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Sobrevivir en Venezuela: pequeños retazos de miedo

03/05/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 03/05/2017 7:00 AM CDT

Marco Bello / Reuters
Una mujer duerme en el área de urgencias del Hospital Universitario de Mérida, Venezuela, el 17 de junio de 2016. La crisis se evidencia en la leyenda del letrero pegado a la pared.

Un cuadro asmático no es un padecimiento especialmente grave, si se cuenta con las medicinas y el tratamiento adecuado. No obstante, en Venezuela puede ser lo suficientemente grave para costarte la vida. En medio de la crisis médica e insumos que se padece en el país, enfermar — incluso de las cosas más sencillas — puede ser el mayor riesgo que puedes correr.

Lo pienso, mientras intento respirar en la sala de emergencias de una clínica privada caraqueña. La calle donde vivo fue atacada por bombas lacrimógenas que la autoridad utilizó para reprimir una protesta, lo que me provocó una crisis asmática considerable. Aturdida y dolorida, acudí para recibir atención médica, pero me encontré con el paisaje desolado de la escasez. El doctor de guardia me advirtió que no había insumos como para atenderme y me hizo sentar en una camilla, mientras me ayudaba a recuperar el aliento, sin lograrlo.

No existen reales posibilidades y condiciones para que el estado venezolano garantice la salud de los ciudadanos.

 — Tenemos meses sin poder comprar el inventario que necesitamos  — me explica con tristeza —  no podemos hacer mucho por todos los que llegan acá, cualquiera sea su condición.

Me hace aspirar una mezcla de agua hirviendo y sal que me ayuda a respirar un poco mejor. Pero supuesto, no es suficiente. Sacude la cabeza cuando me escucha toser, los esfuerzos que me lleva respirar.

 — Quisiera ayudarte  — insiste — pero no puedo hacer mucho.

Bloomberg via Getty Images
Dos pacientes comparten camilla en un hospital en Barquisimeto, en Venezuela, el 22 de febrero de 2016. Además de enfrentar problemas como el desabasto de medicamentos, los hospitales se abarrotan y a los enfermos les toca compartir camillas.
FEDERICO PARRA/AFP/Getty Images
Trabajadores del sector salud protestan contra el gobierno de Nicolás Maduro, la falta de medicinas y los bajos salarios en el país. Esto, el 7 de febrero de 2017.

FEDERICO PARRA/AFP/Getty Images
Una trabajadora del sector salud confronta a agentes policíacos durante una manifestación el 7 de febrero de 2017.

La mayoría de los medicamentos que se venden en Venezuela requieren divisas para su producción. El gobierno mantiene una deuda con el sector desde el año 2012, que aumenta un 20% año tras año. Actualmente, el gobierno no solo dejó de suministrar divisas al sector sino que tampoco existe un plan que pueda permitir la recuperación de líneas de créditos, estructuras de producción y comercialización. En otras palabras, el sector salud en Venezuela se desplomó y no hay posibilidades ciertas de recuperación.

El panorama es hostil, duro de asumir y lo que es peor, implica que la crisis política transita el delicado terreno de nuestra vida privada, de nuestra salud e incluso, nuestra vida. Hablamos de algo real y concreto: no existen reales posibilidades y condiciones para que el estado venezolano garantice la salud de los ciudadanos. No existen planes y proyectos que intenten enfrentarse a la gravísima situación del sector salud, mucho menos forma parte de las prioridades reales dentro de un panorama político confuso. La salud no se encuentra en la agenda de ninguno de los extremos en disputa, tampoco la manera o el método de afrontar la severa crisis humanitaria que despunta y que sin duda se agravará en los próximos meses. Poco a poco, nos acercamos a una tragedia sin precedentes, en donde la salud del ciudadano no solo está en juego sino directamente amenazada.

Tengo miedo, mucho miedo. El miedo a la amenaza que supone no poder asegurar que conservaré mi salud, mental y física.

Recuerdo todo lo anterior aterrorizada por lo que pueda ocurrir. De a poco, comienzo a perder el control de mi vida o eso me parece. Me abruma la sensación que pierdo poco a poco el control sobre mi vida. Cada día me pregunto qué ocurrirá después, qué pasará cuando definitivamente la crisis de la salud venezolana ya no pueda ser disimulada, ocultada, menospreciada. ¿Habrá finalmente una respuesta oficial? ¿Una toma de conciencia de la gravedad de lo que soportamos?

Tengo miedo, mucho miedo. El miedo a la amenaza que supone no poder asegurar que conservaré mi salud, mental y física. De sortear un complicado camino de obstáculos para intentar  — sin lograrlo, seguramente —  mantenerme sana. Tengo miedo de este secreto a voces de una Venezuela indiferente, herida e hiriente. Tengo miedo de enfermar. Tengo miedo  — y tanto, que a veces es difícil expresarlo — sobre lo que puede ocurrir en medio de una situación tan inédita como violenta. Tengo miedo de no saber cómo sobrevivir en medio de una crisis sin nombre, plagada de dolientes pero ningún responsable.

 — ¿Te sientes mejor?

El médico me mira preocupado mientras tomo una larga bocanada de aire. El sencillo método de respirar el vapor del agua hirviendo, me ayudó más de lo creí. Aún así, siento tanto miedo que me quedo paralizada, sin saber qué responder. El médico parece entenderlo, sacude la cabeza, me aprieta el hombro con amabilidad.

 — Todos somos víctimas  — me dice en voz baja —  y eso lo sé.

A veces me pregunto si Venezuela está rozando el límite de un conflicto social y cultural inimaginable para cualquier de esta generación desgastada y confusa a la que pertenezco. No lo sé, y quizás, esa gran incógnita en mitad de otras tantas, sea lo más preocupante.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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