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Una cara sobre el Paseo de la Reforma

13/04/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 13/04/2017 8:19 AM CDT

RONALDO SCHEMIDT via Getty Images
"Nos llamamos en vías de desarrollo y de verdad pensamos que un futuro mejor es posible".

Hace un par de días estaba por tomar el Paseo de la Reforma cuando una niña se acercó a mi ventana y me ofreció unos mazapanes. En realidad esos mazapanes La Rosa no me gustan así que le hice una seña que no quería. Eran como las once de la mañana y no había demasiado tráfico. Su caja de mazapanes estaba completa. Vi como se alejaba hacia la banqueta. Le calculé unos doce años. Tenía el pelo y los ojos negros, la carita sucia.

Mi negativa hico que su mirada se envolviera en desilusión, bajó la mirada, se sentó resignada. No es la primera vez que me pasa. Es más, es a diario que uno ve niños, mujeres, hombres mayores, pero esto fue como en cámara lenta, y como no había casi nadie en la calle lo sentí tan intenso que me partió el alma. Se me revolvieron los sentimientos y las ideas. Pensé en mis propias expectativas ante la vida, en la gente que me ha ayudado, en lo sola que he llegado a sentirme, en lo doloroso que es sentir que eres la alimaña que habita una bestia sorda. Así que la llamé de nuevo, le dije: "Mira, honestamente, no me gustan los mazapanes. Toma estos pesos y te los regalo". Su cara se iluminó inmediatamente. Y se fue con una sonrisa. El semáforo cambió. Avancé. Me fui. Un martes o un miércoles cualquiera.

Yo no me sentí ni mejor, ni contenta, ni "aquí está tu buena acción del día, hiciste a alguien sonreír". Al contrario, me sentí muy extraña. Me puse a llorar. No pude evitarlo. Como si tuviera atragantada palabras para ella. Como si quisiera que me contara su historia, pero a la vez no hiciera falta. Detalles más, palabras menos, es la historia de cientos de miles de niños de América Latina. Padre ausente, madre que tiene que trabajar. Abuso. Abandono. Esfuerzo que no da para más. Escuela que no sirve para nada. Maestro mal pagado, poco preparado. Todo insuficiente, pero estamos rodeados de lujo y derroche. Nos llamamos en vías de desarrollo y de verdad pensamos que un futuro mejor es posible. Pero parecen consignas de autoayuda porque la realidad, cuando te viene así a la cara, te tiene otras cosas preparadas.

Es muy ingenuo pensar que la pobreza de quienes comparten un país con nosotros no nos afecta.

Me vino entonces a la mente Andrés Eloy Blanco, un poeta venezolano que escribió cuando tienes un hijo, tienes todos los hijos del mundo. Eso fue lo que sentí en ese momento. Me sentí herida como madre, aunque más que herida me sentí fallida. Una niña como la que me vendió los mazapanes debería estar estudiando. Debería estar segura, enfocada en su pre-adolescencia, imaginando su futuro, forjándolo. A veces México me recuerda a la Venezuela de los años noventa, antes de que cayera la tragedia del chavismo, para llamar de alguna manera la hecatombe que se nos vino encima. Aunque no sé si nos cayó o si la buscamos. La verdad, paso mucho tiempo pensando quiénes serán los responsables.

Hay gente que se aferra a la creencia que los países tienen los gobiernos que se merecen. Yo estoy en total desacuerdo. Me parece una afirmación un tanto cruel y poco empática con las circunstancias de la gente. Quizás es la maternidad lo que me ha hecho ver las cosas de esta forma, es que siento que al final los hombres que se van formando, con el tiempo son el reflejo de las generaciones que vinieron antes.

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Al ser humano hay que formarlo, para bien o para mal. El pensamiento, el amor, la empatía, la justicia, todo se aprende, nada es innato, y en las condiciones en que vive la gran mayoría de la gente en los países de América Latina es difícil pedir más. La gente vive en condiciones terribles, se enfrenta a penurias a veces inimaginables para quienes tenemos facilidades económicas, y además es manipulada fácilmente por gobiernos que no hacen ningún esfuerzo por mejorar su calidad de vida, que se limitan a implementar políticas que se basan en hacer a la gente dependiente en vez de darles las herramientas para empoderarlos y que surjan por sí mismos. Es decir, que nuestras democracias en realidad son de juguete, no están basadas en un verdadero sentido de libertad, sino que son el mismo teatro de los políticos y al final estamos todos amarrados a un trágico destino.

Es muy ingenuo pensar que la pobreza de quienes comparten un país con nosotros no nos afecta. No hablo solo del dolor que uno puede sentir al verla de frente, es que a la larga nos tuerce a todos como seres humanos y afecta nuestras vidas en todos sus aspectos, en lo espiritual, en lo intelectual, hasta en lo económico. Su pobreza es también la nuestra.

En 1998 Venezuela intentó empujar al sistema votando por Hugo Chávez. Los mitos de siempre, el caudillismo latinoamericano de siempre, el mesianismo, la creencia de que el país lo echa a perder o lo arregla una sola persona, como si el resto fuésemos adornos, o peor, clientes. La clase media fue la gran masa votante que eligió a Chávez, en parte por solucionar la pobreza, en otra por vengarse de los corruptos, de los ricos desmedidos, por subsanar un resentimiento pateando lo establecido.

Todos tenemos que ver en el destino de nuestros países.

Hoy el país está en el suelo. No hay otro fin a una historia que empieza no con ganas de destruir sino con deseos de hacer explotar. Cuando vi la cara de esa niña pensé en los miles de niños venezolanos, que son sus hermanos, que comparten su destino, que lo hacían en el 98, que lo siguen haciendo hoy en día. Me pregunto como décadas más tarde en México, en Venezuela —en circunstancias tan distintas— sigue habiendo tanto sufrimiento. ¿Qué hemos cambiado? ¿Qué tenemos que cambiar?

Aquí se acercan las elecciones y se siente como un rumor el deseo de la gente, impotente como yo, de ver que estas cosas cambien. Que mientras una niña en los mejores años de su vida se pierde en el caos de una urbe que no perdona, otros se enriquezcan y pretendan seguirlo haciendo a costa de tantas vidas. El problema es que nadie trae una propuesta clara. Es que estamos como vacíos de líderes, de intención de cambio. Pareciera que no hay nadie que entienda realmente este sufrimiento tan real y estas ganas de los ciudadanos por ver que estas circunstancias mejoren, cambien, en serio, de una vez por todas. No para fotos, ni para discursos, ni para que asuma el poder una propuesta bien parecida a la chavista que vendió muy bien un producto que jamás entregó: justicia social.

Lo que sentí allí, en pleno Paseo de la Reforma, cuando vi a los ojos a esa niña es que al final nuestros países son nuestros. No de un presidente, ni de un candidato, todos tenemos que ver en el destino de nuestros países. Y más que una opinión política, o que un sentimiento de impotencia, lo que hace falta es pensamiento. Salir a la calle, mirar a la gente a los ojos y reflexionar, qué papel juego yo en todo esto. Lloré ese día. Quise pedirle perdón, en nombre de todos, porque de una forma u otra le hemos fallado. Pero lo más duro es que el daño que ya está hecho no sé como resarcirlo, si es que uno cambia el mundo con un puñado de palabras o con una vida de esfuerzo.

Claroscuros de la niñez latinoamericana

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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