EL BLOG

Nosotros, los incómodos

04/12/2017 8:00 AM CST | Actualizado 04/12/2017 11:13 AM CST

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¿Qué tal si decidiera ser feliz bajo mis propios términos?

Recibí algunas críticas sobre la última entrada de mi blog. Algunas fuertes y otras más, pero encriptadas en lenguajes y formas que no parecían una crítica. Una de ellas me acusaba de superioridad moral y reclamaba que culpara al machismo de los estándares con los que juzgamos el triunfo o el fracaso sentimental de los ligues ocasionales. Aparentemente, nosotros no participamos en el ejercicio y repetición de este tipo de prácticas o demostraciones de poder al presumir el número de hombres que han pasado por nuestra cama.

Los ejercicios de poder son tan fuertes y tan sutiles que hay quienes quieren que mi discurso y mi voz se ajusten a las narrativas dominantes: a las políticamente correctas, a las incorrectas o a las de los expertos en género. El punto es que me ajuste —por Dios— a sus narrativas, a sus formas de pensar y de ver las cosas. No hagas ruido, no incomodes, no molestes: el ejercicio del poder social llega a tal grado que no solo debemos ajustarnos a sus discursos, sino que debemos vivir y sentir como indican las reglas informales que todos nos sabemos de memoria. Es más, hasta debemos ser felices, exactamente como ellos o ellas lo instruyen.

Pero ¿qué carajos es la tan sobrevendida felicidad que todo el mundo persigue sin saber qué es ni cómo se come ni qué significa? Quizá nadie lo sepa en realidad y, sin embargo, por esas imposiciones, uno siente que va caminando en la vida sintiendo algo similar a un vacío, por no haber alcanzado algún mínimo grado de esa absurda felicidad. Ya sea en la norma o en la disidencia, debemos ajustarnos a lo que dice nuestra pareja, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo o nuestros críticos. Y más nos vale comulgar a pie juntillas con sus formas de ver el mundo para no generarles ningún tipo de incomodidad. Ninguna.

¿Por qué no habría de cuestionar las narrativas de los juegos de los ligues ocasionales?

Y ¿por qué no habría de cuestionar las narrativas de los juegos de los ligues ocasionales? ¿Por qué no habría de cuestionar las narrativas de los cuerpos perfectos? ¿Por qué no habría de cuestionar los discursos del matrimonio y de la pareja ideal romántica hasta la muerte? ¿Por qué no puedo cuestionarlos? ¿Por qué no habría de hacerlo si los cuestiono para mí mismo? Lo que algunos no alcanzan a ver es que escribo para mí, que escribo sobre mi experiencia, que escribo sobre lo que pienso y creo, y que estoy consciente que puedo equivocarme y que soy falible. Lo reconozco y no pretendo estar libre de fallas ni de errores.

Yo no busco, a diferencia de otros, convertirme en una autoridad de nada ni hablo en nombre de nadie. Hablo en mi nombre y expreso la voz que callé tantos años por ajustarme a tantos discursos que no son míos, pero que surtieron efecto y me controlaron por años para no incomodar. Las niñas de rosa y los niños de azul. Los gays delgados y afeminados o masculinos y varoniles, de cama en cama, como debe ser. Las lesbianas femeninas y guapas o varoniles y desgarbadas. Los bisexuales no existen, solo están confundidos.

Pero, en realidad, lo más terrible que me ocurrió en todo ese tiempo fue ser víctima mi propia ignorancia. Fue creer que tenía que ser de cierta forma para no incomodar a los demás. Mi error fue no cuestionar ninguna de esas narrativas dominantes y, por eso, por tantos años me vi obligado a morder el polvo por infinidad de situaciones y de hombres. Y no solo para mis críticos, sino para mucha gente que me conoce, parece que el problema de fondo es que decidí salirme de estos moldes asfixiantes. No obstante, quiero ser muy claro en algo: lo hice por mí, lo hice porque lo necesitaba, lo hice porque tenía que romper esas cárceles interiores. No lo hice en contra de nadie.

¿Por qué no habría de cuestionar las narrativas de los cuerpos perfectos?

¿Por qué no habría entonces de cuestionar una y otra vez estas visiones aplastantes? ¿Por qué no habría de hacerlo y defender mi derecho de decidir lo que yo quiero ser o no ser? ¿Qué tal si quisiera no ser feliz? ¿Qué tal si decidiera ser feliz bajo mis propios términos? ¿Qué tal si quisiera ser un gay no tan delgado, a veces varonil y a veces femenino? ¿Qué tal si quisiera tener ligues ocasionales y a veces una pareja estable? ¿Qué tal que no quiero tener a un narcisista como pareja, aunque mucha de la gente que me rodea me repita incesante y sutilmente que ya debería tener una pareja estable a mis 37 años (con la correspondiente lástima y mirada altiva al verme como un fracasado)?

Y ¿qué tal si un día quisiera ser libre? ¿Qué tal si un día no quisiera vivir con esos controles, valores, conceptos y visiones? ¿Qué tal si un día fuera tan aparentemente osado y me decidiera a ser libre? ¿Qué tal si quisiera defender la libertad de ser lo que a uno le dé la gana, aunque esté equivocado?

Seguiré haciéndolo. Seguiré cuestionando. Me seguiré abstrayendo de las narrativas dominantes, reivindicando mi derecho a pensar como quiero y a escribir lo que quiera, eso sí, con algo de diversión: aunque me moleste, también me río y disfruto al máximo lo más importante que traen los años: la honestidad con uno mismo.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.