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Tomé tanto refresco de niño que mis venas colapsaron

Lo último que recuerdo antes de desmayarme es que me estaba levantando del sillón para comer.

31/03/2017 6:00 AM CST | Actualizado 31/03/2017 11:34 AM CST
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Andy Campbell.

Yo era un niño sano de 12 años en secundaria y acababa de tomarme un Mountain Dew, mi primer amor, que es lo que tomaba cada vez que tenía sed. Mi mamá me llamó desde la cocina para ir a comer y me levanté. Pero mientras caminaba por la sala todo se oscureció y sentía que mi corazón llegaba hasta mis oídos y después ya no sentí nada.

Cuando digo que tomaba mucho Mountain Dew, quiero decir que era lo único que tomaba. Durante varios meses en mi niñez, tuve acceso ilimitado a la bomba de azúcar color verde neón, y lo tomaba cada vez que tenía sed. Cuando pasó lo del desmayo, ni siquiera me acordaba de cuándo había tomado agua por última vez. Seguro eran meses.

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Era como mi cigarro. Era una adicción. Me acuerdo que la primera vez que la marca me llamó fue por el trabajo de un equipo de mercadotecnia, lo cual es algo terrible. Sabemos que las marcas quieren atraer la atención de nuestros niños, y lo hacen con anuncios dirigidos que se cuelan en los cientos de aparatos electrónicos que usan los chicos. Pero les apuesto que la mayoría de nosotros no saben que esas marcas están mandando gente real, con un cuerpo, para atraer a los niños y engancharlos. Yo sé que eso pasa porque me pasó a mí.

Por eso me encantó la idea de que varias cadenas de comida rápida como McDonald's, Burger King y Wendy's quitaran los refrescos del menú de niños. Es un pequeño paso para frenar la obesidad infantil y cualquier otra cantidad de problemas que surgen del consumo excesivo de refresco.

Estás a punto de conocer uno de estos problemas que pasó en el EXTREMO del espectro.

Mi adicción al refresco empezó un día en un campamento de verano, un campamento de deportes, en donde enaltecían la salud en un maldito folleto, en el momento en que apareció una enorme Hummer. Era gigante, cubierta con logos de Mountain Dew con llamas verdes y rojas, y dejaba salir por sus bocinas rap de los 90 a todo volumen. ¡Era genial!

Cuando llegué al extremo del campo de kickball (combinación de béisbol y fútbol soccer) en el que jugábamos, alcancé a ver que la parte posterior estaba tapizada con latas de Mountain Dew. Dos chavos chidos salieron y nos empezaron a aventar mochilas de Mountain Dew y por las bocinas nos decían que podíamos llenar las mochilas gratis con todo el Mountain Dew que pudiéramos. ¿Y saben qué pasa cuando unos tipos geniales le dan gratis a los niños azúcar ilimitada cuando los papás no están cerca? Pues los niños pierden totalmente la razón.Y lo digo y lo firmo, aquí y donde sea: Soy TUYO Mountain Dew.

Tomaba cientos de latas con 170 calorías y 46 gramos de azúcar. ¡Mmm! Hasta que me desmayé.

Después de eso, jamás dejé de tomar esa cosa. Tomaba cientos de latas con 170 calorías y 46 gramos de azúcar. ¡Mmm! Hasta que me desmayé.

Cuando desperté mi mamá gritaba. Mi cabeza había destrozado el barco a escala de mi papá y yo me sentía bastante bien, como despertando de una siesta. Después mis papás me contaron que me había detenido, arqueado mi cabeza y caído como un costal de papas saturado de cafeína, pensaban que me estaba dando un ataque.

Resulta que lo que yo tenía era deshidratación extrema. Cuando llegué al hospital se necesitaron tres enfermeras para encontrar mis venas porque se habían colapsado totalmente por la falta de agua. Mi tratamiento constaba de una bolsa gigante de fluidos para rehidratar y me dijeron que nunca debería volver a tomar refresco.

Y no lo haré.

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Miren, mi idea no es hacerlos sentir lástima por el yo de mi niñez. Era asombroso, desde mi punto de vista. Pero si la obesidad infantil no es suficiente para frenar el consumo de refrescos de los niños, tal vez la posibilidad de buenos mercadólogos y de hospitalización lo hagan.

Y eso que entonces no tuve acceso a las bebidas energéticas de alto octanaje. Esas sí matan a los niños.

Este artículo fue publicado originalmente en The Huffington Post y luego traducido y editado para su comprensión.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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