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Amores que nunca fueron

11/09/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 11/09/2017 9:49 AM CDT

Pekic
"El otro día, al sentir el temblor en la Ciudad de México, recordé por varios momentos la verdadera fragilidad de la que estamos hechos".

A veces, me hubiera gustado quedarme. Quedarme un poco más, quizá un poco más de tiempo. Me hubiera gustado vivir no solo momentos, sino años o pequeñas vidas con ellos, pero no pude. Hubo uno del que me enamoré perdidamente, a mis veinte años. Lo conocí en una fiesta en el departamento de un amigo. Nos acercamos, platicamos y nos fuimos a su carro. Era como ser adolescente, sintiendo esa necesidad infinita de estar con él todo el tiempo, a todas horas, todos los días. Una necesidad increíble de verlo y un temor infinito a perderlo, aunque apenas lo había conocido.

Lo buscaba. Le llamaba por teléfono desde un teléfono fijo porque no tenía celular. Le llamaba y le llamaba. Lo hartaba. Lo fastidiaba. Pero era incapaz de darme cuenta. No entendía. No tenía conciencia de que, lo que realmente me movía, era el temor de perderlo, en lugar del amor que sentía por él. Con él conocí lo que era tener una cita, correr a verlo antes de pasar Navidad con la familia, las ganas de quererme quedar en su casa a dormir en su cama sin pegar el ojo toda la noche. Quería estar con él. Quería sentirme seguro, protegido y amado, pero nunca pude sentirme así a su lado porque no podía sentirme así en ningún lado con ninguna persona.

Aquello duró cuatro meses apenas, y lo lloré tres años. Lo extrañé tres años. Y, cada vez que salía, quería encontrármelo en cualquier parte. Un día finalmente lo volví a encontrar. Me enfurecí y le reclamé su partida, y le reclamé mi angustia, mi tristeza, mi corazón roto, mi dolor. Le reclamé lo mío... sin poder articular siquiera que lo seguía extrañando y amando, sin darme cuenta que la verdadera furia que sentía era en contra mía: estaba enojado conmigo por haberlo perdido y por no saber quedarme a su lado. Desde entonces, nunca supe quedarme porque no sabía que tenía una adicción profunda a sentir el dolor de las pérdidas, ni sabía que hallaba un poco de placer en el desamor y la soledad que venían después de cada ruptura.

Nunca supe quedarme porque no sabía que tenía una adicción profunda a sentir el dolor de las pérdidas.

Lo vi años después, en otro espacio y otra época, pero ya no éramos los mismos. Habíamos cambiado tanto y aquello que tuvimos se perdió por completo. Incluso entonces solo pude explicarme a medias. No supe cómo decirle que me perdonara por tanto miedo y por salir corriendo. No supe decirle que no había sido su culpa, ni supe decirle que siempre fue y será el primer gran amor de mi vida.

El otro día, al sentir el temblor en la Ciudad de México, recordé por varios momentos la verdadera fragilidad de la que estamos hechos y, al escuchar el crujido del edificio donde estaba cenando con grandes amigos creí que el final estaba cerca. Esos sentimientos de vulnerabilidad e indefensión me evocaron algunos recuerdos de amores pasados, con los que me hubiera gustado quedarme una vida. Me evocaron también una emoción de arrepentimiento y, al mismo tiempo, una necesidad de vivir más tiempo para conocer a un alguien con el que pudiera quedarme un cacho más de vida.

Recordé a otro de ellos. A uno que conocí varios años después. Un hombre espectacular, sensible, aventado y valiente. Uno de esos con los que me hubiera gustado quedarme la vida entera. Uno de esos que te infunden el valor de no ir a trabajar al día siguiente, con tal de quedarte la noche y el día y la noche y el día siguientes a su lado. Y, sin embargo. Ahí estaba de nuevo el temor de perderlo. Ese temor de perder que me ha acompañado por años, junto con ese otro de quedarme solo.

Yo estaba atrapado en la terrible ilusión de ser perfecto para que alguien se quedara conmigo.

Unos días después me invitó a un viaje de fin de semana, y feliz le dije que sí, que lo acompañaba. Hasta que el temor tomó una fuerza inconmensurable en mi ser llevándome al punto de cambiar mi decisión. Sentí que todo iba demasiado rápido y elegí no ir a ese viaje. Gran error: nunca dimensioné las consecuencias de aquello hasta que sentí la terrible frialdad de su indiferencia. Con toda razón, nunca volví a saber nada de él. Traté de verlo y de explicarme de nuevo, pero qué sentido tenía si mi decisión lo había dicho todo.

Cerré la puerta sin percatarme que él se encontraba detrás de ella. Y, de nuevo, la oportunidad de decirle que me había equivocado nunca llegó porque era demasiado tarde.

Hubo varios otros con los que no pude quedarme y de los que probablemente escriba en otro espacio. Varios otros con los que era mejor no quedarme y algunos que solo fueron fantasías dignas de una novela. Y, sin embargo, no ha habido dolor, sufrimiento o soledad que hayan logrado hacerme perder el anhelo: el anhelo de encontrar a alguien con quien quedarme.

¿Hasta dónde mi interpretación de las historias de príncipes y princesas me había hecho creer que no debía sentir miedo de perderlos? Quizá ya no importe. Importa sí que quiero y necesito quedarme al lado de alguien, a pesar del miedo y las desilusiones. Algunos pensarán que no me quedé porque estaba buscando al hombre perfecto. La realidad es que yo estaba atrapado en la terrible ilusión de ser perfecto para que alguien se quedara conmigo.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.