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Del mundo de la evasión a la realidad

08/01/2018 7:00 AM CST | Actualizado 08/01/2018 9:47 AM CST
David Gonzalez / EyeEm via Getty Images

Han pasado muchas cosas en nueve años que decidí, con mucha necesidad y desesperación, cambiar la forma en que sentía y percibía mi vida. Más que una entrada al terreno de la conciencia, fue un duelo de casi dos años que le lloré al mundo de la inconsciencia.

En ese mundo, una noche de hace de diez años, estaba en un bar de dos pisos en el que me besaba con un desconocido en el primer piso, mientras bajaba al segundo piso a tratar de ligarme a un segundo desconocido. Entre un piso y el otro estaba el baño, donde también se podía ligar, como si fuera el intermedio de las antiguas funciones de cine o de teatro. Y, cuando me movía de un piso a otro, aprovechaba para ver si encontraba a un tercer desconocido para besarnos y, en una de esas, tener un poco de suerte e irme con algún nuevo conocido.

Necesitaba eso tanto como las sustancias legales e ilegales que me daban el valor o la valentía de hacer las cosas que no me hubiera atrevido a hacer en mis cinco sentidos. Mi parte perversa necesitaba esa evasión para atreverme a vivir las cosas prohibidas, políticamente incorrectas y moralmente mal vistas que, sin embargo, vivían y aún habitan varios de los recovecos de mi alma.

La evasión llegó a tales puntos que la parte perversa de mi ser empezó a tener tintes suicidas y fantasías asesinas.

Pensaba que eso era la vida y estaba convencido de que sería fabuloso contarles esas historias a los hijos de mis amigas, mientras despachaba en el bar de mis sueños en La Condesa. Ahí viviría el resto de mis días, contando las pequeñas locuras de mi existencia para entretener a los asistentes que se acomodaran en la barra por un trago solitario.

Esa sería mi vida, soñaba. La soñé por años hasta que la evasión llegó a tales puntos que la parte perversa de mi ser empezó a tener tintes suicidas y fantasías asesinas para aniquilar la parte inocente y amable que aún guardo y escondo debajo de tantas máscaras.

De regreso en aquel bar, el de dos pisos y no el de mi sueños de vejez, me enamoré venenosamente de un chavo que tendría dos o tres años menos que yo y que me llevaba a los inicios del Marrakech, cuando había rocola y no se convertía en el lugar de moda que fue por años. Yo iba vestido con el traje que había llevado ese día a la oficina y pensaba que podría enamorarme de aquel joven que se vestía como skater de diecinueve años a sus veinticinco o menos.

Yo tenía veintisiete y sentía que me tenía que comportar como el adulto de la relación, autoimponiéndome reglas que brotaban de mi inconsciente que me llevaban una y otra vez a fingir que estaba a cargo de una situación de la que no tenía ningún control.

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Una noche, saliendo de Patrick Miller, montados sobre un Chevy rojo, nos fuimos a estrellar con un carro blanco y giramos sin cesar hasta detenernos con el poste de un semáforo. Perdí lo poco que me quedaba de conciencia varias veces. Sentía el movimiento brusco del carro al girar sin control mientras mis piernas golpeaban sin parar contra el tablero.

"¿Estás bien, estás bien, estás bien, estás bien?", le escuchaba decir, al mismo tiempo que ponía su brazo sobre mi cuerpo. Estuvimos bien por un par de minutos hasta que ocho patrullas llegaron no a nuestro rescate, sino a conseguir todo el dinero que pudieran sacarle a las dos personas moral y económicamente quebradas que lograron salir del carro por la puerta del conductor.

No podía reconocerme. No sabía quién era. No sabía por qué me había ganado la partida el mundo de la evasión. Estaba perdido.

Volteé al cielo, buscando una respuesta que no llegó en ese momento, salvo por una mezcla de emociones que incluían un poco de asombro, angustia y desolación. El cielo no respondió. Sentí su silencio y ausencia como un frío casi polar que carcomía todos mis huesos y todos los rincones del material intangible que compone mi espíritu. No podía reconocerme. No sabía quién era. No sabía por qué me había ganado la partida el mundo de la evasión. Estaba perdido.

Pasaron varios meses para que llegara la respuesta que había pedido, echando a andar la maquinaria pesada que me logró sacar de ese caos en que se había convertido mi vida. El esfuerzo de muchas y muchos desconocidos, de amigas y amigos muy queridos y de una profesional me sirvieron de contención para reconstruirme y me ayudaron a pasar de la evasión a la conciencia para descubrir la lección más básica que había desoído y despreciado por tantos años: necesitaba aprender a cuidar de mí mismo.

¿Qué he ganado en todo este tiempo? Me preguntaba. 'La capacidad de ser tú, de expresarte y de tener tu propia voz'.

No obstante, hace poco y a pesar de todas las experiencias vividas, el perverso juego del amor y el desamor me provocó un ataque de ira que me hizo revivir el imperioso sentimiento de querer regresar al mundo de la evasión y del olvido para instalarme de nuevo ahí para siempre, pero ese es uno de los viajes más inciertos que puede no incluir un boleto de regreso a la realidad.

¿Qué he ganado en todo este tiempo? Me preguntaba. "La capacidad de ser tú, de expresarte y de tener tu propia voz", me dijo entonces una pequeña luz que me acompaña en estos momentos. ¿Qué he ganado? Una emoción que se había ensombrecido por el gran desamor de los últimos años: la gratitud por las ganas de seguir vivo y de estar consciente de mi realidad.

Y, al mismo tiempo y a pesar de todo, debo reconocer que la pulsión de volver a ese mundo, al de la evasión, permanece y regresa a mí ocasionalmente: lo añoro y forma parte de mí, particularmente cuando me siento perdido, a pesar de estar consciente.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.