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Luego del sismo, de regreso a casa

06/12/2017 8:00 AM CST | Actualizado 07/12/2017 12:54 PM CST

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Corrí a la puerta de mi edificio en la Narvarte mientras se movía como gelatina y al salir, los vecinos apuntaron al de a un costado de cinco pisos. Se hizo hacia atrás, luego hacia adelante, y murió el gigante frente a nosotros, partiéndose por atrás, hundiéndose más de medio metro y recargándose, como muy cansado, sobre el mío. Los vecinos en trauma se tiraban al suelo, se abrazaban, clamaban a alguien divino con las manos en la cara e intentaban calmarse entre sí. No pude hablar. La anciana que vivía un piso arriba (ya se fue a otro estado por el miedo), me tomó del brazo fuertemente. En bola nos fuimos a la esquina que parecía ser un lugar seguro.

Luego de mareas de gente de un lado a otro, con el teléfono en una mano y maletas en otra, coches en sentido contrario tocando el claxon, apenas cayó la noche, en un acto de soberana estupidez, con la ayuda de los vecinos levanté el portón de los autos que estaba atascado y saqué mi Combi. No había luz. Pese a que nos lo prohibieron las autoridades, subí a ciegas a cerrar el gas, las llaves del agua, y bajé algunos libros, algo de mi colección de huesos y piedras, pinturas, películas, esculturas, cosas de aseo y lo que más pude entre los brazos. Puse toda la ropa que pude en maletas con las computadoras, las cosas del escritorio en cajones, y bajé con los muebles y aparatos que pude cargar. También con Ramiro y Leonel, mis gatos, que además de no atinar al porqué del zangoloteo, con los ojos saltones, vivían su primera salida a la realidad. Ni modo. Todo adentro. Partimos. Prendí un cigarro y manejé hecho un cuadro completo de neurosis, entre los maullidos debajo de la mudanza que, como en un barco, chocaba entre sí dentro de la cabina.

Esa madrugada del 19 de septiembre, mis hermanos y yo caímos al viejo terruño, cabizbajos y tristes. Llegó Adrián con viandas, Mauricio con algo de café y la cara larga. Primero Juchitán y ahora Morelos y nuestro Distrito Federal, que es como le llamaremos siempre. Mal cenamos. Como millones de ciudadanos, no dábamos crédito a la complejidad de lo que veíamos en la televisión. Mi madre nos habló desde su viaje. Le dijimos que estábamos juntos y bien. Nada de mi casa. Sentados a la mesa de la infancia, sin pegar el ojo, fumando un cigarro tras otro, nos fuimos enterando de los fallecidos, los miles de edificios caídos y desalojados, los grupos que se iban formando para el apoyo de decenas de miles de damnificados. Ahí fue que, de pronto, súbitamente, caí en cuenta: era yo uno más de ellos, de los que tendrían que cambiar de vida: me había quedado sin casa y no podía hacer nada para evitarlo, por lo menos por un largo tiempo que sigue su paso.

"Heme aquí ̶ me decía ̶, luego de tanto tiempo, en esta casona de paredes blancas, alfombrada, sobria y serena, dentro de una calle cerrada, en la que crecí y abandoné para irme la universidad.

Sumándose los días, casi siempre a los pocos minutos de despertar, con una taza de café y caminando en círculos por la casa de mi niñez, tomaba conciencia plena de que, además de todo, si bien había recorrido apenas unos kilómetros, había en realidad viajado veinte años en el tiempo. Luego de vivir dos décadas en el sur de la ciudad, de nuevo me encontraba en ese mundo contiguo de la ciudad satelital, esa vieja New Jersey en donde la gente vaya que habla y viste distinto, vive y sueña, pues, de manera distinta a los sureños metropolitanos.

"Heme aquí ̶ me decía ̶ , luego de tanto tiempo, en esta casona de paredes blancas, alfombrada, sobria y serena, dentro de una calle cerrada, en la que crecí y abandoné para irme la universidad". Así fue por un tiempo, estando y no, jugando algo así como a "Las Escondidas", unas horas aquí y otras allá, vueltas y vueltas, viendo con los peritos y la delegación el futuro de mi casa. Reconocí gradualmente los recovecos, las pinturas del comedor, la chimenea y sus leños intactos, las escaleras, los baños, la cocina querida y sus viejos cacharros, en donde vivía mi madre sola y a su manera, casi a los setenta y convertida en abuela. Paseaba por los cuartos, miraba los muebles, los entrepaños ordenados, los manteles, las vajillas, el molinito de la pimienta, los frasquitos de especias, las sábanas y el inventario de las cosas del día a día que, con muy poca variación, mi madre había mantenido en su sitio como un escenario de un teatro durante 45 años.

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Reconocí gradualmente los recovecos, las pinturas del comedor, la chimenea y sus leños intactos, las escaleras, los baños, la cocina querida y sus viejos cacharros, en donde vivía mi madre sola y a su manera, casi a los setenta y convertida en abuela.

La cosa se ha puesto buena. Cuando camino por cigarros me topo de pronto con rostros de amigos que no recordaba y he olvidado su nombre. Algunas veces nos reconocemos y platicamos un rato al paso de los peatones, en los parques, en el supermercado. Otras veces nos vemos pero seguimos nuestro camino con cierta cosa parecida a la vergüenza. Tal vez porque a nadie le gusta irse reconociendo luego del paso del tiempo. Y podríamos decir que el marcador va en un empate: en ocasiones soy visto como un Odiseo obligado al regreso, y en otras como un bicho raro que mantiene su destino en suspenso.

Lo bueno es que me reconozco en esta casa que a veces parece de provincia y tal vez lo sea. Me veo muy seguido de nuevo en mi jardín, porque el de mi departamento era del tamaño de una servilleta. Aquí enterré a muchas mascotas, entre ellas a mis cinco conejos, canarios, perros y gatos. Salgo descalzo y en shorts a deambular sin rumbo prendido a mi café, a fumar un cigarro tras otro, a regar el pasto, y pierdo el tiempo en los patios hablando por horas con mi equipo de trabajo. Me gusta ver de cerca a la jardinera que fue la selva de mi infancia, al viejo "Huele de noche" que aún regala su vaho al veterano suburbio, a nuestro durazno bien maduro.

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Lo bueno es que me reconozco en esta casa que a veces parece de provincia y tal vez lo sea.

Mi madre y yo intentamos ser los más propios y educados, ser livianos, pasar desapercibidos. Pero es en vano. Terminamos platicando. O discutiendo. Y es que de golpe le cayó a mi madre un nuevo inquilino que es y no su hijo, que se parece al que se fue pero tiene ahora canas en la barba, se desvela demasiado y vive dentro de un vaso de preocupación un tanto inventada. Yo digo que ella no vende piñas: es como una productora de un grupo de rock, ansiosa y en ácido, acaso tan temperamental como sus tres hijos. O quizá seamos así por ello mismo. Digamos que nos representamos ahora un papel que el otro no conocía del todo. Ahí la llevamos.

Poco a poco nos hemos ido juntando como dos mazos de naipes, un coctel de frutas, un café con leche. Nada mal el maridaje mientras nos reconocemos como madre e hijo, sí, pero también como individuos distintos. Yo bajo el agua del coche, las bolsas del mandado, y ella me ayuda a llevar mis sacos y camisas a la tintorería. Yo cocino algo y ella limpia el arenero de los gatos que, a intervalos, se duermen con uno o despiertan al otro. Si todo marcha bien, pronto podremos poner todo lo que queramos en el carrito del súper sin censurarnos, pasar largo rato en silencio sin decir nada de nada.

Mi madre y yo intentamos ser los más propios y educados, ser livianos, pasar desapercibidos. Pero es en vano. Terminamos platicando. O discutiendo.

La comida se ha convertido en ritual particular: nos estorbamos, tropezamos, pasamos de la micro agresión involuntaria a la risa, la disculpa, la cosa tierna y espontánea. Yo acostumbrado a comer de pie y en desorden, comida grasosa y en abundancia, y ella todo lo contrario. Combinamos. Yo que apenas quiero recorrer los parajes del entorno y ella que no para de salir con el auto a no sé cuántas citas impostergables.

Una de las maneras para involucrarnos, convenidas en silencio y con el ejemplo, ha sido el dejar claro que no habrá un enojo que dure más que unos minutos. Hacemos juntos la sopa, compartimos el tiempo sobre la estufa, calentamos las tortillas, los guisos, ahí vamos lavando los trastes entre ambos. Hablamos sobre el futbol, sobre lo que escribo, sobre la historia de la familia amplia que es como una enorme y pintoresca fauna. Vemos la tele a ratos, hacemos rondines en busca de diversión, nos quejamos de casi todos los programas de la televisión. A veces no sale algo pero somos un equipo y nos echamos la mano.

Ahora, luego de varias semanas de ayudar con mi equipo y hermanos a llevar comida y ropa los albergues y centros de acopio, a dos meses del sismo, mi vida transcurre entre ir al bar, atender a los amigos y regresar más que aporreado. Mi estudio es una oficina improvisada. Todo, hasta la pizza y los pasteles, se atiborran sobre la mesa de la sala. Nueces, discos, latas, botellas de vino, los chocolates con menta que mi madre regala como medallas.

Escribo por lo pronto en el teléfono, en libretas en la barra, en las plazas. Y leo en taxis. Hablo de lo que leo mareado con choferes distantes que, por cierto, son especialistas en atajos para hacer el camino más largo. Si antes me iba al trabajo hasta caminando, hace un par de días hice dos horas de camino a la ciudad entre microbuses, trailers, camionetas, motonetas, todos manejados por cafres en segundos pisos atiborrados, entre manifestaciones cortas, medianas y largas, calles y cerebros cerrados, embotellamientos sin genios de ninguna lámpara para salir del atolladero.

"En casa", me digo al llegar cada noche. Y respiro hondo.

Intento trabajar fuera todo el día y llegar lo más tarde que pueda para evitar el tránsito de la metrópoli desquiciada. "Nochebuenas" se llama mi calle. Pareciera mentira pero no lo es. "En casa", me digo al llegar cada noche. Y respiro hondo. Hoy, por ejemplo, al llegar, la reja y la puerta me reciben sin cerrojo. Adriana, mi madre, me ha dejado para cenar una pasta, un par de aguas minerales en el refri y, como postre especial, unas galletas que horneó con el Mateo, el hijo de Mauricio mi hermano. Tienen forma de Darth Vader. Cojo unas. Subo las escaleras en puntitas y me asomo a su cuarto. Se ha vuelto a quedar dormida viendo Netflix en la tableta. La tomo como Houdini y la apago.

De camino a mi nuevo cuarto, lo que era antes un estudio lleno de enciclopedias, me tropiezo con bolsas de libros, demás cosas que no he sacado de la maleta. Pese a mi esfuerzo inaudito, los gatos se levantan a saludarme. Los tomo como puedo y me los llevo a la cama, a sabiendas que me despertarán para comer antes de que salga el sol. Me tiro al fin. Un día más fuera de casa. "Aguanta", me digo sobre la almohada. ¡Y cómo no hacerlo!

Me encuentro cada día más poesía en los escondites de mi nueva vida, me lleno de nuevos apegos, cariños verdaderos. Seguro que cuando me tenga que ir de nuevo soltaré en llanto. Pero me duermo tranquilo. Mañana ahí estará ella en pijama, con la cafetera lista, los felinos a sus pies maullando por comida. "Buenos días, qué vas a hacer hoy. ¿Vas a comer aquí o en otro lado?". Y la verdad es que, pese a mi súbita migración, que me aleja de mi escritorio y mi hábitat, la sensación de lejanía e indefensión que siento al caminar sin techo en esta magnífica ciudad post apocalíptica, comparándome con lo que ha pasado a otros, soy un hombre privilegiado.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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