EL BLOG

LGBT... y todas las demás letras

10/10/2016 8:40 AM CDT | Actualizado 10/10/2016 9:46 AM CDT

Davor Pavelic
"No aceptamos una ley que 'confiera los mismos derechos': queremos matrimonio igualitario, ni más ni menos".

No me gustan los acrónimos. Se me hacen perezosos y creo que muchas veces, le quitan sentido a las palabras. Pero además tengo mala experiencia con ellos.

Cuando estudié en SciencesPo, mi materia más complicada era Mercados Financieros Internacionales, no porque tuviera un alto contenido técnico, sino porque a mi profesor —un hombre de Bombay, con un francés marcado por su acento hindi— le gustaba simplificar todo con acrónimos. Sus clases eran algo así como decir, en español, que "aumentar el IVA afectará la IED, y en consecuencia el PIB se reduciría, según pronósticos de la OCDE y del BID". Poco a poco, me los fui aprendiendo y al final no me fue tan mal, pero eso sí... decidí que no quería volver a saber de mercados financieros en mucho tiempo.

Me volví a topar con un acrónimo años después, cuando empecé a leer sobre temas de diversidad sexual e identidad de género. Creo que la primera vez que lo vi era solo de cuatro letras: LGBT. Después lo encontré por ahí con otra T... y con otra más... y luego con una I... y después con una Q... y al rato era algo así como LGBTTTIQ, más las que se acumulen esta semana.

Quienes se enfrentan por primera vez a este término tienen la misma cara que yo cuando trataba de estudiar mercados financieros internacionales en francés: no entienden, prefieren no saber qué hay escondido detrás de cada letra y mejor hacen como que ni las vieron.

Pero quienes forman parte de un colectivo ahí representado, conocen la importancia de que se le dé su debido peso a cada uno de estos grupos. Saben que el primer paso rumbo a la igualdad es el reconocimiento.

En mi caso, el tema es relativamente nuevo. Algunas personas se sorprenden cuando digo eso; suponen que, al ser parte de una minoría sexual, debería tener un perfecto conocimiento al respecto... como si al nacer me hubieran dado mi glosario de términos, mi bandera de arcoíris y una explicación detallada sobre cada minoría sexual que existe.

Pero lo cierto es que no es así. No lo es ni para quienes estamos representad@s en el acrónimo, ni para quienes quedan fuera de él.

Quienes se oponen al matrimonio igualitario no entienden que nuestra "obsesión" no es con la palabra en sí, sino con la igualdad que la palabra confiere

El tema ha sido y sigue siendo tabú. La literatura disponible es escasa y muchas y muchos jóvenes terminan acudiendo al internet, donde no necesariamente encuentran respuestas veraces. Por el contrario, los rumores, la desinformación y, en consecuencia, la discriminación, están por todos lados.

Precisamente por eso, en algunas de mis próximas participaciones le dedicaré un espacio a cada una de estas letras. Lo haré sin pretender de ninguna manera que se trate de artículos exhaustivos; más bien a manera de introducir estos temas en la agenda.

Lo he dicho una y otra vez: no todo es matrimonio igualitario. En México, y en muchos otros países, tenemos que empezar a hablar de las preferencias sexuales y la identidad de género de una manera mucho más integral: desde una perspectiva de salud, de desarrollo económico, educación, en políticas públicas y en transformaciones culturales; en tolerancia, inclusión e integración; y desde luego, de las intersecciones que existen entre esto y otras formas de discriminación.

Hay que hacerlo, porque solamente así podemos encontrar soluciones a los muy complejos problemas que enfrentan quienes son parte de alguno de esos colectivos. Pero además, porque el silencio es el mejor conductor de la ignorancia, y la ignorancia es la tierra más fértil para sembrar odio. Hablemos pues, y hablemos de manera abierta. Aquí les dejo la invitación.

Postdata.Esa maldita obsesión con la palabra matrimonio.

Hace unos días, líderes evangélicos se reunieron con el presidente para dejarle en claro que no están en contra de los homosexuales, solamente dejaron claro que "no queremos que se unan bajo la figura de matrimonio". Llámenle como quieran y otórguenles los mismos derechos si así lo consideran, pero (por amor de Dios), ¡no le digan matrimonio!

Se trata, evidentemente, de un argumento débil. Tan débil como quien hubiera propuesto, en su momento, que las mujeres pudieran votar, pero que no lo hicieran en las mismas casillas que los hombres. O que los afroamericanos pudieran ir a las mismas escuelas que los blancos, pero que tuvieran clases en salones distintos.

Quienes se oponen al matrimonio igualitario no entienden que nuestra "obsesión" no es con la palabra en sí, sino con la igualdad que la palabra confiere.

Porque las palabras importan. Con palabras se distingue a una persona de las demás. Con adjetivos se juzga a alguien por su tono de piel, su nacionalidad, género o condición social. Quienes hemos sido señalad@s y agredid@s por por alguna de estas causas o cualquier otra, entendemos que las palabras pesan y pesan mucho. Es ahí, en la palabra, donde nace el odio. Es ahí, en el lenguaje, donde se construyen las ideas y los prejuicios.

Quienes se oponen al matrimonio igualitario actúan precisamente así: con prejuicios.

Pero el Estado no puede conducirse de esa manera; la racionalidad del Estado no puede basarse en miedos infundados o falacias mal justificadas. Por el contrario, su obligación es garantizar que toda persona goce de los mismos derechos y así pueda vivir con dignidad.

De modo que no, no aceptamos una ley que "confiera los mismos derechos": queremos matrimonio igualitario, ni más ni menos.