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La culpa por comer que me llevó al hospital

07/08/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 07/08/2017 10:53 AM CDT
Getty Images/iStockphoto
"Forcé mi cuerpo y lo sometí a rutinas poco saludables y peligrosas".

Han pasado dos años desde mi cirugía de columna vertebral.

Aún lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Después de diez semanas de permanecer en cama, de usar una apretada faja con varillas de metal (que no me quitaba ni para dormir) y de no poder moverme para casi nada, pude empezar a retomar mi vida. Pude, también, empezar a comer sin culpa.

La cirugía y todo lo que esta conllevó me dejó una lección de vida: soy la única persona que tiene que sentirse a gusto con su cuerpo.

No fue sino hasta ese momento en el que me inyectaron para anestesiarme, que dejó de importarme si a los demás les parezco gorda, demasiado gorda, flaca, demasiado flaca...

No dejaré que nadie camine en mi mente con sus pies sucios.Mahatma Gandhi

Cuando era niña, poco a poco y de manera inconsciente, mi peso y mi aspecto físico se convirtieron en una obsesión. Siempre fui más alta que el resto de mis compañeras, pero también "gruesa" o "ancha" o "grande", así que me sentía un poco diferente al resto.

El divorcio de mis papás me afectó tanto que pasé toda la primaria siendo la niña del salón más introvertida, pero de igual forma la más gordita y con tan malas calificaciones que todos los días debía entrar una hora antes que el resto a clases para mejorar mi desempeño académico.

Pasaron los años y cuando tuve el cuerpo de una mujer, mi tío, el que yo más adoraba, me repetía constantemente lo gorda que estaba. "Mira qué caderona te ves", decía.

A mis veintipocos tenía una talla de ropa bastante aceptable, o al menos yo sigo creyendo que una 9 de pantalón y mediana en playeras y camisas son saludables, pero mi tío consideraba que no, que en realidad debía perder peso para verme mejor. Sus constantes críticas me afectaron muchísimo la autoestima. Al grado que decidí ir con un nutriólogo para ponerme en forma.

Durante la primera consulta, el médico me dijo que estaba dentro de mi peso adecuado, aunque con un porcentaje un poco elevado de grasa corporal. Cambié mi alimentación, cosa que no me fue complicada, puesto que comía varias veces al día y no me quedaba con hambre. El gran problema comenzó cuando, después de perder los primeros seis kilos, y ya con el nivel de grasa considerado como saludable, me obsesionó la tonta idea de que perder más peso me haría ver aún mejor. Y es que entre más bajaba, las personas hablaban de lo bien que me veía, de lo flaca que estaba... de lo guapa que era... Esos comentarios me hacían sentir tan bien.

Creía que el sinónimo de ser delgada era la aceptación de los otros... y mi felicidad.

Hasta que no te valores a ti mismo, no valorarás tu tiempo. Hasta que no valores tu tiempo, no harás nada con él.M. Scott Peck

Entonces, las tallas de pantalones se volvieron un reto. Cada que compraba unos jeans nuevos debía asegurarme que fueran una talla menor a la que me había comprado la vez anterior. Así, de nueve pasé a siete, luego a cinco, a tres... a cero. De mediana a chica. De chica a extra chica...

Aun así, seguía sintiéndome "rellenita". Comer un antojo o algo que no formara parte de mi dieta habitual me aterraba, me daba culpa. Recuerdo que ya no quería ni mascar chicles porque pensaba que el azúcar que contenían, me haría subir de peso. Por si fuera poco, pasé tres años sin probar una sola hamburguesa.

Y qué decir del sentimiento frente a la báscula cada que el nutriólogo me pesaba. Varias veces, incluso, tuve que darle la espalda a la balanza para no ver los kilogramos en el aparato.

Shutterstock / Sedlacek
"Nunca iba a darle gusto a nadie. Y yo no lo terminaba de entender".

Recuerdo que un día comí un cupcake y un té chai, y no pude dormir en toda la noche por la frustración que tenía por haber sido tan débil, por haber ingerido una cantidad estúpida de calorías. Por no haber sido fuerte. Por haber cedido a un antojo.

Entonces pensé que la mejor manera de poder darme algunos antojitos era hacer muchísimo ejercicio. Y durante más de un año el gimnasio se convirtió en mi nueva obsesión. Todos los días, saliendo de la oficina iba directo a cambiarme.

Comenzaba con 30 o 50 minutos de cardio (caminadora, elíptica o bicicleta). Después trabajaba la parte del cuerpo que me tocara ese día (a veces espalda, hombros y brazos, otras veces piernas, pompas y muslos) y terminaba con otra media hora de cardio.

Forcé mi cuerpo y lo sometí a rutinas poco saludables y peligrosas. Pasaba hasta tres horas al día ahí metida. Nunca estaba disponible para otras actividades. Nunca aceptaba invitaciones a comer, a cenar, a desayunar, al cine... Siempre me excusaba diciendo que no podía dejar de ir al gimnasio.

Creía que era normal, o más bien obligatorio ir al gimnasio los siete días de la semana. Si un día me ganaba la flojera, tenía cólicos o algún compromiso impostergable, me enojaba muchísimo conmigo misma por no haber ido a hacer ejercicio. Aun así, seguía sintiendo que estaba pasada de peso.

Cuanto más celebres tu vida, más motivos tendrás en tu vida para celebrar.Oprah Winfrey

El tío aquel, que antes me criticaba por ser gorda, ahora me decía que estaba demasiado flaca, que parecía anoréxica, que antes me veía mejor, que por qué no volvía a ganar peso.

Nunca iba a darle gusto a nadie. Y yo no lo terminaba de entender. Que si estaba gorda, mal. Que, si estaba flaca, mal. Un día, la que solía ser "mi mejor amiga" en la preparatoria comentó una de mis fotos de Facebook: "Dany, come. A ver si ya dejas de estar de anoréxica".

Me sentí tan mal. Entendí que no le importaba en absoluto, porque si realmente me apreciaba, debió escribirme un mensaje o llamarme por teléfono y preguntar por mi salud. No creo que la mejor forma haya sido exhibiendo mi problema en una red social.

Luego todo empeoró. Un dolor en la columna vertebral llegó a ser tan fuerte que ni si quiera me permitía permanecer sentada. Y de pronto me vi en un quirófano con ocho médicos a mi alrededor. Nunca en mi vida me había sentido tan sola, tan desprotegida, con tanto miedo.

Por más deseos de apoyo que recibí, en ese momento estaba sola, ahí en la cirugía, completamente drogada y con medio cuerpo adormecido.

En medio de la operación y con un anestesiólogo vigilándome todo el tiempo, pensé que, si tenía una nueva oportunidad de librarme de esta, pondría todo mi empeño en aprender a amarme mucho más a mí misma. A aceptar mi cuerpo tal y como era, porque hasta ese momento comprendí todo el daño que le había hecho.

Aprendí que no necesitaba buscar la perfección, porque de hecho mi cuerpo ya era estupendo. Estaba sano. Estaba completo y pese a la manera en que lo expuse; tras la cirugía, se recuperó de maravilla.

Pero pagué consecuencias. Durante dos años no he podido hacer actividad física ni usar tacones de aguja. Otras veces, un mal movimiento, una mala postura o los cólicos menstruales, me ocasionan molestias en la columna.

La recuperación de la cirugía es algo que valoré muchísimo. Durante 10 semanas no pude levantarme de la cama, tuve que pausar mis actividades laborales y necesité ayuda hasta para ir al baño y vestirme. Eso me hizo reflexionar sobre la oportunidad que tengo de volver a caminar y de volver a hacer las cosas por mí misma.

Ámate a ti misma primero y todo lo demás vendrá después. Realmente necesitas amarte a ti misma, más que cualquier cosa en el mundo.Lucille Ball

Han pasado dos años y ahora veo la vida de manera distinta. Por fin entendí que soy la única persona que tiene que sentirse a gusto con su cuerpo. Dejó de importarme si a los demás les parezco demasiado gorda, demasiado flaca... A veces, sin embargo, gana la inseguridad. A veces los malos pensamientos sobre mi cuerpo intentan regresar. No es fácil. La mente es nuestro peor enemigo. Cuando escucho un mal comentario, los pensamientos aparecen, y debo de calmarlos o, mejor dicho, dejarlos pasar sin que me afecten. Esto, pensando en lo bendecida que fui por salir bien de la cirugìa, por volver a caminar y por continuar mi vida.

Ahora no me importa tener una talla cero. Recuperé el peso perdido y tengo un cuerpo sano. Puedo verme en un espejo, sonreír, sentirme feliz y en paz con mi cuerpo. Puedo comer lo que me dé la gana sin sentirme mal. Puedo disfrutar cada día que la vida me regala.

Por eso quiero poner mi granito de arena y luchar contra la anorexia, la bulimia, la vigorexia y una larga lista de desórdenes de la alimentación que aún desconocemos.

Nunca trates como prioridad a alguien que te trata como una opción.Maya Angelou

Mi deseo es que, cada vez más mujeres logremos amarnos lo suficiente como para que no nos afecte lo que los demás piensen o digan de nosotras.

Te invito a que conozcas esta iniciativa y te sumes a mi causa: Purpleday

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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