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Donald Trump está lejos de ser la enfermedad de EU

24/08/2017 5:00 AM CDT | Actualizado 24/08/2017 8:42 AM CDT

JAMES LAWLER DUGGAN / Reuters
Don Folden, fundador de una compañía de tours históricos afroamericanos (a la derecha) discute con un hombre llamado Justin, del oeste de Nueva York, durante una protesta organizada por un grupo autoaclamado de supremacistas blancos. Estos describieron las protestas como una manifestación de

"Esto no es normal" se lee en una etiqueta negra, con letras mayúsculas en blanco. Está pegada sobre los mosaicos, en una de las entradas de la calle 59, en Manhattan. Cuando Donald Trump ganó la elección presidencial, en noviembre pasado, una campaña con esas cuatro palabras se esparció por los estados del noreste de Estados Unidos. "No es normal", decían, que un candidato cuyo discurso se basó en la xenofobia, la tolerancia a la violencia racial y la misoginia, pudiera convertirse, por voto popular, en el hombre más poderoso del mundo.

Pero llegó enero. En un día gris y lluvioso, Donald Trump rindió protesta como el 45º presidente de los Estados Unidos. El optimismo de quienes creían que moderaría su postura se desvaneció. Las etiquetas pegadas por los rincones de Nueva York fueron perdiendo su engomado y, pronto, se cubrieron con el polvo de la cotidianeidad.

No muy lejos de ahí, a unos 350 kilómetros de distancia, el ánimo era muy distinto. En Lowell, Massachusetts, millennials portaron con orgullo las gorras rojas de "Make America Great Again." Desde hace años, el pueblo textilero vio cómo las fábricas en las que trabajaban sus padres, hermanos, madres o sobrinas, cerraban sus puertas. Lo mismo sucedió en Detroit, con la industria automotriz; o Hillsboro, en Ohio, donde 3 de cada 4 votos fueron para el candidato republicano. Millones de norteamericanos que por décadas fueron ignorados en su necesidad de encontrar empleo, salud y seguridad social, apostaron por una persona que —más allá del espectáculo político— ofrecía volver al nostálgico sueño americano de hace 60 años.

Frente a un enemigo tan evidente, se le ha vuelto fácil a la oposición ser perezosa.

Pero la elección pasó, el país siguió su marcha y la división —que es natural en cualquier contienda democrática— no se disipó. Las cicatrices no sanaron. Por el contrario, el encono siguió sintiéndose en los hogares, oficinas, calles, parques y más recientemente, en las universidades del país.

En parte, porque el titular del Ejecutivo ha encontrado en la división social una valiosísima moneda de cambio para hacer política; el clásico "divide y vencerás" le ha ofrecido un firme colchón de apoyo entre su base dura de votantes. Y en parte, porque algunos medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil también se han dado cuenta del gran rédito económico que significa seguir calentando la hoguera. OSCs como A.C.L.U. y Planned Parenthood multiplicaron tanto a sus adherentes como sus fondos a partir de que optaron por una estrategia frontal en contra de Trump. La CNN —con Anderson Cooper— y el New York Times tomaron una clara postura frente a la nueva administración, que se nota en cada breaking news y en cada ocho columnas.

Ello ha dejado al grueso de la población con una difícil decisión en la que deben tomar partido, no hay puntos medios ni tonos de gris. Toda conversación se lleva a cabo en términos de blanco o negro. Y hay que decirlo: ello le ofreció a todo crítico de Trump una especie de manto de impunidad, bajo el cual, los reportajes, opiniones, posturas y campañas se pueden dar el lujo de perder el profesionalismo que de otra manera hubieran requerido. Se aferran a sus audiencias y les ofrecen lo que quieren escuchar. En pocas palabras: frente a un enemigo tan evidente, se le ha vuelto fácil a la oposición ser perezosa.

Termina sucediendo, curiosamente, un efecto contrario al deseable. Quienes ya estaban convencidos —de un lado y del otro del espectro— se atrincheran en sus posturas. Pero a la vez, estas se vuelven más radicales. Resurgen las divisiones raciales, que nunca se habían extinguido, pero al menos se habían empujado debajo del tapete. De pronto, lo que antes era impermisible o políticamente incorrecto, se vuelve permisible, si no tolerable.

Cada vez es más difícil que la opinión pública encuentre puntos de coincidencia para el debate y, por el contrario, suele ser más sencillo apostar por la descalificación irracional.

Así, hoy muchas entidades de Estados Unidos, viven en un estado de encono social que es preocupante. Cada vez es más difícil que la opinión pública encuentre puntos de coincidencia para el debate y, por el contrario, suele ser más sencillo apostar por la descalificación irracional en ambos lados del espectro político.

La salida aparentemente fácil, que algunos proponen, está en la censura y en la condena. En exigir que a los grupos de odio —aquellos que están en contra de la migración, a favor de la supremacía blanca— no se les permita expresarse, manifestarse o reunirse. Pero la democracia norteamericana jamás ha funcionado así. Mientras que Europa, dada su historia, ha creado los mecanismos para limitar el derecho a la libertad de expresión, la primera enmienda de la Constitución estadounidense —de carácter permisivo— es prácticamente un pase libre para hablar sin límites.

Pero más allá de leyes e instituciones, poco se discute sobre el porqué. ¿Por qué resurgen estos grupos? ¿Por qué toman las calles? ¿Por qué vuelven a estar en las primeras planas? Insisto: la salida fácil es apuntar a la Casa Blanca. Pero quien ahí vive está lejos de ser la enfermedad... es tan solo el síntoma; el resultado de una sociedad que no está unida y que no está buscando caminos para reconstruir su muy dañado y corroído, tejido social.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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