bloqueado. Estaba chispeando y vi a un policía y le dije: "Creo que mi hijo está en uno de los coches accidentados". Me preguntó por su nombre, se alejó y habló por el radio. Recé en silencio, suplicando que Scott estuviera bien.

Ya de regreso el oficial me dijo: "Sí, señora. Su hijo está de camino al hospital. Lo puede ir a ver ahí". Le pregunté si estaba bien y me repitió lo mismo, "el hospital la está esperando".

Le llamé a mi esposo mientras me dirigía en la camioneta hacia al hospital, le dije que me viera ahí y que había ocurrido un accidente. Me preguntó si lo iba a recoger. En el peor momento que tuve como esposa le respondí: "No, tú ve cómo le haces pero llega". Lo único en lo que podía pensar era llegar al hospital. Cada fibra de mi cuerpo sabía que algo no iba bien.

Deanna Santana
Scott, al centro, con su familia.

Cuando llegamos al hospital supimos que Scott tuvo un simple accidente automovilístico al manejar a 50 km/h (10 km menos que el límite de velocidad) y perdió el control. Había otro coche que venía en dirección opuesta que se estrelló con Scott, y las lesiones de mi hijo eran muy graves.

El médico nos dijo: "Esto es lo que más odio de mi trabajo, tengo que decirles que es muy poco probable que su hijo despierte del coma".

Me desplomé, coloqué mi cabeza en el regazo de mi esposo y lloré. No podía respirar, ha sido sin duda el llanto más doloroso en mis 43 años de vida. Los gemidos no parecían ser míos, pero juro que no podía parar.

Después de unos minutos trajeron a Scott a la habitación y lo observé fijamente, como cuando lo vi el día de su nacimiento. Dedos: sin problemas; brazos: perfectos; rostro: impecable. ¿Cómo era posible que esa lesión en la cabeza (se golpeó la cabeza con el asiento del pasajero) fuera invisible? Nada tenía sentido: simultáneamente sabiendo que era posible un milagro y que Scott se había ido. Sabía que tenía que ayudar a los otros a decirle adiós.

La hermana de Scott, Marissa, sus abuelos, tíos y primos necesitaban decirle adiós. Sabía que sus amigos también tenían que hacerlo y vinieron en manada. Se despidieron con lágrimas e historias que nunca habíamos escuchado. Maestros y entrenadores vinieron a verlo también. Buscaba sin cesar el lado positivo de esta situación. Pero no había.

Unos días después Scott fue declarado con "muerte cerebral", así que mi esposo y yo honramos su deseo de convertirse en un donador de órganos. No me sorprendí porque ya había historias sobre la solidaridad de Scott. Me senté a su lado mientras los profesionales avanzaban en el proceso.

Luego llegó Marissa y se sentó junto a Scott, tomó su mano y me dijo: "Ma, en el peor día de nuestras vidas, cinco otras tendrán las mejores noticias para las suyas. Eso es lo reconfortante". Mi hija vio algo bueno y finalmente nos enfocamos en escribir el próximo capítulo de la historia de mi hijo.

Compartimos su decisión de convertirse en donador en el periódico que publicó la noticia de su accidente; le dijimos a sus amigos y a nuestra familia como él cambiaría vidas. El 21 de mayo, alrededor de las 10 de la noche, llevamos a Scott al quirófano y lo toqué por última vez. Estaba devastada, pero muy orgullosa de su deseo de ayudar a los demás por "si algo llegara a pasar".

Durante los siguientes meses seguí atorada en esa encrucijada – por un lado había depresión, enojo, amargura y desesperación. En el otro lado había tristeza mezclada con la esperanza de que las familias que recibieron los órganos de Scott no tuvieran que decirle adiós a sus seres queridos antes de tiempo. Esa encrucijada me permitió relatar el siguiente capítulo de Scott, algo que él no pudo escribir.

Supimos que Scott había salvado las vidas de cinco personas a través de la donación, le dio la posibilidad de ver a dos por medio de un trasplante de córnea y otras 73 recuperaron su movilidad a través de la donación de sus tejidos. Estos regalos que dio Scott me ayudaron a enfrentar los días más oscuros de mi vida y me uní como voluntaria al Servicio de Donantes Sierra, la organización que facilitó la donación de sus órganos.

A través de mi voluntariado conocí a beneficiarios que pudieron pasar tiempo con sus familias. Observé el resultado directo de cómo es que la donación transforma vidas por completo. Mis planes de ver a mis dos hijos graduarse, casarse y que encontraran una carrera ya cambiaron, pero encontré regocijo en ayudar a que otros pudieran decir "sí" a la donación, para que otras familias pudieran tener el día de más que yo anhelaba tener con mi hijo.

Una vez escuché a Marissa decir que ella era voluntaria porque esto le ayudaba a llenar el vacío que hubiera sido llenado con los partidos de rugby de él, sus citas dobles o sus graduaciones.

Deanna Santana

Hace unos años pudimos conocer a tres donatarios de los órganos de Scott. Fue increíble. Primero conocí a Rod, el hombre que ahora vive con el corazón de Scott. Me abrazó y dijo: "Disculpa, pero creo no llenar tus expectativas", pero le aseguré lo contrario. Estaba vivo, caminado, y eso era suficiente.

Al siguiente día nos reunimos con todos los donatarios de Scott que conocíamos, y sus familias, para tomarnos fotos Mi esposo se paró junto a Rod y le dijo: "¿Puedo?"

Sin titubeos colocó su oído en el pecho de Rod y escuchó. Me hizo un ademán de que fuera a escuchar también. El corazón de Rod palpitaba fuerte y alto. Esto me hizo acordarme de los mismos latidos de cuando Scott todavía estaba en mi vientre: los escuché miles de veces cuando dormíamos juntos y él estaba apenas en sus primeros años.

Nunca me atreví a pensar cuándo los extrañaba, pero cuando los oí... pude haberme quedado así por horas.

Rich y yo llamamos a Marissa, y mientras escuchaba los latidos del corazón de Rod nosotros la sosteníamos de los brazos. Ella temblaba y, en ese círculo que creamos al escuchar los latidos, por un breve instante sentí que mi familia estaba intacta. Sabía que Scott no estaba ahí pero lo sentí. Ese momento quedó grabado en mi corazón.

Deanna Santana
Escuchando el corazón de Scott.

Recientemente tuvimos la fortuna de visitar a Rod. Supimos que salía todos los días a pasear a su perro a la costa a perseguir gaviotas. Me recordó de un viaje que tomamos cuando Scott estaba joven y pasamos toda una tarde subidos a un bote en un río tratando de encontrar un águila calva. Ahora, su corazón vive en ellos. Me sentí llena de alegría.

Presenciamos el crecimiento de unos gemelos, hijos de un donatario (hígado y páncreas) desde la niñez hasta la adolescencia. Su esposa, Sheryl, nos contó todos los temores que tenía antes de que su esposo, Brian, recibiera el trasplante. Ella ya estaba mentalizada y preparada para ser una madre soltera.

En cambio, ahora van a ver partidos de futbol, competencias de natación y celebran cumpleaños en familia. Sheryl me regaló un artesanía de cerámica en forma de corazón y grabados. Me dijo que le recordaban a mi corazón. Un corazón que nunca será el mismo pero que sigue intacto.

Adelantamos algunos años y sigo pensando sobre esa encrucijada a la que me enfrenté en 2011. Me cambió la vida por completo. No quería ser amargada y enojada aunque hubiera muchos días en los que era fácil estar de esa manera. Dejé el campo de la educación pública y me uní al Servicio de Donantes Sierra.

Nunca me imaginé trabajar para que los trasplantes se hicieran realidad o convertirme en una donadora (hígado) – porque no fue hasta la muerte de Scott, que supe existían personas que se morían esperando trasplantes.

Este artículo fue publicado originalmente en HuffPost Reino Unido y luego fue traducido y editado.

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