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Por qué todo gira alrededor del amor

14/02/2018 8:19 AM CST | Actualizado 14/02/2018 9:36 AM CST

Getty Images/iStockphoto

Estando ya en febrero, me dispuse a abrir algunos regalos de los amigos el pasado fin de año. Tomé el que más llamó mi atención y me dispuse a abrirlo. Luego de deshacerme de metros de papel me topé con una agenda. Hubiera sido mejor un libro, pensé. Ni modo. Pero como tomaba café me puse a pensar en el calendario que veía impreso. Pasé mucho tiempo en ello. Sobre todo en ciertas fechas que se anunciaban ahí como días de guardar o festejar.

Viéndolas de cerca, las fechas que marcan ciertas efemérides en nuestro calendario provocan una suerte de oleaje que al mecerse forma lo que llamamos cultura. Son como memorándums, chinchetas en la agenda de corcho, alarmas almacenadas para el recuerdo de los que viven en un lugar. Como ya sabemos, algunas veces estas fechas son compartidas por varios países, y en otras, atañen apenas a pequeños sitios en el mapa, terruños muy específicos tan pequeños como un pueblo o una colonia. Todas sin falta, eso sí, terminan a manera de esos juegos en las secciones infantiles de los periódicos, de conformar, una vez que hayamos trazado y unido con una todos los números entre sí, el rostro o la personalidad de una comunidad en particular.

Así las cosas, casi todos los países recordarán con júbilo, o deberían, el nacimiento de Julio Cortázar, Marie Curie o Nikola Tesla, y se vienen abajo o arden cada aniversario luctuoso de Túpac Amaru o el asesinato de jóvenes en el mundo por el año de 1968. En cambio, otras latitudes entregadas más a la introspección, pudieran celebrar o recogerse por acontecimientos menos universales pero no por ello menos importantes: el cumpleaños de algún prócer, el incendio de una iglesia, el nacimiento fortuito en un caserío de un famoso cantante, en fin, el inicio de un ritual, festival o carnaval que algunos reproducen año con año desde que tienen memoria. Mientras me acordaba de algunas de esas pequeñas cosas que luego uno celebra, pensé que, de manera muy pobre, eso es justo lo que pudiéramos llamar tradición, esa caja oscura donde metemos todo lo que no comprendemos.

La verdad es que resulta al menos complicado comprender la construcción de un festejo de este tipo.

Ojeaba mi nueva agenda y veía las fechas ahí impresas en rojo, verde o azul, cuando me paré en el mes de febrero. No pude dejar de pensar que, nos guste o no, una de las fechas que se ha convertido cada vez más en una fiesta (aunque para muchos apeste a servilismo ideológico, una cosa de profanación del capitalismo compulsivo hasta nuestra cocina más profunda y simbólica, pura contaminación cerebral), es el Día de San Valentín, ese que lleva el sobrenombre rimbombante del "Día del amor y la amistad".

Me serví más café y prendí un cigarro. Sin darme cuenta, comencé a enfrascarme en una incómoda reflexión y me di cuenta de que necesitaba tomar partido. Porque la verdad es que resulta al menos complicado comprender la construcción de un festejo de este tipo. Pareciera absolutamente innecesario y hasta ridículo abrir una fecha especial para la celebración al amor cuando en verdad, como el día internacional del hombre y la mujer, el día de la tierra para no ir más allá, se supone que transcurrimos los días de nuestra vida dedicándolos humildemente y mal que bien, a esos empeños.

Luego de dos cafés y un par de cigarrillos, la cosa se tornó en algo personal cuando imaginaba a los niños de secundaria cargando enormes osos de peluche, atrapar globos aerostáticos con forma de corazones, entregando a sus amados cartas, flores y chocolates. No hay mucho qué hacer, pensé. Ya nos habíamos comido la fecha entera y seguro esta se iría reproduciendo dentro de nosotros, más allá de nuestra muerte, quizá a un lado ya del día internacional del depilador eléctrico, la crema batida, la invención del velcro o la terlenka. Ni modo, me dije, un tanto abatido.

Quizá lo único que nos quedaba era ir pensado en cómo se entendía, cómo se había ido copiando y creciendo con el tiempo. Me puse las chanclas que había dejado sobre el pasto, y quise hacerme otro café cuando mi gato empezó a maullar. No quería comida, no quería salir a jugar con la manguera en el jardín. Quería que lo tomara en mis brazos y lo abrazara. Y ahí comprendí todo. No supe si fue por el café o por una epifanía de amor trasmitida telepáticamente por mi gato, me salvé de andar rumiando con el tema más de la cuenta.

Estaba ahí a la vista. Esta fecha cruzaba todos los países y todas las poblaciones, se adhería con todas sus ventosas a la publicidad, a la mercadotecnia, a todas las televisiones y cines del mundo, todos los bares y escuelas y colonias ricas o pobres porque, sencillamente, todos queríamos ser amados, todos teníamos miedo —si esa palabra quedaba bien— de quedarnos solos. Nadie lo aceptaba, eso es lo que se ocultaba, pero quizá eso sea lo que cruzaba trasversalmente, como una brocheta, a todas las civilizaciones que se hayan erguido sobre el planeta. Y por supuesto luego pensé que, el que compraba mi familia desde hacía más de cincuenta años en el Centro, era definitivamente un gran café.

Lo tenía claro aunque no sabía muy bien cómo expresarlo. Sabíamos muy bien que el amor verdadero podía faltar y, quizá lo peor, temíamos infinitamente a que se disfrazara en la cristalización falsa de un deseo largamente aplazado y que, a fuerza de ponernos ese saco una y otra vez, de apretar esa zapatilla contra nuestros pies, resultaba que pensábamos era realmente nuestro, nos embonaba, nunca más habríamos de dejarlo ir. Pero resultaba que no.

Por eso los comerciales, los guiones cinematográficos, la publicidad entera del mundo giraba en torno a la búsqueda o pérdida del amor.

Que como tantos lo vieron desde el principio y los únicos que no lo vieron venir fueron los amantes, resultaba que no. Que como si hubieran sufrido de pronto una enfermedad del entendimiento, habían caído en la trampa. Lo había resuelto. Definitivamente un gran café, pensé. Sí, somos una suerte de nave de los locos que va y viene (como esos barcos de los juegos mecánicos que hacen un péndulo de mareos y nauseas), un boomerang entre dos grandes formas de ser. Los solitarios y los acompañados, con todo lo que ello significaba, todo lo que conllevaba, su manía y su depresión, su alegría y su tristeza. Y es más, lo peor para todos siempre está en el infierno de sentirnos en medio. Eso.

Y bueno, ahí me estuve en el jardín un tiempo. Parcialmente obtuso y artificialmente brillante, en mi jacuzzi de cafeína, en el entendido clarísimo de que había logrado (con una rapidez inusitada, cosa rara), la solución de la gran querella. Todo, absolutamente, cobraba sentido. La forma en que nos vestimos, miramos, movemos, nos comportamos, vamos, todo, la forma en que pensamos, tenía que ver con ello. Por ejemplo, que nos diera pena decir o escribir la misma palabra "amor" era prueba de ello. Ahí el meollo de lo que nos rodeaba.

Y por eso los comerciales, los guiones cinematográficos, la publicidad entera del mundo giraba en torno a la búsqueda o pérdida del amor. Y que muchos piensen que los deseos, los anhelos más profundos, nuestra noción de fracaso y éxito dependían de ello. Por eso la noción de amor a ciegas contra el amor a medias, el falso amor, el amor rápido, el amor sucedáneo, el amor incomprendido, el amor rancio. La industria del amor, la poesía del amor, la libertad o la disciplina del amor. El amor limpio y sucio. El total o el parcial. El espiritual o el carnal. Todo eso vaya que embonaba en mi teoría. Por dios, ¿cuál complejidad? Eso me dije, O eso pensé. Faltaba más.

Por cierto, el café se llama "Villarías". Es un pequeño local en el centro de la ciudad. Ahí ha estado siempre desde que yo recuerdo. Desde los años cuarenta. Deberían poner un día del café en las agendas. O tal vez ya exista y no me haya dado cuenta.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.