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Crisis del comercio local y desertización urbana

19/12/2016 8:43 AM CST | Actualizado 19/12/2016 8:43 AM CST

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Foto: ISTOCK

Hasta el siglo XX el comercio fue un intercambio de bienes o mercancías por precios, que se acordaban en función de las demandas y de los mercados. En el siglo XXI, la concentración de los recursos y mercados ha acabado por eliminar de ese intercambio la mediación del comercio local antes conocido.

Hoy es un asunto anónimo, prolijo de tratados y papeles, un entramado complejo de acuerdos, proteccionismos, blindajes..., entre continuos llamamientos a la defensa del libre mercado, deshumanizado de cualquier intervención personalizada en el comercio.

Desde la Ruta de la Seda a la la especulativa Burbuja de los Tulipanes en 1637, el comercio ha vivido formas de autodefensa, agresión-especulación, temporadas de calma entre precios y productos, batallas entre mercados, y guerras sin más. El General Agreement on Tariffs and Trade (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) (GATT), formulado en 1947 y sus actualizaciones sirvieron para las rebajas de aranceles, hasta la fundación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995, que dio por finalizado el acuerdo anterior. Para entonces, el neoliberalismo económico había implantado sus desregulaciones de instituciones y mercados, bajo el pretexto de la liberalización, del transporte, de las líneas aéreas, la energía o los alimentos. Lo mismo ocurrió con las ciudades.

Las implantaciones de comercios tipo Opencor o Carrefour en la pequeña escala garantizan los flujos del capital financiero en agroalimentación hasta el límite mismo del consumo cotidiano.

Ahora, es la ciudad en su conjunto la que adopta el carácter de factoría desregulada, en forma de fabricación de suelo urbanizado como producto mercantil. Utilizando jerarquías invisibles, la distribución acosa a los comercios de proximidad y elimina la figura de los mediadores. Los pequeños comerciantes desaparecen, quedando las grandes cadenas del mercado distribuidor, que esclaviza a sus productores y arruina a los ajenos.

Lo que se pierde con ello no es solo la comunidad que el pequeño comercio creaba en su entorno. La tan propagada "mano invisible" del mercado (Smith 1776), se ha vuelto ineficiente para crear bienestar social en los barrios, pujando en exclusiva por el interés capitalista. Desde 1995 hasta 2016 crece la desigualdad: cuantas más medidas de libre comercio adoptan los países, más se empobrecen los productores y los ciudadanos a causa de la distribución agro-alimentaria.

Con la caída de precios en origen al sector primario, se reducen los grupos que se reparten el control de la alimentación mundial, Néstle, Unilever, P&G, etc., así como los españoles que controlan la comercialización de alimentos como Mercadona, Eroski, etc. y los controladores de la distribución, como DIA, Carrefour, ALDI, además de los repartidores de ayuda alimentaria, Bancos de Alimentos, FESBAL, u otras organizaciones como el OPUS, ONGs diversas, o Cáritas. Los comerciantes más cercanos son los bazares chinos, que viven de sus negocios de proximidad, bajo sus ignotas reglas.

Así se pierden los espacios urbanos de mediación. Los productos, -con precios fijados por el distribuidor- llegan, sin regulación, al consumidor, que paga mucho más de lo que se le ofrece al productor agroalimentario, al proveedor textil o energético y, por supuesto, al de productos manufacturados en fábricas deslocalizadas. El modo de producción de ciudad se asemeja a la producción capitalista de mercancías. Las hipotecas residenciales atan la cadena de valor financiera. Las relaciones de consumo se establecen a través de los canales prefijados vía Internet y de logística primaria. La cadena de valor de las compañías aumenta, pues, al establecer relaciones individualizadas de consumo "puerta a puerta". El comercio en línea se completa con la macro-logística.

Los pequeños comerciantes desaparecen, quedando las grandes cadenas del mercado distribuidor, que esclaviza a sus productores y arruina a los ajenos.

Las zonas productivas están excluidas de la ciudad postindustrial. Todo uso productivo es periférico, porque solo el uso especulativo es central en toda su amplia gama. La ciudad se abre a los grandes canales de distribución con 'tiendas de barrio' o, 'estaciones de servicio', de apertura entre 12, 18 y 24 horas. Las implantaciones de comercios tipo Opencor o Carrefour (City, Contact, o Express) en la pequeña escala garantizan los flujos del capital financiero en agroalimentación, -uno de los más especulativos- hasta el límite mismo del consumo cotidiano.

La erradicación del comercio de proximidad no es solo el fracaso de una política comercial minorista sino el éxito de una política de distribución mayorista especulativa. Para acentuar el control de mercado y precio, actualmente se negocia el "Área de Libre Comercio Trasatlántico". Es otro nuevo tratado de libre comercio (TLC) entre la UE y EEUU. La Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI), conocido como (TTIP) o Transatlantic Free Trade Area (TAFTA), esperan a Trump y su gobierno corporativo.

Como siempre, se argumenta que el acuerdo sería beneficioso: crecimiento económico de las naciones, aumento de la libertad económica y fomento de empleo. Pero ya sabemos de sus consecuencias para la ciudad: los nuevos polos de distribución crean nuevos pobres; dejan anestesiada o muerta la ciudad. La carencia de servicios y comercios de proximidad mata las principales dimensiones de la vida comunitaria. Se consumen los productos de grandes cadenas y a precios dictados por sus propios oligopolios de distribución local que, en origen y destino, excluyen.

La contracción de rentas y la expulsión de la ciudadanía de los suministros tiene causas urbanas reales; hay pérdidas ciudadanas y acaparamientos de recursos. El empobrecimiento se produce on-line gracias a la distribución sin reglas. La ciudad expoliada es una de las consecuencias de la distribución de desequilibrios de las políticas neoliberales.

Este artículo fue publicado originalmente en El Huffington Post España.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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