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Las heroínas anónimas del barrio El Ocotal

Íbamos en la búsqueda de casas destruidas y nos topamos con un mundo de historias humanas, de sueños y de propósitos heredados del sismo.

07/12/2017 8:25 AM CST | Actualizado 07/12/2017 3:49 PM CST

Texto: Camila González / Fotos: Alejandro Bahamón

La brutal sacudida del martes 19 de septiembre sacó a la luz muchos horizontes de la ciudad. Uno de los rincones visibilizados por el remezón ha sido El Ocotal, montaña arriba en la delegación Magdalena Contreras. En aquel suburbio empinado cuatro años atrás todavía subían el agua en burros cargados con ánforas y lavaban la ropa contra las piedras, como en una estampa del siglo pasado. Una zona rural, de pinos aromáticos y resinosos, que hace 20 años los mismos habitantes convirtieron en barrio.

Con palas y picos en mano, la gente se dedicaba a "hacer faena". Solo había monte tupido de maguey y milpa que al oscurecer parecía la mera boca del lobo. Era la época de los comuneros y ejidatarios, cuando todos echaban mano por una parcela de tierra para dormir. Tras la dura tarea de desyerbar, la gente fue abriendo trocha para las calles y poco a poco armando un vividero con instalación de luz y servicio hidráulico.

A pie, quienes conformamos la asociación Por S19, íbamos en la búsqueda de casas destruidas y nos topamos con un mundo de historias humanas, de sueños y de propósitos heredados del sismo, pero sobre todo, hallamos en El Ocotal una fuerza femenina arrolladora. Ellas han sido el motor inquebrantable de esas familias, que hoy pasan las noches en albergues, casas de campaña o alojados por parientes, a la espera de lo que diga "la delegación". Ellas, admirables ellas, siempre ejes de la batalla diaria.

Concepción: la líder

Alejandro Bahamón

Concepción es oaxaqueña, a los 11 años salió de su pueblo El Refugio Piedra Ancha con destino a las oportunidades de la Ciudad de México. Hace dos décadas era de las que iba subida en camionetas para "hacer faena" en el Cuarto Dinamo, donde vive desde entonces con su esposo e hijos. Tiene esa mirada brillante y cristalina, propia de la gente auténtica y hasta hoy, a sus 57, no ha parado de trabajar como niñera y haciendo el aseo en casas de familia.

Líder innata, narra con pasión cómo han sido sus años desde entonces, sus trabajos y los ires y venires de la vida. Su esposo trabaja como 'multiusos' en una casa ubicada detrás de Perisur y fue quien construyó la vivienda de adobe y techo de lámina donde vivían. Misma que se quedó sin paredes, por lo cual hoy viven todos arrumados, con un perro y un gato, en la pequeña casa de uno de sus hijos, que tiene esposa y dos niñas.

Allí también vive la hija de Concepción, Alejandra y su hijo de 8 años. Alejandra trabaja sellando con silicona WC y lavabos en construcciones de departamentos. Dice Concepción que es un trabajo peligroso, que no hay barandales, que hay empleados que se han caído y no tienen seguro. Contratan gente necesitada, gente de pueblo y madres solteras. Gente que si le pasa algo, nadie reclame. Pero a Alejandra le pagan mejor que haciendo limpieza.

Sé hacer tantas cosas, somos talentos desperdiciados...Concepción

En medio de la plática se desdibuja la sonrisa de Concepción cuando comparte que uno de sus hijos hace años está en el reclusorio y que otro está llevado por el vicio, 'la piedra', para más detalle. Pronto esta amiga de todos en El Ocotal confiesa que siempre le ha gustado bordar y el diseño de interiores, pero estudiaba o trabajaba para darle de comer a sus niños, como ella bien dice. Sin casa ni certezas hacia adelante, ella pícaramente cierra: "Sé hacer tantas cosas, somos talentos desperdiciados..."

Reina: la versátil

Alejandro Bahamón

Con su cara de niña y un tesón que salta a la vista, Reina es dueña de una tienda de abarrotes en El Ocotal, donde vive desde que tiene 19 años recién llegada de Michoacán, su tierra. Desde ese entonces, a todo se le ha medido. Fue secretaria, vendedora en una mueblería, cajera en un restaurante-bar, mesera en un cocina económica, atendió una tienda de ropa y aprendió a poner pisos de madera. Eso último sabe hacerlo bien y le encanta.

Entre uno y otro trabajo, Reina quedó viuda y responsable de 4 hijos. Hoy, con apenas 40 años y abuela de tres escuincles, sigue apostando por su tienda como herramienta para sacar adelante a la familia y tiene una nueva pareja, Marcial, un conductor de taxi, con quien habían echado el segundo piso de la casa. Mismo que los expertos tras el sismo dicen que hay que demoler por fallas estructurales.

Pero Reina sigue sonriente, a pesar de que desde ese martes 19 las ventas han bajado mucho debido a que la gente tiene llenas sus alacenas con las despensas donadas. Pero la ayuda no será eterna, si es necesario vuelve a poner pisos, lo que sea, el destino dicta el paso a seguir y ella coopera. Aunque dice que hoy todo está parado y la gente está espantada, Reina sigue intacta con su sonrisa de pura tranquilidad y esperanza.

Alma Rosa: la guía

Alejandro Bahamón

Alma es cabeza de una familia de cinco, conformada por sus tres hijos, su esposo actual y ella. Estudió para ser enfermera auxiliar, a los 16 años, en un centro de adiestramiento técnico en Metro Hidalgo. Desde ese momento ha trabajado en agencias, guarderías y como cuidadora de abuelos, enfermos y personas con discapacidad en sus casas, sea en el turno diurno o nocturno. Hace unos años abandonó todo para dedicarle más tiempo a su hijo menor.

Al marido de Alma, José Luis, le dio una embolia hace cuatro años, cuando trabajaba en seguridad en un condominio en El Pedregal. Una mañana despertó tieso, sin poder mover la pierna y el brazo derechos. Tampoco podía hablar. Cada día esta más recuperado, hoy hace la vigilancia en unas oficinas en San Jerónimo. José estudió hasta la primaria, durante 14 años trabajó de pintor en un taller de muebles médicos. También fue auxiliar de policía y uno de sus jefes enseñó todo sobre albañilería, que ha sido su gran hobby.

Una entretención que, hace cinco años, se fue convirtiendo en la casa donde vivían, de la que hoy solo queda la estructura. Estaba construida en un 30%, en un terreno que le dejó a Alma su mamá, quien falleció hace tres meses. Los tres hijos de Alma, junto con José, echaban mano a la obra en sus ratos libres. Héctor Iván, 26 años, tiene la preparatoria técnica, es papá de una niña de 6 años, trabaja como surtidor de La Comercial Mexicana, Soriana y Walmart. Está feliz porque acaba de firmar un contrato para hacer lo mismo en Coca Cola.

Luis Enrique, 19 años , tiene dos bebés y trabaja en seguridad en el piso 31 del edificio El Pantalón en Santa Fe. José, el chico de 13, está en tercero y quiere ser futbolista. Forma parte de la liga de la colonia. En medio del duelo por la pérdida de la abuelita, todos coinciden en que la sacudida del sismo les sacó de una zona de confort respecto a su casa a medio hacer. No saben cómo pero los ánimos van para arriba como va a ir su casa en poco tiempo.

Victoria: la invencible

Alejandro Bahamón

Esa señora pequeña, pecosa y tierna que entrega y recibe los boletos a la entrada del estacionamiento del ITAM es Victoria. Hace algunos años trabaja allí de 6 de la mañana a 2 de la tarde. Se encargaba de escribir a mano los boletos y repartía los lugares para los coches de alumnos y escoltas hasta que el 5 de junio se cayó entrando a su casa y se fracturó la muñeca. Ahora está incapacitada, buscando curar su mano y escuchando los diagnósticos.

Victoria, a sus 45 años, ha pasado por una diversidad de empleos. Con solo la primaria, se ha ganado la vida cuidando niños, armando las piezas metálicas en una fábrica de exprimidores, sacando la producción de la máquina en una fábrica de cepillos dentales, limpiando para empresa de limpieza de oficinas, elaborando velas y veladoras, y alistando las piernas de jamón para la venta. Ha hecho de todo siempre con un firme propósito: estar contratada con seguridad social para que siempre sus hijos tengan el servicio de salud.

A simple vista Victoria parece frágil, pero su tenacidad es más grande que ella.

Es tan clara la prioridad en su vida, que hace 8 años dejó a su marido alcohólico, "no quiero ese ejemplo para mis hijos..." Contundente. Así es Victoria, mamá de cuatro hijos, dos de los cuales –Julio y Mario- viven con ella en El Ocotal, en una casa que ya no existe. Hoy los resguarda una tienda de campaña enviada por Japón, desde donde ella regresa en sus recuerdos y relata cuando hace más de 20 años desyerbaba el bordo hasta la madrugada iluminada con luz de luna. Por esa época crió pollos, conejos, puercos.

A simple vista Victoria parece frágil, pero su tenacidad es más grande que ella. Tras el temblor estuvo dos días durmiendo debajo de su enclenque estructura hasta que fue desalojada por Protección Civil y se fueron a un albergue, aunque siempre se quedaba alguien vigilando la llegada de los ladrones. El mero día 19 de septiembre, Victoria estaba en alguna calle de la ciudad, cuando a su lado una joven desconocida entró en pánico. Tomaron juntas el camión y Victoria la acompañó a su destino, como si hubiera sido su hija. Con una sorprendente ligereza, viendo Scooby Doo en un pequeño televisor bajo la carpa japonesa, Victoria se echa a sí misma merecidísimas flores: siempre ha podido sola y sola va a poner de nuevo su casa en pie. No lo duda.

Brígida: la matrona

Alejandro Bahamón

Ella, de 63 años, y él de 61, Brígida y Julián de Jesús abanderan una gran familia de trece personas y tres perros. Brígida nació en la Magdalena Contreras, su papá fue comunero de El Ocotal y su familia una más que dedicó días a chapear árboles arriba en el monte. Se casó a los 22 con Jesús y juntos hicieron su primera casa de lámina. Por esa época ella trabajaba haciendo limpieza en casas de la conocida Unidad Independencia, en San Jerónimo.

Julián de Jesús, blanco de canas y dicharachero, siempre trabajó en la delegación Magdalena Contreras: limpiaba las barrancas, hacía bacheo de las calles con chapopote, fue barrendero y luego conductor para una compañía de aire acondicionado. Ser chofer es su vida, pero no tiene seguro de nada, así que cuando se enferma no dice nada, pero su familia lo cacha porque no se levanta. Lo conocen como a nadie.

El mayor de sus tres hijos murió cuando tenía 24 años, se quitó la vida. Las otras dos chicas, Manola y Susana, son casadas, tienen hijos y viven todos juntos. De ahí para abajo hay Ayalas de todas las generaciones: 19, 18, 16, 15, 4 y 3 años. Los sueños de los jóvenes resuenan entre ser enfermeras y mecánicos, mientras apenas tres de los adultos producen el sustento: Julián papá como conductor; Julián, el esposo de Manola, es parrillero en un minirestaurante; y Raymundo, el marido de Susana, ayudante de albañil.

Dicen que con el sismo, sus casas se sacudían como trapos colgados.

En el lote común había tres casas de adobe y láminas de cartón. Dicen que con el sismo, sus casas se sacudían como trapos colgados. Apenas quedan en pie vestigios de una de ellas y bajo los escombros yacen tres refris, tres estufas y siete camas. También quedó enterrado, o se lo robaron, un tesoro para la familia Ayala: la cajita de monedas que llevaban años juntando para los XV años de Evelyn. La pérdida de esta ilusión arranca las únicas lágrimas de todo el desastre.

Sentada sobre los tubos de un catre y bajo la carpa japonesa salvadora, donde no se sabe cómo se meten todos en las noches, Brígida recuerda cuando su papá le enseñó, a los 11 años, a hacer papel picado artesanalmente, a golpe de martillo en cinceles. A su vez, Jesús hace vírgenes de hilo y arreglos florales, Manola elabora adornos en tela y espuma y sueña con establecer en el barrio una guardería o comunidad infantil y uno de los yernos hace esculturas en jabón.

Bien dice Brígida: "Sabemos hacer muchas cosas". No cabe duda de que en medio de lo precaria de la situación, los Ayala Rojas son un estuche de monerías.

Aunque el panorama por lo pronto es incierto, Brígida y sus hijas ponen el punto final: "Si nos duelen las cosas perdidas, pero estamos todos juntos. Se pone uno a pensar que siempre estamos aquí metidos y no hacemos nada porque pensamos que somos eternos..."

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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