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Emigrar es como partirse por la mitad

09/02/2017 6:30 AM CST | Actualizado 09/02/2017 6:30 AM CST

Instagram: manuelazarate
El Obelisco de la Plaza Francia, en Caracas, Venezuela.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que en doce meses estaría en un lugar de Ciudad de México escribiendo sobre mi experiencia de salir de la Venezuela de Maduro le hubiera dicho que estaba loco. Pero aquí estoy. En algún lugar de la Ciudad de México, en cuyas calles aún seis meses después me cuesta a veces ubicarme, hablando de despedidas, de bienvenidas, de cambio. Irme de Venezuela fue una decisión muy difícil de tomar. Quizás la más difícil que he tomado en la vida. No puedo decir que desde que las cosas comenzaron a deteriorase progresivamente no sentía una angustia terrible por mi futuro y el de mis hijos. En el fondo de mi ser tenía tiempo sintiéndome casi extranjera en mi propio país. Me sentía a veces sola y confundida.

Pasé noches sin dormir pensando qué iba a ser de la vida de mis hijos y de la mía propia. Cada vez que alguien se iba del país yo sentía como si algo dentro de mí se perdiera. Nunca me han gustado las despedidas, pero cuando alguien se va de su país, empujado, desesperanzado a vivir a otro lado sin que uno pueda visualizar el retorno, uno siente que se va quedando a la deriva. Como flotando en el abandono. Nunca olvidaré las caras de la gente que pasó inmigración con nosotros el 10 de agosto de 2016. No olvidaré jamás ese momento, ni creo que llegue a tener destreza suficiente para describir el sentimiento. Si la tierra se abre y nos traga, creo que será algo parecido.

Nunca he juzgado a los que se fueron. Entre otras cosas porque aquí estoy yo también. Creo además que el tiempo de divisiones y señalamientos debe terminar. Me duele cuando entre hermanos nos acusamos, como si no hubiéramos aprendido después de tantos años que no sirve de nada jugar a ser dueños de la razón. Que de polarizarnos por cualquier motivo no ganamos absolutamente nada. Al final, hay gente que ama a su país incondicionalmente aunque viva lejos, y hay gente que no le sirve en lo más mínimo estando adentro.

En el fondo de mi ser tenía tiempo sintiéndome casi extranjera en mi propio país. Me sentía a veces sola y confundida.

Irse es como partirse por la mitad. Por un lado tienes que llenarte de ganas y de optimismo para empezar con buen pie tu nueva vida. Por otro lado no dejas de sentir el vacío que deja todo aquello que quedó atrás. Cuando estás recién llegado a un lugar a veces los días se alargan y son solitarios. No conocer las calles, no estar familiarizado con el acento, las costumbres, hasta los cambios de clima, son parte de un proceso que toma tiempo. Eso que llaman adaptación. Aprender a reconocer el lugar en el que vives y apropiarte de él, hacerlo tuyo, depende de las razones de la salida y de algo que llevamos dentro de nosotros, eso que llaman resiliencia o que también podríamos llamar ganas de salir adelante.

En Venezuela dejé a mis padres, mis hermanas, mi casa en la que crecí, dejé olores y sabores, tradiciones. Dejé un cielo que a pesar de todas las circunstancias me hacía sentir mejor cada vez. En Venezuela descubrí que quería ser promotora de lectura y que a través de la cultura y la lectura quería cambiar la vida de la gente y por qué no, cambiar el mundo. Hice cosas maravillosas, pero también aprendí otras terribles. Vi el miedo en los ojos de la gente, vi los sueños morir, y vi tambalearse los míos propios.

Sé de quién es la culpa. Sé qué pasó. Pero ponerlo en palabras, resumirlo, contarlo, es un tanto complicado. La gente aquí me pregunta con mucha preocupación, cómo es que un país tan bello se sumió en esa espiral de destrucción. Hay respuestas técnicas, de teoría política, desde Hannah Arendt hasta Alexis de Tocqueville tienen respuestas. Hay otras quizás más simplistas, hasta evasivas, no supimos, ni vimos y al final no pudimos.

Cada vez que un mexicano me dice con una sonrisa "Bienvenida a México, échale muchas ganas", yo me siento llena de optimismo y de responsabilidad.

La vida no es unidimensional. No tiene una sola respuesta. No hay un solo camino. Mi familia quedó atrás, algunos de ellos porque no quieren o no pueden, o se rehúsan a salir. Otros ya tienen años afuera. Cada quien va según lo que dicte su camino, según lo impulse su corazón y se lo permitan sus posibilidades. No creo que irse o quedarse sea lo correcto, o que otros estén equivocados, a la larga todos tenemos que luchar por nuestros sueños y nadie dijo que la lucha sería fácil.

Mi primer amanecer en CDMX.Para mí #lahistoriacomienza pero los primeros habitantes llegaron aquí en el año 30000 AC. Esto era una especie de islote entre una sucesión de lagos. Sobre lo que hoy es la ciudad se cruzaban canales. Mucho más tarde llegó la civilización de Teotihuacán, su imperio llegó hasta Guatemala. Luego vinieron los Toltecas y después los Mexicas a quienes se les llama también Aztecas. Lo que logró su civilización es más que asombroso. Toda este flujo de historia que alimenta de magia y misterio la cultura de este país es fascinante. Hay un gran fanático de todo esto: mi papá, mejor conocido como Papachu. Antes de irme me encargó aprender sobre toda esta historia y compartirlo. Así que bueno. Ya les iré contando de Tenochtitlán al Castillo de Chapultepec todo lo que vaya descubriendo, aprendiendo y conociendo. #mexico #MexicoLindo #Cultura #MexicoMagico

Una foto publicada por Clara Machado (@manuelazarate) el

Claro que cada mañana me levanto y doy gracias a Dios, a México, a la vida, por la oportunidad de estar aquí. Cada vez que un mexicano me dice con una sonrisa "Bienvenida a México, échale muchas ganas", yo me siento llena de optimismo y de responsabilidad. Estoy aprendiendo a refugiarme en este cielo de tradiciones de la magia de aquellos que fueron americanos mucho antes que nosotros, y aunque nací un poco más al sur cuando leo sus historias siento que también de ellos heredé un continente.

Pienso y añoro Venezuela. Y aunque esté lejos la trabajo. México me ha abierto las puertas a un mundo nuevo, a formas nuevas de ver la vida, de verme incluso a mí misma. Tener la oportunidad de comenzar una vida distinta me ha enseñado de lo que soy capaz e incluso de quién es esa persona que quiero llegar a ser. Pero, sobre todo, no pasa un día en que yo recuerde que lo más preciado que tenemos en la vida es la libertad. Que nadie nos la da. Tenemos que ejercerla. Y que precisamente porque soy libre pude llegar aquí.

Clara Machado
Clara en la Librería del Fondo Rosario Castellanos en la Ciudad de México.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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