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El vagón de mujeres: nos "cuidan" de las bestias

17/01/2017 6:30 AM CST | Actualizado 17/01/2017 6:30 AM CST
Ana G. González

Me gusta el vagón de mujeres por la mañana. Van con un espejo en una mano y con la otra enchinándose las pestañas con una cuchara. Enchinarse las pestañas con cuchara es de esos conocimientos de artesana que aún no poseo, mucho menos en movimiento.

Ya va otra comiéndose una torta (por poco se me sale lo tapatía y le digo lonche). Va comiéndose la torta en el metro porque ya van a ser las 9 y apenas se va subiendo. Va otra echándose un coyotito porque el metro arrulla. Entre el motor y el meneo de estación a estación.

Ya va otra leyendo. Con el cabello mojado, los audífonos puestos va leyendo a García Márquez.

Estamos en la ciudad de los silbatos anti violaciones y si decides ser libre y no participar en políticas que te segregan de tus pares humanos, el riesgo es tuyo.

Me encuentro a una chica maquillada como de cómic vintage leyendo al Marqués de Sade. Converse tintos sobre sus pies pequeños. No estoy segura si tiene cara de tristeza o si las líneas de maquillaje le diseñan esa cara.

Hay un señor perdido con una mochila del "Verde que sí cumple", que le cede su lugar a la señora con un niño en brazos que se come una dona del tamaño de su cara.

***

Como tantas personas antes de mí, soy nueva en la ciudad. Se me ve lo "provinciana" en la frente, como dicen los chilangos. Las primeras veces que me perdí en una estación con correspondencia, se me desbordaba lo tapatía, donde solo tenemos una línea y nuestro tren no es metro.

Disfruto del tren. Ya le tomé cariño. Lo prefiero a los autos. Aunque extraño mi bicicleta cuando estoy en Balderas y tengo que aplastarme.

Cuando me subo a los vagones mixtos, no veo a mujeres maquillándose. No veo a mujeres descuidadas. Veo a pocas mujeres, normalmente acompañadas de hombres. Apretadas entre los mares de gente. Alertas.

Impera la noción de que una mujer no puede andar sola. Una mujer sola es blanco de acoso. Lo está pidiendo. Para ir en el vagón mixto es mejor ir acompañada, de preferencia de otro hombre. Si no, hay que caminarle al inicio del tren. Si algo te pasa en el vagón mixto es tu culpa. Estamos en la ciudad de los silbatos anti violaciones y si decides ser libre y no participar en políticas que te segregan de tus pares humanos, el riesgo es tuyo. La ciudad se lava las manos.

Nos tienen que aislar para cuidarnos porque no se pueden controlar.

Me causa conflicto que me guste el vagón de mujeres. Me siento más segura. Es una política pública que muchas criticamos y al mismo tiempo me beneficio de ella. Así las paradojas de los feminismos. Es un parche. Alivias uno de los síntomas pero no haces nada para quitar la enfermedad. Los vagones rosas no reviven a las muertas.

Las políticas públicas tienen que ser inclusivas. Abiertas. Aplicables para todos. ¿Cuál es la lógica detrás del vagón de mujeres? Cuidarnos. Construimos una ciudad para hombres y encontramos remedios para los malestares que causa no haber incluido mujeres en esa construcción. Los vagones de mujeres son para protegernos de las bestias que acosan y violan. Nos tienen que aislar para cuidarnos porque no se pueden controlar. O por lo menos así tratamos a los hombres: incontrolables, mejor de lejecitos.

Nos sentimos más seguras entre nosotras porque sabemos dos cosas: por un lado, la mayoría de las mujeres que nos acompañamos en el vagón hemos sufrido algún tipo de acoso. Por otro lado: difícilmente someteríamos a otra mujer al acoso al que somos sometidas. De ahí la sororidad entre desconocidas. Nos cuidamos en nuestra jaula de oro.

***

Ya va la señora pegadita a las paredes de la esquina para poder tener las manos libres y maquillarse. No nos conocemos. Nunca nos habíamos visto. Jamás nos volveremos a ver. Pero sabemos que mientras estemos juntas, entre mujeres, no nos haremos daño.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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