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La ciudad que lucha por seguir siendo lago

06/07/2017 8:08 AM CDT | Actualizado 06/07/2017 12:31 PM CDT

SAÚL LÓPEZ /CUARTOSCURO.COM

Cuando llueve en la Ciudad de México y sus habitantes sufrimos de encharcamientos de horas que cubren autos, anegan casas y provocan un caos inaudito, no dejo de pensar que la capital del país vive una paradoja única en la historia de la humanidad.

La fundación de la ciudad tiene mucho de leyenda: los aztecas migraron desde Aztlán hasta encontrar la señal que les dictó su dios Huitzilopochtli, un águila devorando una serpiente. Al llegar a la Cuenca de México, un lago rodeado de montañas, intentaron asentarse en la ribera, pero ya todas las ubicaciones posibles estaban ocupadas. Expulsados por las demás tribus debieron aislarse en un islote en medio del lago, apenas un pedazo de tierra. Ahí fue donde encontraron la señal divina. Y pues... a construir la ciudad a partir de aquel islote.

Se inició con la fabricación de chinampas, una suerte de entramado de varas y troncos que se rellenaban de tierra y en ellas se sembraba. Con el paso del tiempo, ese nuevo terreno, el islote, fue creciendo, se convirtió en centro ceremonial y en una ciudad (construida en medio de un lago, no hay que olvidarlo) que comenzaba a sufrir inundaciones con frecuencia.

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Vista de chinampas en Xochimilco, 6 de junio de 2014.

La primera gran obra de infraestructura hidráulica la ideó y dirigió su construcción el ingeniero, rey y poeta texcocano Nezahualcóyotl. Era una barrera que minimizaba las crecidas del lago.

Al caer la Gran Tenochtitlán, en 1521, los españoles debatieron poco sobre dónde se debía construir la nueva ciudad. Apenas terminada la guerra Alonso García Bravo comenzó a trazar las primeras calles de la ciudad, las actuales Guatemala, Tacuba, Seminario, Moneda. Las casonas en Coyoacán solo sirvieron para descanso o como residencia de descanso.

Durante la Colonia, las inundaciones eran frecuentes. En 1607 se presentó la primera gran inundación de la Colonia y al ingeniero Enrico Martínez se le encarga construir el tajo de Nochistongo, hacia el norte, para drenar el lago. En 1622, por un error de cálculo, el Virrey Marqués de Gálvez cerró el tajo de Nochistongo y las aguas invadieron la ciudad. La inundación duró seis años y representó pérdidas incalculables para la capital, a tal grado que apenas existen edificios del siglo XVI o de inicios del XVII en el actual Centro Histórico.

El siglo XVIII fue prolijo en inundaciones. Hubo en 1707, 1714, 1747, 1764, 1792 y 1795. Es decir, la ciudad era devastada con frecuencia (está construida en medio de un lago desecado, no hay que olvidarlo). Es hasta 1856 que se inició la construcción del Gran Canal del Desagüe y del túnel de Tequisquiac que tardarán 44 años en concluirse, desecando por completo el lago. Ambas obras las inaugura Porfirio Díaz en 1900 y se asegura que la Ciudad de México no volverá a inundarse (aunque esté construida en medio de un lago, no hay que olvidarlo) en el futuro.

Los estragos de desecar un lago son inevitables, casi previsibles. La Ciudad de México perdió humedad y el suelo comenzó a hundirse al perder esa enorme masa de agua. Para mediados del siglo se observaba que el agua en el Gran Canal ya no salía del valle por gravedad, pues se había perdido la pendiente. Ahora había que bombear el agua fuera del Valle de México.

A inicios del siglo XX, la ciudad contaba con un millón de habitantes. Para 1950 la población había crecido a 3.05 millones, para 1960 la cifra alcanzaba los 4.8 millones, y dos millones más para 1970.

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Los habitantes requerían agua y había una fuente que parecía inagotable: el subsuelo. La extracción de agua llevó a que el suelo de la Ciudad se secara más aceleradamente con el consecuente hundimiento del terreno.

Se calcula que zonas como Xochimilco o Tláhuac se hunden hasta 30 centímetro al año. Las señales están en muchos lugares. En la avenida Congreso de la Unión, los cimientos de la Línea 4 del Metro emergen y hay que "rebanarlos" cada tanto tiempo para que puedan seguir circulando autos. El Gran Canal ya es más una alberca de aguas negras que un drenaje funcional. En el Centro Histórico, la Torre Latinoamericana es más alta que cuando se inauguró, en 1957, pues es notorio que el terreno a sus lados se hunde y el edificio cimentado en el lecho rocoso sigue en el mismo sitio que hace 60 años. La ondulación del terreno es notable. El Ángel de la Independencia no tenía escalones cuando fue inaugurado. Ahora cuenta con dos juegos de escalones.

ISAAC ESQUIVEL /CUARTOSCURO.COM

El terreno se hunde de manera distinta a tal grado que la renivelación de la Catedral Metropolitana requirió de una fortuna de recursos públicos para evitar su desmoronamiento. El aeropuerto está más abajo que el resto de la ciudad y está rodeado de una red de canales y tuberías que NO PUEDEN FALLAR, pues paralizarían el tráfico aéreo más denso del país.

La red más importante

Con cada lluvia importante, la ciudad nos recuerda que era un lago, que así fue durante milenios y que en menos de un siglo fue desecado. El agua lucha por volver a estancarse. Y mucho ayuda para ello la basura que se tira en las calles y la falta de limpieza de las cañerías.

Contrario a lo que piensa la mayoría de la población, el drenaje en buen estado y sin taponaduras es suficiente para desalojar el agua que azota a la capital en temporadas como la que está en curso.

Debajo de cada calle de la ciudad corre una tubería de un medio metro de diámetro que lleva el agua de lluvia a una tubería de mayor dimensión que corre por cada avenida. Debajo de cada eje vial corre una tubería de entre uno y dos metros de diámetro que forman una red llamada colectores. Estos, literalmente, se conectan a una red de unos tres metros de diámetro que corren hacia el norte de la ciudad y que se llaman emisores. Todos se concentran en un punto cercano al Reclusorio Norte, en el kilómetro 0 del drenaje profundo, un túnel de 7 metros de diámetro al que la ciudad debe su vida.

El Túnel Emisor Central tiene 50 kilómetros de longitud y es una maravilla tecnológica construida con taladros neumáticos, explosivos, y millones de horas hombre empleadas para extraer 3.5 millones de toneladas de tierra y piedra, para colar un millón 310 mil metros cúbicos de concreto, tejer 40 mil toneladas de acero. Trabajaron 11 mil 500 personas en su construcción durante cerca de una década.

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El Túnel Emisor Central, en Atotonilco, Hidalgo, el 23 de julio de 2010.

La mañana del 9 de junio de 1975, el entonces presidente Luis Echeverría, pulsó el botón que echó a andar las compuertas que permitieron el ingreso de las aguas de lluvia de aquellos días al drenaje. Las inundaciones eran cosa del pasado, dijo el presidente (aunque la ciudad esté construida en medio de un lago, no hay que olvidarlo).

Hacia 2010, el tamaño de la ciudad rebasó cualquier expectativa y se llegó a los 20 millones de habitantes, la capacidad de desalojo del Drenaje Profundo era de 200 metros cúbicos por segundo, y actualmente se requiere desalojar hasta 300 metros cúbicos por segundo en días de lluvias torrenciales.

Por ello, desde 2008 se construye el Túnel Emisor Oriente (TEO) del Drenaje Profundo del Valle de México, un túnel gemelo del Emisor Central, que actualmente tiene poco más del 75% de avance en su construcción, de acuerdo con CONAGUA.

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Obras del Túnel Emisor Oriente (TEO) el 13 de septiembre de 2013.

La obra inició en 2008 y se esperaba concluirla a finales de 2012. Sin embargo, la obra sigue y debido a su complejidad es posible que tampoco sea concluida en el transcurso del presente sexenio.

El retraso en la construcción se debió a que en la firma del contrato e inicio de las obras aún no se contaba con el proyecto ejecutivo de la obra, ni con la totalidad de los estudios de suelo.

A lo largo del proyecto se han tenido que hacer modificaciones en el trazo para evitar lechos rocosos que no han podido ser taladrados con las máquinas tuneladoras.

El TEO es la obra hidráulica más grande del mundo en su tipo, duplicó su costo inicial y podría garantizar, una vez más, que la Ciudad no se inunde en lluvias torrenciales. Como la que tal vez hoy (o mañana o el próximo mes, porque la ciudad está construida en medio de un lago, no hay que olvidarlo) haya provocado encharcamientos severos y pérdidas materiales a miles de sus habitantes.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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