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Cuando un familiar muy cercano muere lejos

01/09/2017 9:01 AM CDT | Actualizado 01/09/2017 12:01 PM CDT

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"La muerte de un ser querido es siempre un acontecimiento triste, devastador, complejo, nos enfrenta al paso del tiempo, a la pequeñez de nuestra humanidad".

Mi abuelita falleció cuando yo tenía 13 años. Mis padres me habían mandado a un internado en Estados Unidos y una amiga de la familia, a quien yo no conocía, vino hasta el colegio para darme la noticia. Es difícil de describir lo que uno siente cuando un familiar tan cercano muere en la distancia. Hablar con tu familia cuando es un momento de tanto sufrimiento es algo sumamente extraño, porque cuando estás ahí la sola presencia hace como una maya protectora. La compañía es poderosa y necesaria.

Viví gran parte de mi adolescencia fuera de mi país. El ir, el venir, el dejar, las despedidas, los reencuentros, las pérdidas, las palabras que se quedan en la imaginación porque no pueden ganarle a los kilómetros que te separan de la gente que quieres es una rutina aprendida, pero nunca algo para que lo te preparan, ni mucho menos algo a lo que te acostumbras.

La vida es ancha. Nunca vivimos algo dos veces. No existe el "ya pasé por eso". Cada año de vida, cada logro, cada fracaso, cada etapa nos hace distintos y aunque pasemos por el mismo dolor las cosas sencillamente no duelen igual. El alma se nos va endureciendo en algunas partes y otras se van poniendo más blandas. Como cuando te recuperas de una operación y pierdes la piel, luego todo lo sientes más vivo. Más intenso. Hasta el punto que a veces te convences que no vas a ser capaz de tolerarlo.

El alma se nos va endureciendo en algunas partes y otras se van poniendo más blandas.

Hace un año me vine a México. No fue una de esas cosas que planeé. El 2016 fue un año que me demostró que si bien uno tiene que planear a futuro no siempre debe aferrarse a los planes. O quizás esos planes deben ser más profundos, sobre lo que queremos llegar a ser, quiénes y algo del cómo. Pero la vida también tiene su forma de llevarte y, así como la razón predomina en muchas decisiones y siempre debe ser un factor en las que lidera el corazón, justamente la intuición tiene también su forma de arrastrarnos. Así a mediados de año me vi empacando, vendiendo, regalando, entrevistándome en una universidad, en una embajada.

En realidad soñaba con conocer México desde que era pequeña, porque a los catorce años me enamoré de un mexicano. Él se fue, pero yo me quedé con ese misterio de qué tendría ese país. Finalmente no solo tenía oportunidad de conocerlo, sino que me tocaba hacer de él mi hogar y el de mis hijos. Y no sé si fueron las ganas, si fueron las condiciones en las que dejé mi pobre país, si es una cuestión de actitud o si es el instinto. Pero el caso es que yo amé México desde que llegué y mi experiencia, con todo lo difícil que es un cambio tan grande, ha sido positiva en casi todos los sentidos.

Llegué a México convencida de que yo quería ser escritora, con ganas de hacer una maestría en literatura. Pero las circunstancias y los consejos de familia y amigos me llevaron a una maestría en guión, en una universidad que solo había visto a través de fotos. Hoy puedo decir que Centro cambió mi vida y que es el paso más importante que he dado en mi vida en los últimos veinte años. La veo y me lleno de gratitud y emoción, todavía no creo mi suerte de poder estar allí y de estar aprendiendo tanto.

Ayer empecé el semestre y camino a clases mi mamá me escribió para decirme que había fallecido mi tío. En los momentos iniciales no sabía qué hacer. Si quedarme en la casa, si seguir, si llorar, si agarrar un avión. Uno se siente un poco como los peces cuando golpean los cristales del acuario. Aturdido.

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"Irse de su país tiene cosas maravillosas, pero es una enorme soledad y nos convierte en seres que deambulan por el fondo de los abismos de la distancia que nos separa de quienes más amamos en la vida".

Desde el Uber hablé con mi mamá. Y pude agradecer que vivo en una época en la que al menos la tecnología nos ayuda a romper un poco la distancia. Porque hace tantos años, cuando hablé con ella después de la muerte de mi abuelita, era mucho más costoso y más lejano el sonido de su voz. Pero al final hay que trancar la llamada. Hay que seguir. Soy de esas personas a quienes les cuesta hablar de lo difícil, me queda escribirlo. Si me cruzan por la calle verán que tengo una sonrisa y que limitaré mi recuento de los dramas a lo cotidiano. Pero lo profundo me cuesta expresarlo.

Soy lo que llaman una persona introvertida. Así que no dije nada. No comenté nada. Y pensé que estoy aquí, que la vida sigue, que hay que vivirla, y que tarde o temprano le abriría la compuerta a tantos sentimientos encontrados para fluir.

Hoy me levanto. Veo el chat de mis primos y soy incapaz de hablar. Porque crecí con ellos y no sé qué decir, ni cómo decirlo. Porque siento que la muerte es como un iceberg y algo se desprende de nosotros. Eso mismo ha sido vivirnos en la distancia. Estamos pero no estamos. Quisiera con todas mis fuerzas abrazar a mi mamá. Me la imagino perfecto con su ropa negra, su cartera, viendo de vez en cuando su teléfono, que apenas sí sabe usar, su cara maquillada porque ella es de esas señoras que no importa la circunstancia siempre trata de lucir regia.

Estamos pero no estamos.

Sé que rezará un rosario, tal vez con alguna amiga, que le pedirá a todo el que pueda que rece. Que arreglará las flores y que hablará con el cura, que cantará esa canción que tanto le gustaba a mi abuela y que se abrazará a mis otros tíos. Que hablará con su voz quebrada y abrazará muy duro al que pueda. Que eventualmente alguien hará un chiste para romper tanta tristeza con algo de humor. Sé que irá a acompañarla gente que ha sido incondicional con ella y me quiebra pensar que no puedo ser yo.

Lo más duro de todo esto es asimilar la impotencia de que estamos lejos de nuestros seres queridos no solo porque nos fuimos para forjar un destino, sino por la tragedia que vive Venezuela. No dejo de pensar que tal vez si Venezuela no hubiese colapsado, si no significara tantos riesgos y calamidades ir a Venezuela, hubiera podido viajar para acompañar a mi mamá. Pero cuando sabes que tienes un impedimento tan grande, que algo te frena, que te da miedo, que es un riesgo, un riesgo enorme, que no es una decisión sino una imposición es aún peor.

La muerte de un ser querido es siempre un acontecimiento triste, devastador, complejo, nos enfrenta al paso del tiempo, a la pequeñez de nuestra humanidad. Cuando estás lejos lo tienes que asumir por dentro, porque el mundo, al menos tu mundo, tu entorno no para, no se frena y no lo entiende, por más que la gente quiera ser solidaria contigo.

Es que irse de su país tiene cosas maravillosas, pero es una enorme soledad y nos convierte en seres que deambulan por el fondo de los abismos de la distancia que nos separa de quienes más amamos en la vida. Es una pérdida sobre otra y para aprender a manejarla creo que más que sumirse en ella, corriendo el peligro de que te arrastre, habría que asumirla y usarla como motor para hacer que esta vida que estamos tratando de forjar cuente. Que cuente de verdad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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