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Dos o tres cosas que sé sobre Simone Veil

15/07/2017 2:00 PM CDT | Actualizado 15/07/2017 6:52 PM CDT

Una imagen de Simone Veil que quedará en la memoria y que fue tomada en septiembre de 1979, entre Rosh Hashanah y Yom Kippur, en medio de lo que tradicionalmente se conoce como los Días de Arrepentimiento.

Es una fotografía tomada en blanco y negro en París antes del memorial de un desconocido mártir judío. Pero hay un joven, detrás de un atrio, que habla honorablemente de aquellos que murieron en el Holocausto. Ella se encuentra en la primera fila, una hermosa mujer perdida en sus pensamientos, pero naturalmente atenta. Ella es escéptica, dura, incrédula, cautelosa. Posteriormente le dirá al hombre con un tono gentil de reproche, "muy lírico."

Muchos años antes, ella se encontraba frente al parlamento francés. Este es el discurso que cambiará la vida de todas las mujeres francesas y el periodo presidencial de Valéry Giscard d'Estaing, tal como la abolición de la pena de muerte marcó el de François Mitterrand. Ella asemeja a Romy Schneider en El proceso, de Orson Welles.

Es determinada, pero inquieta. Hay relámpagos en sus palabras, que coexisten con una melancolía sin fondo. Yo la verdad no creo que haya "llorado" después del discurso. Pero no dudo que durante ese momento haya vivido un estado que el teólogo cristiano Duns Scott llamó: "la última soledad".

Gilbert UZAN/Gamma-Rapho vía Getty Images
Simone Veil en el debate sobre el aborto llevado a cabo en en la Asamblea Nacional francesa. París, 1 de noviembre de 1974.

Ella seguirá siendo recordada, paradójicamente, por ser honrada, celebrada, santificada en su era, adorada por toda Europa. Mientras vive como intrusa en una época a la que nunca se podrá adaptar.

Ella quedará como un enigma para sus contemporáneos, siempre un poco alejada, pero tan transparente en sus propios ojos como humanamente posible se pueda.

Ella sabe cuál es su vocación, la dirección de su destino, la fuerza de su deseo (el cual nunca flaquea) para romper a lo que ella describe como, durante una demostración de París en apoyo a las víctimas del ataque en Rue Copernic, "desintegración judía".

¿Quién eres cuando has vivido lo imposible, cuando has visto a la muerte directamente frente a tus ojos?

¿Cómo puedes hacer algo, pero al mismo tiempo mantener tu distancia cuando has vivido en carne y hueso tanto desastres como milagros?

Era tan imperiosa como gentil.

Nada la enojaba tanto como considerar el refrán del Holocausto de indecible, lo cual se suponía explicaría porque sus sobrevivientes, al regresar a casa, se retiraban al silencio. "¡No!" ella insistía. ¡Lo único que pedían era poder hablar! Pero la gente no quería escucharlo.

Y en oposición con la observación tan cliché de que al principio había memoria, antes de que la memoria fuese borrada y remplazada por olvido, ella creía que para la generación que sobrevivió a los campos de concentración, el olvido iba primero. La memoria tiene que ser construida, bien cimentada y resistir lo movedizo de la banalización y la negación.

El malestar que sintió cuando, siendo ministra del gabinete, trató de zanjar el asunto sin éxito. El hombre que, en la recepción, preguntó si el tatuaje en su brazo era su número para recoger el abrigo.

No le haces favor a nadie al identificar situaciones con el incomparable sufrimiento de los judíos.

Ella y yo nos enfrentamos una vez. Era 1993, después de que entregué a François Mitterrand el mensaje del presidente bosnio Alija Izetbegovic en el cual comparaba a Saravejo con el ghetto de Varsovia.

Poco después conseguí que Izetbegovic conociera al presidente francés en París. Antes de la junta, Simone, Alija, varios amigos bosnios y yo cenamos en el segundo piso del Brasserie Lipp. Ella no gastó palabras: "Las comparaciones pueden ser contraproducentes; sin importar lo desastrosa que puede ser la situación en Bosnia ahora mismo, no le haces favor a nadie al identificarlo con el incomparable sufrimiento de los judíos". Izetbegovic escuchó, asintió con la cabeza y, extrañamente, estaba de acuerdo.

Era tan imperiosa como gentil.

Irascible y bondadosa.

Tiene que ser reconocido que, en su defensa, nadie señalaba las singularidades del Holocausto con tanta precisión como ella. Era un crimen, decía ella:

1. No tener indicios (sin órdenes escritas; ninguna directiva oficial, nunca, en ningún lado).

2. No tener tumbas (su padre, hermano y madre se convirtieron en humo y ceniza sin ningún marcador a excepción de su propia memoria y, después, su autobiografía).

3. No tener ruinas (cuando ella regresa a Auschwitz este se encuentra en calma, neutralizado y contrarrestado).

4. Sin salida (un sarajevés puede, al menos en teoría, irse de Sarajevo; un ruandés de Ruanda; un camboyano de Camboya; el ápice del Holocausto es que no había a donde huir: el mundo por sí mismo era una trampa).

5. Sin razón, sin siquiera la más mínima racionalidad (si les diésemos oportunidad entre expeditar un tren de soldados dirigido al frente a un tren llevando judíos a los hornos, los Nazis siempre escogerían la segunda opción).

AFP/Getty Images
Simone Veil y su hijo Jean Veil.

Y luego por supuesto, estaba la pregunta de Europa. Después de la guerra, había dos bloques en Europa. El de Vladimir Jankélévitch: culpabilidad ontológica por parte de Alemania; corrupción irremediable de su lenguaje por palabras hitlerianas; y un juramento de nunca tener nada que hacer con la cultura o pueblo germano. Y el de Simone Veil: no hay culpabilidad colectiva; el alemán fue el lenguaje del nazismo pero también del anti-nazismo. Y la creencia de que Europa es posible, con Francia y Alemania como sus pilares, ambos de luto por sus fantasmas.

El filósofo francés Gaston Bachelard dijo hace un siglo que el mundo podía ser reducido a una serie de derechos de autor. La relatividad de Einstein. La duda de Descartes. La risa de Bergson. El infierno de Dante. Hoy: la Europa de Simone Veil. Trata de asociar otros rostros con el nombre de la princesa Europa, ella viene sola a tu mente.

La última vez que hablé con Simone fue hace 10 años cuando tuve el honor de darle el premio Scopus de la Universidad de Jerusalén. La acompañó Antoine, el hombre de su vida, con Jean y Pierre-François, sus hijos. Ella estaba cansada, pero febril. Inquieta, pero libre de nostalgia. En un discurso donde laudaba sobre la paz, ciencia y ley, parafraseó al filósofo que desaprobaba totalmente (Martin Heidegger), proclamando: "Solo una palabra puede salvarnos".

Este artículo fue publicado originalmente en HuffPost y luego fue traducido.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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