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Más Centroamérica en México y un poco menos de Norteamérica

12/02/2018 9:11 AM CST | Actualizado 12/02/2018 10:21 AM CST

ELIZABETH RUIZ /CUARTOSCURO.COM
Niños migrantes y sus familias Tapachula, Chiapas, el 2 de julio de 2014.

Ni EUA, ni Europa, ni Japón serían hoy lo que son sin el Plan Marshall. Iniciativa emblemática diseñada para la reconstrucción de regiones enteras devastadas por la Segunda Guerra Mundial, sus diseñadores comprendían que el desarrollo de las naciones es interdependiente. No puede ser de otra manera y nunca lo ha sido. Alemania no sería lo que es hoy sin el sustento que le otorgaron que durante años los países de la Comunidad Económica Europea para su reunificación. Desde esta perspectiva, el desarrollo de México depende del de Centroamérica y en especial del que alcancen sus vecinos más cercanos, los países del llamado "Triángulo Norte" (Guatemala, Honduras y El Salvador).

Ni la pobreza, ni la migración, ni las epidemias sanitarias, ni la violencia, ni el tráfico ilegal, ni los desastres naturales respetan fronteras. Al contrario, se trata de fenómenos transfronterizos que necesitan ser abordados desde una perspectiva regional. Son la manifestación de lógicas sociales enredadas, que atan irremediablemente a ciudades como Tapachula con San Pedro Sula y Quetzaltenango. El destino de los poco más de treinta millones de personas que habitan estos tres países depende de su inserción a las dinámicas socioeconómicas de la región. Por la importancia de su economía, la solidez de sus instituciones y la trayectoria histórica compartida, México tiene en Centroamérica una "zona de influencia natural". Sin embargo, a menudo se evita reconocer que la influencia es mutua.

Si bien no existen datos oficiales, se estima que alrededor de 400 mil migrantes centroamericanos indocumentados transitan por México anualmente. En Europa, los medios de comunicación reportan la foto más reciente de migrantes amontonados en una lancha improvisada, cuya empresa por cruzar el Mediterráneo termina frecuentemente en un trágico naufragio. Se trata de la imagen colectiva que resurge cada que uno evoca la crisis migratoria.

Antes que seguir teorizando el poder suave que puede desplegar nuestro gobierno en el Triángulo Norte, resulta urgente articular de manera congruente una política pública de vecindad.

De este lado del mundo, los migrantes centroamericanos atraviesan el gran mar que es este país en misiones suicidas que rara vez terminan en el puerto deseado. En ambas situaciones, el dilema es el mismo: ¿cómo relacionarse con el vecino y los problemas que enfrenta?, ¿preocuparse solo por lo que ocurre en nuestra casa? O ¿solidarizarse con quien lo necesita? En el ámbito internacional la respuesta no puede ser diferente a la cooperación internacional para el desarrollo, construida a partir de la noción de vecindad.

Antes que seguir teorizando el poder suave que puede desplegar nuestro gobierno en el Triángulo Norte, resulta urgente articular de manera congruente una política pública de vecindad. Una política de vecindad proactiva que atienda problemáticas comunes y se dedique a construir bienes públicos regionales. Más Centroamérica en México y un poco menos de Norteamérica. Sin olvidar al Caribe, que algunos consideran como el Mediterráneo de nuestro continente.

Así como el estado del vecindario influye en nuestra calidad de vida, el desarrollo de Guatemala, Honduras y El Salvador es interdependiente del de nuestro país. Ante esta realidad, México tiene dos opciones: encerrarse a esperar que el fuego nos alcance y termine destruyéndonos; o abrir la puerta (y los ojos) para enfrentar con el vecino los problemas compartidos. Entre las personas como entre las naciones, el delito de solidaridad es preferible a las virtudes de la indiferencia.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.