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El Bazaar Sábado: 56 años de resistencia

24/12/2016 7:00 AM CST | Actualizado 24/12/2016 7:00 AM CST

Bazaar Sábado
Figuras de papel maché pintadas a mano de Miniaturas Felguérez.

Hace ya dos años que batallo para acabar la tesis de maestría. Que si no tengo tiempo, que si no he podido ir al archivo, que si el bloqueo mental... En fin, los pretextos sobran pero el tiempo apremia. Mi primer propósito de 2017 es acabarla y así hacer feliz a mi directora de tesis: la Dra. Dorotinsky.

Debo confesar que en parte no he acabado porque mi tema de estudio es fascinante y conforme más me adentro en el asunto, más cosas encuentro y me doy cuenta de lo poco valorado que ha estado ese momento de la historia en el país.

La primera década del Bazaar Sábado es lo que me ocupa. Este espacio en el corazón de San Ángel es, sin duda, un importante eslabón de la historia del diseño en México y muy poco se ha escrito sobre el asunto.

La característica del Bazaar era su originalidad. Solo ahí conseguías tales o cuales cosas. Ir hasta el sur para conseguir lo mismo que en la Roma y Condesa no me resulta atractivo.

El pasado 1 de octubre se cumplieron 56 años de la fundación del proyecto y yo confieso que tenía más de un año sin pararme en el Bazaar físicamente. El tema nunca me deja porque de menos una vez a la semana me sumerjo en los papeles del archivo en busca de nuevas cosas. Así, el pasado sábado me fui a dar una vuelta y a dejar ahí las quincenas que no recibo.

En1960, el matrimonio conformado por los diseñadores norteamericanos que habitaban en México, Wendell Riggs y Cynthia Sargent reunieron a un grupo de amigos dedicados a realizar diseños artesanales para fundar un espacio de compra-venta de diseño nacional. Así, ese año, en la calle de Doctor Gálvez, por los rumbos de Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, surgió El Bazaar Sábado.

Riggs y Sargent llegaron de Estados Unidos en 1951 y en esa década se convirtieron en personajes reconocidos por círculos artísticos e intelectuales de la Ciudad de México. Su casa, en la zona de San Ángel, remodelada por el arquitecto Max Cetto, era un centro de reunión para artistas, arquitectos y diseñadores mexicanos. Una galería, una librería y un teatro eran los espacios de aquella casa donde cada noche los Riggs departían con lo más selecto de la escena del arte mexicano y destacados visitantes como Walter Gropius, director de la escuela de la Bauhaus.

El Bazaar Sábado, espacio en el corazón de San Ángel es, sin duda, un importante eslabón de la historia del diseño en México.

La pareja se dedicó a diseñar telas para cortinas, tapicería de mobiliario y ropa, la cual pintaban a mano con tintes naturales y en ocasiones hasta utilizaban grabados en madera para crear patrones originales. Combinaban su actividad profesional con una intensa vida social y una pequeña galería llamada Club Pro Arte, en la que hacían exposiciones para mostrar el trabajo de los artistas de aquellos años como José Luis Cuevas, Edna Guck y Carlos Mérida, entre otros.

En 1960 en una de las famosas noches de tertulia en casa del matrimonio, surgió la idea de crear un espacio colectivo para ofrecer el trabajo de una generación de diseñadores, comprometidos algunos con la tradición y todos con lo hecho a mano, un espacio para el diseño, el arte y las artes populares. Así surgió en 1960, en una casona de la calle de Doctor Gálvez, en Chimalistac, El Bazaar Sábado, con quince diseñadores y artesanos ofreciendo sus productos.

Mi casa es tu casa 🏡🌿 #BazaarSábado

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San Ángel en primavera 💐💕 #BazaarSábado

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Como su nombre lo indica, el concepto del bazar era —y es todavía— el de abrir únicamente los sábados, para que los artistas, diseñadores y artesanos tuvieran el resto de la semana para comprar materiales, diseñar y producir. Así, cada fin de semana era seguro encontrar novedades.

Wendell Riggs tenía clara la vocación del espacio: promover el diseño artesanal y las artes populares y además, procurar tener creadores de distintas generaciones para apelar a los diferentes gustos de los consumidores.

A la muerte de Riggs en 1964, Ignacio Romero, que había sido un personaje cercano al matrimonio, tomó las riendas del Bazaar. Supo respetar su vocación y hacerlo crecer. En 1965 se mudaron a la casona que aún hoy, alberga el proyecto y poco a poco, fue incrementando el número de expositores.

En la actualidad

Regresar el sábado pasado al Bazaar me dejó una fuerte impresión. Lo encontré muy cambiado. Se sometió a una remodelación extrema y ahí debo decir que sí ganó. Pintaron el interior de toda la casona de blanco y hay una cierta armonía que ayuda mucho al visitante. Encontré nuevos diseñadores, muchos. Algunos interesantes, otros, he de confesar, los mismos que vemos en los ya decenas de bazares (supuestamente) de diseño, que cada fin de semana hay en la ciudad.

La característica del Bazaar era su originalidad. Solo ahí conseguías tales o cuales cosas. Ir hasta el sur para conseguir lo mismo que en la Roma y Condesa no me resulta atractivo. Me di cuenta que algunos diseñadores y artesanos ya no estaban. Extrañé a Los Castillo de Taxco, que llevaban casi los mismos años que el Bazaar poniéndose cada sábado. Sin embargo, siguen algunos de los de siempre. Yo vuelvo por esos, por los de siempre que tienen cosas que simplemente, no encuentras en otro lado.

La joyería de Frank Lowenstein es única. Las piezas de Anna Morelli, ya fallecida pero que su nieto Stefan Tanasescu sigue vendiendo, además de sus diseños propios, son para mí una pasión. Los esmaltes de Miguel y Mariano Pineda son de estupenda factura y gran valor estético. La joyería de MATL; las esculturas y la joyería de Karima Muyaes, (que además vende arte popular antiguo en su puesto); las excelsas piezas de arte popular seleccionadas por Horacio Gavito en su puesto Chiribitil en el segundo piso; las lupas de Don Bernardo Pérez que aunque ya murió, legó su maestría a su hijo Josué que sigue produciendo.

El vidrio de pepita de Don José Guillén; las piezas del Taller de cerámica experimental, la joyería de Mari José Rión, en fin. Podría nombrar a todos los diseñadores que admiro dentro del Bazaar y destacarlos por su gran trabajo. Ojo, no digo que todo lo nuevo no sea interesante hay cosas que me resultaron verdaderos descubrimientos como el trabajo de Cristina Meza Yázpik en vidrio veneciano pero creo que no se debe perder la esencia del Bazaar. Esa, la de promover lo único, lo artesanal, lo original y de mezclar tradición con vanguardia y lo popular con lo culto siempre en un entorno bohemio y creativo.

Entiendo que todo debe renovarse y que no se puede vivir de la nostalgia, celebro que el Bazaar se refresque, que traiga nuevos públicos y que abra espacios para talentos recientes, pero también me parece importante que esos nuevos diseñadores y los nuevos administradores, entiendan y conozcan la historia del Bazaar, que valoren a los de siempre, que han sido parte de un legado y de un momento de resistencia que a fuerza de resistir ha vuelto a ponerse de moda.

¡Qué importante es conocer la historia para poder construir nuevas cosas! ¡Larga vida al Bazaar! ¡Larga vida a los de siempre! Que los nuevos encuentre su camino y que yo pueda acabar mi tesis, contar la historia y seguir gastando mis inexistentes quincenas en el Bazaar.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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