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"Te vistes para molestarme" y otras frases que destruyen la autoestima

18/10/2016 10:25 AM CDT | Actualizado 18/10/2016 2:13 PM CDT
Brooke Cagle for Stock Snap

La semana pasada platicaba de la importancia de hablarnos bonito y de lo trascendente que es estar conscientes de nuestro "Pepe Grillo", esa vocecita que nos habla al oído y que a veces puede ser muy cruel e hiriente. ¿Pero qué pasa cuando nosotros somos lindos con nosotros mismos... pero los demás no?

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Primero que nada, déjame compartirte este texto que encontré en el libro Los secretos del Zóhar, de Michael Berg.

"Todo lo que te sucede es el efecto de algo que has hecho en esta vida o en una vida pasada; o puede ser una experiencia que se te brinda para ayudarte en tu transformación. En cualquier caso, lo que ocurre es exactamente lo que necesitas en ese momento. Una vez que comprendas esto, te resultará sencillo perdonar a aquellos que te han 'hecho mal'. De hecho, la venganza será reemplazada por la gratitud".


Ahora sí te cuento algo que en su momento me lastimó mucho, pero que indudablemente me sirvió y me hizo más fuerte. Así que fuera de odiar a esta persona, le agradezco.

Recuerdo que me llamó a su oficina y estando sentada frente a ella, me dijo: "Te vistes para molestarme". Me le quedé viendo con ojos de plato, "¿cómo dices, Luz?". "Lo que oíste", me respondió, "te vistes para molestarme". Aún atónita, expresé: "No estoy entendiendo. ¿Tú crees que me levanto todos los días a las 7 am pensando en cómo vestirme... para molestarte? "Así es", espetó.

Acto seguido se paró, se metió al baño y sacó un espejo de cuerpo completo. "Párate", me pidió. Acá entre nos, pensé que era broma. "Párate", me dijo una vez más, así que lo hice. "¿Te gusta lo que ves?", me cuestionó. A decir verdad, siempre me ha gustado lo que veo. Tengo buenos genes, pero consideré innecesario decirlo, así que me quedé callada.

Cuando se sentó de nuevo —y me invitó a hacer lo propio— agregó: "Tu manera de vestir es una mentada de madre".

Brooke Cagle for Stock Snap


No voy a contar más porque no tiene caso, pero no tienes idea el daño que me hizo ese episodio. De un día para otro me volví insegura, desconfiada, mi autoestima se fue hasta el piso... Yo, que toda la vida he comprado mi ropa en Estados Unidos con mucho cuidado y gran ilusión, ¡¿me vestía "como una mentada de madre"?!

Ese comentario, si bien no es lo peor que me han hecho en la vida, sí fue un parteaguas. No solo porque entendí que me podía sacar más partido (tomé un curso de imagen y todo el show), sino porque me hizo reflexionar sobre cómo algo 100% ajeno a nosotros, con la medida exacta de soberbia, puede volverse una ofensa personal. ¿Por qué pensar que todo gira a nuestro alrededor? ¿Somos acaso el centro del universo? I don't think so.

Esta situación me hizo apreciar también que la gente auténtica, se vista como se vista, tiene "un no sé qué que qué se yo" que atrae y conquista a los demás; sin importar la marca, mujeres y hombres con un estilo propio cautivan y seducen. La ropa comunica, sí, y debemos usarla a nuestro favor, pero un traje carísimo no nos hace ni más educados ni más carismáticos ni más inteligentes.

Pensar que una persona se viste expresamente con el fin de molestarnos es simplemente ridículo. ¿Somos acaso el centro del universo? No lo creo...

El otro día que una chica me preguntó cómo vestirse para ser considerada una buena editora de moda, me congelé. Pensé que era una broma, luego una prueba, pero al final me di cuenta que era una duda legítima. Así que con gran seriedad le dije: "Mientras tú te veas bonita y pongas tu 100% para lucir profesional, lo demás es lo de menos. Puedes echarle un ojo a las revistas, los blogs y quizá sea bueno comprar tres o cuatro piezas clave cada temporada, pero la magia no radica en vestirte de tal o cual marca, de tal o cual color. La magia está en encontrar tu esencia y transmitirla a través de las prendas, con tu estilo, tu sello, tu personalidad".

Y eso mismo te digo a ti, querido lector. No permitas que nadie te haga sentir como "una mentada de madre", ¡en ningún aspecto! No cedas tu poder, esencia y autoestima; no te dejes convertir en algo que no eres. La falsedad –el famoso bluff– se nota, se percibe... y da la peor flojera. Nadie empatiza con una máscara. Bueno, quizá otra máscara, ¡doble horror!

¿Qué sí debemos hacer con los comentarios amargos, como el que me hizo esta editora? Tomarlos como una palanca para renovarnos, descubrirnos, revalorarnos, sacudirnos un poco lo que nos estorba a fin de crecer y convertirnos en nuestra mejor versión.

Vernos bien por fuera, sentirnos bien por dentro; no está peleado lo uno con lo otro. ¡Hay que echarle ganas a la producción!, nadie dice que no. Pero, please, nunca permitamos que el juicio de alguien más nos arruine el día (¡mucho menos el mes o el año!). La vida es demasiado rica, divertida y valiosa para medir la felicidad en relación al precio de nuestro zapatos.

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