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Porque “así es” el Estado mexicano

09/06/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 09/06/2017 9:22 AM CDT

ADOLFO VLADIMIR /CUARTOSCURO.COM
María de Jesús Patricio Martínez, indígena nahua fue nombrada vocera del Concejo Indígena de Gobierno en la asamblea de delegados de pueblos y tribus del Congreso Nacional Indígena. "Marichui" será registrada como candidata independiente a la presidencia de México del 2018 por los pueblos indígenas de nuestro país.

"La Nación mexicana es única a indivisible". Así comienza el segundo artículo de nuestra Constitución. En dicho artículo, reformado ampliamente en el año 2001, se incorporaron ciertas de las demandas de los pueblos indígenas en México, tales como la autodeterminación de los pueblos, la utilización de los sistemas normativos indígenas para la administración de la vida de su pueblo y la resolución de sus conflictos, conservar su hábitat y la integridad de sus tierras, entre otras.

Sin embargo, como lo han advertido diversos juristas, antropólogos, sociólogos, pero sobre todo la sociedad indígena en general, una de las grandes contradicciones de ese artículo es su primera frase: nación mexicana única e indivisible.

Cuatro elementos que se combinan en una misma frase justificadora del llamado contrato social, aquel que presupone la voluntad de los miembros para adherirse a un Estado, aceptando sus derechos y obligaciones. En realidad, ¿reivindicamos el pacto al que se nos adhirió por nacimiento, por nacionalidad? ¿Debemos agradecer ser parte del actual pacto social mexicano?

El recuestionamiento del Estado, de la democracia y de la auténtica representatividad es necesario para hablar seriamente de la erradicación de la violencia, corrupción e impunidad que vive nuestro país.

No se me malinterprete, no planteo que todo lo que sucede en cada uno de los rincones de este país "está mal" o deba ser cambiado. Si bien hay que aceptar que sí existe un contexto generalizado de la violencia, ha sido el propio pueblo mexicano el ente colectivo capaz de reorientar sus exigencias, algunas de ellas recibidas por las instituciones del Estado. Pero aceptar que la estructura del México que tenemos es la estructura más adecuada para organizar y administrar la vida de toda la población que habita el territorio al interior de estas fronteras, me parece bastante pretencioso.

Normalmente no solemos cuestionar estos límites y estructuras porque debemos rápidamente aceptar que "así es" y ha sido por el bien de nuestra cotidianeidad prestablecida. Sin embargo, con asumir esa posición se corre el riesgo de aceptar que la violencia forma parte indiscutible de nuestra vida porque "así es". Mucho de lo que ha sido hasta el momento es la continua colonización de pueblos y sociedades bajo el manto de protección e impunidad, que entre las personas tomadoras de decisiones se han repartido y negociado en cúpulas excluyentes.

Los pueblos indígenas existen gracias a su resistencia. Sin más. Con dificultades han tenido que fortalecer sus estrategias de supervivencia a la par de seguir haciendo vida en su comunidad. Programas gubernamentales que abogan por su inclusión a la sociedad les dejan continuamente ayudas poco significativas para las reivindicaciones profundas de sus derechos. Ese Estado que ya los incluyó en la Constitución bajo sus propios términos, es el mismo Estado que les excluye de un verdadero pacto social consensuado y no tácitamente sostenido.

El pasado domingo 28 de mayo se culminó una parte del proceso del Concejo Indígena de Gobierno, colectivo de representantes de pueblos indígenas que debatieron sobre la necesidad de incluir en la agenda pública las demandas —nada nuevas— de los pueblos indígenas. Para ello, han nombrado a una vocera del Congreso Nacional Indígena (CNI) que a su vez buscarán registrar como candidata independiente para las elecciones presidenciales de 2018, no para "administrar el poder" sino para "desmontarlo desde las grietas que sabemos, somos capaces".

Ese Estado mexicano, aquel que resta a los pueblos indígenas, tampoco ha sabido garantizar la paz y seguridad a 'sus nacionales'.

Esa "nación mexicana" a la que hace referencia el texto constitucional es, en realidad, una falacia. No es tan grave. Esta afirmación solamente significa que la "nación mexicana" es, en realidad, un conjunto de naciones que coexisten en lo definido como México. Si ese concepto de nación fuera trasladado a todos los diferentes grupos humanos que se han organizado dentro del pedazo de tierra entre los Estados Unidos, Belice y Guatemala, no habría problema en reconocerlo. Pero la violencia persistente contra quienes defienden sus tierras, su cultura y su forma de entender la vida ha sido la constante en la historia mexicana. No se diga en los últimos 20 años.

Pero ese Estado mexicano, aquel que resta a los pueblos indígenas, tampoco ha sabido garantizar la paz y seguridad a "sus nacionales". Ni siquiera con sus fuerzas armadas ha sabido garantizarla y se mantiene en un constante estado de guerra y de excepción en zonas focalizadas. Esa violencia también la resienten personas al interior de sus propias corporaciones, quienes abrumados por tanta violencia, tampoco se ven correspondidos en seguridad externa ni interna.

El Estado mexicano, sin embargo, "así es". Y aunque sería una labor titánica poder coordinar esfuerzos para restructurarlo, sobre todo cuando existe tanta desinformación arraigada sobre las instituciones y el rumbo al que dirigen al país, las grietas sirven para abrir, no para destruir.

El recuestionamiento del Estado, de la democracia y de la auténtica representatividad es, en mi opinión, necesario para hablar seriamente de la erradicación de la violencia, corrupción e impunidad que vive nuestro país.

Las y los afectados por estos vicios, después del desdén de las instituciones, han tenido que agrietar los pilares donde la violencia se autojustifica. Si somos una "nación mexicana única e indivisible", ¿por qué se engaña tanto al pueblo? ¿Por qué se celebra la muerte, tortura o privación de la libertad de personas a quienes —los que continuamente nos mienten— señalan como delincuentes?

"Hay un momento en la vida, en que se nos brinda la oportunidad de elegir entre arriesgarlo todo o esperar"*. ¿Qué tanto puede arriesgar quien ha sido despojado de todo? ¿Qué tanto puede esperar quien vive continuamente la violencia? La respuesta no será única a indivisible, pero si se toma con sinceridad, quizá demuestre los visos de una nueva construcción de sociedad mexicana. Esa que sí incluye a todas nuestras naciones y no se basa en la violencia, corrupción e impunidad como sus pactos sociales institucionalizados.


* Armendáriz, Minerva. "Morir de sed junto a la fuente". (2001) México: Universidad Obrera de México, p. 226.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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