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Migrante que se respeta

04/11/2016 11:59 AM CST | Actualizado 26/07/2017 1:36 PM CDT
Daniel Acker/Bloomberg via Getty Images

A mediados de 1993 mis padres decidieron emprender una nueva aventura y nos mudamos a Miami por aproximadamente seis meses. Además del shock cultural que resultó para mí adaptarme al sistema educativo norteamericano, fue también mi primer encuentro con la cultura culinaria cubana.

Varios viajes a Cuba en el pasado no habían dejado en mí ninguna buena impresión sobre la comida cubana. Mis recuerdos se centraban fundamentalmente en la escasez del periodo especial y en mi firme creencia en que cuando mi mamá hablaba del mercado negro, se refería a un tianguis a la mexicana que en vez de toldos rosas tenía toldos negros y era muy caro.

Cuando llegamos a Miami pude descubrir las maravillas de los sándwiches cubanos, los pastelitos de guayaba, el guarapo (jugo de caña), pero sobre todo las delicias que salían de la cocina de mi tía Ofelia. Una de las memorias que atesoro de mi tiempo en Miami fue el ajiaco que me preparó mi tía cuando me dio varicela, y que yo diría me salvo la vida. El ajiaco es un caldo al que se le agregan yuca, malanga, boniato, maíz, carne de res y de puerco, ají ( de ahí el nombre) y plátano: aunque claro seguramente debe haber miles de recetas.

Lo que realmente hace a Estados Unidos "grande" es su bagaje cultural proveniente de millones de migrantes.

Según la famosa cocinera cubana, Nitza Villapol, el plato es una mezcla de la cocina española y la cocina aborigen cubana. También recuerdo con nostalgia el puré de papa con queso crema que preparó el Día de Acción de Gracias, y el maravilloso lechón asado de Navidad.

Mis experiencias culinarias en Estados Unidos continuaron, aun mucho después de que regresamos a México. Hace exactamente un año tuve la suerte de pasar tres semanas en el norte del país y deleitarme con la impresionante variedad de comida que se puede encontrar. Cannolis italianos y comida armenia en Boston, unas berenjenas fritas chinas en Chicago que aún me hacen llorar, sándwiches de pastrami en una deli judía en Nueva York, comida cubana y peruana en New Jersey, pan de muerto y tacos de carnitas, pizzas fritas, barras de ensaladas interminables, kebabs... absolutamente todo lo que mi paladar pueda desear y en porciones gigantescas.

Esta inmensa y diversa cultura culinaria no es casualidad: lo que realmente hace a Estados Unidos "grande" es su bagaje cultural proveniente de millones de migrantes que construyeron ese país en el que soñaron un futuro mejor. Italianos, irlandeses, mexicanos, cubanos, colombianos, judíos, griegos, chinos entre otros, contribuyen diariamente no solo a la economía norteamericana sino a la construcción cultural y social del país.

Cuando Donald Trump se sienta frente a un "taco bowl" un cinco de mayo y llama a esto "comida mexicana" no solo ofende a los mexicanos con su impresionante ignorancia de la cultura culinaria mexicana, ofende a todos los migrantes al mostrar el poco interés que tiene por entender la cultura de su país, a los ciudadanos norteamericanos que distinguen una buena tortilla de maíz y suspiran por un tamal cuando se encuentran en el extranjero. Estados Unidos es un país que prácticamente se construyó como un inmenso campo de refugiados, su futuro no puede estar en manos de un fascista que desconoce los principios culturales más básicos de la gente que aspira a gobernar.

En mi experiencia, los migrantes son ciudadanos ejemplares que, valorando los principios democráticos de sus nuevas naciones, no dejan nunca de votar y ejercer sus derechos políticos.

El próximo martes es responsabilidad de todos aquellos migrantes y descendientes de inmigrantes continuar construyendo el sueño que los llevó a dejar todo aquello que les era familiar. A pesar de todos los defectos que se puedan encontrar en Hillary Clinton, ella es la única candidata que garantiza que los principios democráticos básicos se conserven en Estados Unidos. Como hija, nieta, bisnieta y tataranieta de migrantes, y como migrante yo misma, entiendo los miedos que conllevan estas votaciones.

También entiendo que para el votante conservador las políticas sociales de Hillary pueden parecer contrarias a los principios morales que dictan sus vidas: sin embargo, en esta ocasión no es posible elegir presidente guiándose tan solo por la posición de Hillary sobre un tema en particular. Mi primo no dejó sus sueños de poeta en La Habana para ser gobernado por un cerdo machista que no solo acosa mujeres y denigra migrantes, sino que miente, engaña y se aprovecha de los miedos e ignorancia de los norteamericanos.

En mi experiencia, los migrantes son ciudadanos ejemplares que, valorando los principios democráticos de sus nuevas naciones, no dejan nunca de votar y ejercer sus derechos políticos. El próximo martes el mundo entero observará con esperanza y terror los resultados de las elecciones norteamericanas. Espero despertar el miércoles celebrando que el único muro que se construirá será un muro de taco trucks y que los sueños de miles de personas, el futuro de niños refugiados y la seguridad del mundo se encuentren en manos de la primera mujer que romperá el techo de cristal de la presidencia norteamericana.

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*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.