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Una mujer con cáncer revela una idea muy diferente de lo femenino

26/07/2017 4:00 AM CDT | Actualizado 26/07/2017 7:24 AM CDT

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"Conocer a Lourdes me hizo replantearme cientos de ideas sobre mí misma y la forma como nuestra cultura percibe a la mujer".

Cuando conocí a Lourdes (es su nombre real y me pidió utilizarlo siempre que escribiera sobre ella), ya había superado con enorme esfuerzo el cáncer de mama y se encontraba luchando contra el de ovarios. La primera imagen que tengo de ella es la de un rostro sin edad ni género, cadavérico, con la piel amarillenta, los ojos muy grandes y asombrados. Y también recuerdo su sonrisa. Su conmovedora paciencia con mi miedo y mi preocupación por ella.

 — No chica, ¡que hierba mala nunca muere! — se burló entre risas por mi preocupación — ¡puedo con esto y más!

En realidad no sé qué esperaba al conocerla y sobre todo, muy consciente de su durísima historia médica. Pero por supuesto, no se trataba de esta sobreviviente de cabeza rapada y rostro demudado. A esta mujer desenvuelta que extendió la mano para apretar la mía con fuerza, que me miró a los ojos con absoluta franqueza.

Me hizo muy consciente que la cultura pop distorsionó la figura y la percepción de la mujer hasta hacerla una figura consumible.

Pero una vez que la conocí, comprendí que justamente sería Lourdes  — y gracias a Lourdes — que entendería el valor de esa necesidad de replantear lo femenino y también, la forma como la mujer se comprende. Esa reflexión ideal sobre lo que somos y por qué lo somos que por meses me había obsesionado y que Lourdes parecía entender mejor que nadie. Que encarnaba con absoluta firmeza.

 — No tengo tetas —  dijo en esa primera ocasión, sorprendiéndome. Siempre lo haría, en realidad —  ni tampoco ovarios. ¿Entonces qué soy? ¿Un macho? ¿Un mutante?

Me quedé de una pieza. ¿Por qué insistía en preguntarme eso? ¿Por qué la idea le obsesionaba? Me sentí profundamente incómoda, como si de alguna manera Lourdes, con el rostro blanco y óseo, sin pestañas ni cejas cuestionara todo lo que había creído sobre la identidad femenina hasta entonces. Lourdes con el cuerpo pálido y delgado. Pero tan viva. Tan radiante a pesar de todo. Tan fuerte en su mirada resuelta, tan exquisita en su perfil trágico.

Mirándola, comencé a hacerme sus mismas preguntas, pero también a enfrentarme a mis temores. A ese dolor de puro terror que nacía de alguna raíz esencial de mi mente. ¿Quiénes somos? ¿Qué es realmente la feminidad? ¿Qué podría definirla? ¿Cómo se percibe a sí misma una mujer?

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Lourdes llevaba cinco años de su vida enfrentándose a lo inimaginable. Lourdes, tan endurecida que me confesó que en ocasiones se miraba al espejo con furia, con odio, con repugnancia. Lourdes que había llorado horrorizada ante la mastectomía. Lourdes que había enloquecido en pánico, al saber que necesitaría también una histerectomía. Lourdes que vivía cada día como el último, que se esforzaba por paladear cada hora y cada día momento. Que se apasionó por coleccionar escenas y visiones sobre si misma.

Lourdes, que era madre y esposa. Lourdes, que aún usaba solo un poco de maquillaje y que llevaba con coquetería la pijama de enferma, la bufanda en la cabeza, las uñas rotas bien cuidadas. ¿Qué nos hace mujer? me pregunté de pronto, ya no con miedo sino algo más parecido a la furia. ¿Qué hace a una mujer femenina? ¿Cómo se asume la identidad de género cuando no hay características obvias que lo definan? ¿Que brinda sentido a esa noción sobre el estereotipo femenino que se hereda, se insiste como necesaria, cuando la percepción sobre quien somos se transforma en algo más?

¿Quiénes somos más allá de la idea genérica y en ocasiones terriblemente fragmentada e incompleta que se tiene sobre la mujer? No supe qué responder a eso. Ni a Lourdes ni a mí misma. Un dolor sordo pareció abrirse como una brecha entre ambas.

¿Quiénes somos más allá de la idea genérica y en ocasiones terriblemente fragmentada e incompleta que se tiene sobre la mujer?

Conocer a Lourdes me hizo replantearme cientos de ideas sobre mí misma y la forma como nuestra cultura percibe a la mujer. Me obligó a pensar en todas las idealizaciones de una cultura superficial que asume lo femenino como una combinación de ideas simples, elementales, irracionales. La mujer como producto, como objeto. La noción de quién somos construida a partir de una visión brumosa sobre la identidad.

Pero sobre todo, me hizo muy consciente que la cultura pop distorsionó la figura y la percepción de la mujer hasta hacerla una figura consumible. Una idea barata que pudiera convertirse en un icono intrascendente. Lourdes, sobreviviente, magnífica, poderosa me hizo comprender lo duro que es ser una mujer en medio de imágenes que simplifican tu identidad. Es un pensamiento doloroso. Abrumador. Incluso aterrorizante.

Hace mucho tiempo que no tengo noticias sobre Lourdes, pero sigo pensando en todo lo que me enseñó. Recuerdo con cariño su fuerza, la mirada resuelta, la expresión furiosa. El cráneo rapado, las manos de uñas rotas. Y sigo haciéndome las mismas preguntas que me obligó a formularme. Las mismas connotaciones sobre lo femenino, sobre lo duro, sobre lo simple, sobre lo ideal que crean una idea mucho más profunda acerca de lo femenino. De la identidad de la mujer. De la forma como se percibe. Una percepción dura y casi hermosa. Un sueño a medio construir.

C'est la vie.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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