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Te quiero papá y sé que saldrás de esta

18/06/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 18/06/2017 7:00 AM CDT

Entre más cumplo años, más me doy cuenta de lo parecida que soy a mi papá.

Como buena adolescente hubo una época en la que le reclamaba todo: ¿cómo era posible que me exigiera buenas calificaciones cuando él tampoco fue un estudiante de excelencia, pero se convirtió en un máster de la administración?, ¿por qué me exigía tanto en destacarme en algo? Además de su ausencia, su "preferencia" por el trabajo antes que yo, etc.

Todo eso terminó cuando me gradué de la prepa —con un promedio decente o el suficiente para que me aceptaran en la universidad— y me mandó un tiempo a vivir fuera del país, donde comprobé que el dicho en inglés "distance makes the heart grow fonder" es totalmente cierto. La distancia hace que los sentimientos broten.

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Hace unos ayeres, mi hermana, mi padres y yo en Monterrey, donde tenemos familia.

Conforme pasan los años, uno se da cuenta que el ser padre no es tarea fácil, que todos esos sacrificios que hacen por nosotros son porque quieren lo mejor para uno. Todos esos pesos invertidos en educación, viajes, ropa y diversión tienen el propósito de hacernos personas de bien, o como le encanta decir a mi papá, "personas de trabajo".

Mis rachas malas con mi padre terminaron hace unos cuantos años —tampoco es que nos lleváramos del chongo— cuando me topé con la dura tarea de ser fuerte en tiempos de crisis. Ahí es cuando lo entendí y comprendí que a veces uno tiene que guardar el dolor para mostrar coraje y que las cosas no se derrumben.

Estos últimos años han sido viajes de aprendizaje en los que, por momentos, me han dado ganas de parar. Porque, para ser realistas, madurar y convertirse en un adulto es difícil y doloroso.

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Hace un año con mi 'abue' Isabel en su último cumple, el 95.

Según el horóscopo chino este año se deben de evitar los hospitales, y la verdad es que me río porque es donde me la he pasado desde los primeros días de este 2017. En febrero, mi abue murió a causa de, digamos que vejez. A una semana de su partida, el médico le confesó a mi papá que tenía cáncer... Aquí es donde la historia se pone buena.

"El doctor me dijo que tengo cáncer", nos confesó mi papá con la voz entrecortada y abrazándonos a mi hermana y a mí, mientras sus hermanos, sus cuñados, un primo y mi mamá escuchaban. Como buen cliché, solo sentí como si algo en la tierra se hubiera roto, como si el tiempo se hubiera detenido o, en todo caso, un mal sueño. Pero no, mi papá tiene cáncer y hay que tratarlo ya.

Es la primera vez que realmente he tenido que parar un segundo mi vida para darme cuenta que mis papás no se están haciendo jóvenes, y que la muerte puede llegar y no forzosamente a los 95 años como le ocurrió a mi abuelita. "¿Cómo voy a vivir sin mi papá cuando todavía tenemos mil cosas por vivir?" Después de hacerme esta pregunta, saqué mi lado Díaz y dije: "Tienes de dos: o te pones a llorar y reclamarle a la vida, o sacas la fuerza que siempre te ha mostrado tu papá".

Opté por la segunda, así que este texto es mi catarsis y mi terapia para sacar todos esos sentimientos que he reprimido desde febrero.

Confío en mi familia porque esto nos ha hecho unirnos más y entender que, dentro de nuestras imperfecciones, juntos nos complementamos.

Cualquiera que ha pasado por un proceso como este entenderá que no es nada fácil, ni para el enfermo ni para la familia. En estos cuatro meses el Hospital de Nutrición se ha convertido en mi tercera casa y mi refugio después del trabajo. Poder estar unos minutos con mi papá, darle de cenar, ir a la cocina a que le calienten, de nuevo, sus alimentos; memorizar las caras de los médicos —muchos de ellos más jóvenes que yo—; ver cómo le inyectan insulina, toman presión, le sacan sangre; ver sus brazos, antes musculosos, ahora débiles y morados por la cantidad de sangre que le extraen diariamente. Es doloroso ver a mi papá en cama, más cuando nunca ha sido una persona de "echarla" porque según él "la cama lo bota a las cinco de la mañana, hasta los domingos", y es cierto.

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Hace unos días en Nutrición arreglando la tele comunitaria.

Es doloroso que se levante a bañar y ver la almohada llena de pelo producto de las quimios y preguntarle, sin mostrar un ápice de dolor, "¿te raparás?" Y luego llegar a casa y desmoronarte porque el papá fuerte que te llevaba todos los días a la 6:45 de la mañana a la escuela, después a la universidad y de repente al trabajo, está enfermo y no es fácil de digerir. Pero sabes que ese dolor no puede durar más de 10 minutos porque también tienes que mostrar fortaleza ante tu mamá y hermana, porque ellas también necesitan energías positivas. No es tarea fácil.

Hace unos días y después de estar un mes internado de corrido, los médicos dieron de alta a mi papá (obvio tiene que regresar en unos días porque le toca análisis y una cuarta quimio). Lo primero que quiso hacer fue ir a comer unos pancakes, aunque no le sepan a nada, seguido del trabajo y después sentarse en su sillón a ver deportes.

Verlo en su lugar, con la cabeza ya casi calva, solo me hace sentir segura y pensar que todo estará bien, que todo en esta vida es pasajero, y así como superamos la muerte de mi abuela, también venceremos el cáncer. Porque al final, y a mis casi 30 años, sigo necesitando a mi papá, sus consejos y también sus achaques de "todo tiene que estar en orden".

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Con las manos en la masa: el pan, la debilidad de mi papá.

No ha sido un año fácil en la casa de los Díaz, la muerte de mi abuela y la enfermedad de mi papá me han puesto a analizar lo que realmente es importante en esta vida, quiénes son tus amigos de verdad, a quiénes de plano no quieres ni hablarles porque cada que lo hacen y preguntan por tu papá muestran pena, compasión y te pobretean porque "ay, tu papá está enfermito". "Sí, tiene cáncer", les contesto. Porque tengo esta teoría que uno tiene que decir las cosas como son y no tratar de minimizarlas ni exagerarlas, como muchos familiares lo hacen.

Confío en los médicos, en la medicina, en todos los que trabajan en Nutrición, en mi papá y su ánimo que no ha decaído, en mi mamá (que no ha parado de estar junto a mi papá desde el día que le detectaron el mieloma múltiple). Pero, sobre todo, confío en mi familia. Porque esto nos ha hecho unirnos más y entender que dentro de nuestras imperfecciones, juntos nos complementamos.

Sé que mi papá saldrá de esta, y sé que el día que ocurra querrá hacer una mega fiesta. Pero mientras ese día llega, solo quiero decirte lo que casi nunca nos decimos, pero bien que lo demostramos: "Te quiero". Y ahora entiendo que tus errores, son mis aciertos.

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*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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