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Ser irritante también es una forma de lucha

31/01/2018 6:00 AM CST | Actualizado 31/01/2018 6:00 AM CST

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Batallar por una causa intelectual que se considera, cuando menos estigmatizada, tiene su peso emocional.

En ocasiones me pregunto cuándo el movimiento feminista se convirtió en un tipo de incomodidad cultural.

No es algo que sea sencillo de analizar, o mucho menos de concluir en medio de una sociedad como la nuestra, que se transforma a diario y cuya opinión parece tan abstracta e inmediata como los medios que la difunden. No lo sé, claro pero sin duda, estoy convencida que que sucedió. Lo sé, lo asumo, lo percibo. Y quizás terminas aceptándolo cuando te planteas la pregunta  — o mejor dicho, cuestionas lo esencial de ese rechazo — si esa resistencia al cambio de una sociedad que asume sus dolores y prejuicios como parte de su cultura puede vencer la necesidad histórica de reivindicación.

Pero no todo es tan simple: a pesar de lo ideal que pueda parecer, batallar por una causa intelectual que se considera, cuando menos estigmatizada, tiene su peso emocional. Sobre todo cuando también afecta la percepción que se tiene sobre ti misma  — que te calificas como feminista —  o la manera como asumes las ideas  — porque son feministas — . De pronto, te encuentras en mitad de un terreno intelectual arrasado, donde no perteneces a ninguna parte y tu opinión política y cultural sobre tu género parece aplastada por esa percepción que cualquier lucha por la igualdad es retrógrada, destinada al desastre o lo que es aún más preocupante, inválida de origen.

La historia está llena de una singular mirada hacia el apoyo desinteresado. De pequeños actos de solemne heroísmo que reivindica el valor de la lucha.

Una idea inquietante, ¿qué ocurre cuando te llamas feminista y encuentras que la mayoría de las ideas que se relacionan con la percepción de tu opinión política se parecen mucho a cualquier extremo ideológico?

Pienso en todo lo anterior mientras leo a alguien comentar en un estado de Facebook sobre el hecho que las feministas "son unas perras sin hombres". Que la gran mayoría de las mujeres que se preocupan por la igualdad y la inclusión de género "están necesitadas de una buena revolcada" y que mejor "asuman su lugar histórico".

No solo se trata de los temibles conceptos que expresan las frases, el jolgorio general que provocan, los comentarios y burlas que suscitan... sino que están escritos por una mujer. Una mujer de mi edad, universitaria a quien presumiblemente le atañen las mismas inquietudes culturales que a mí. Que también ha sido discriminada, menospreciada y sobre todo, que padece la misma cultura retrógrada que yo. Pero para esta mujer, que presume sus triunfos profesionales, que analiza con inusual brillantez el panorama político de país, el "feminismo es cosa de lesbianas e insatisfechas".

—Lo entendiste mal chica, y ya te lo tomaste a insulto —  se burla, cuando la confronto después sobre el tema. Somos amigas hace más de diez años y es la primera vez que conversamos sobre el tema, aunque sus opiniones se han hecho más directas y duras al respecto con el transcurrir del tiempo. Se encoge de hombros, se ríe en voz alta:

 — Mira, la cuestión es simple: nadie lucha por derechos de nadie. Eso es una historia vieja. Si te preocupa sobre toda esta cosa de las mujeres, es porque te afecta, odias a los hombres o alguna mierda así. Sino, ¿para qué?

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Resulta cada vez más evidente que el feminismo se enfrenta a un enemigo muy concreto: a la mujer que lo considera superficial, inútil y hasta ofensivo dentro del concepto de lo femenino.

Parpadeo, asombrada, por la simplificación de lo que el feminismo puede ser y de hecho, propugna. Pienso que podría decirle que todas las causas ideológicas, morales e ideales de la historia tuvieron el apoyo del ciudadano común, del conglomerado anónimo que no estaría beneficiado de los logros que la lucha pudiera obtener. Que desde Martin Luther King (que durante su lucha por los derechos civiles recibió la solidaridad de ciudadanos de clase media norteamericana, la comunidad musulmana y judía e incluso, hombres y mujeres europeos) hasta los ciudadanos alemanes que se enfrentaron por cuenta y riesgo al régimen nazi para salvaguardar a la comunidad judía, la historia está llena de una singular mirada hacia el apoyo desinteresado. De pequeños actos de solemne heroísmo que reivindica el valor de la lucha.

Pero seguramente, nada de eso le importaría a mi amiga, que está muy convencida que esas pequeñas sutilezas históricas poco o nada tienen que ver con el país y la época que le tocó vivir. Que no solo no les concede la menor importancia, sino que además, las considera meras piezas anecdóticas que carecen de real sustancia en su vida cotidiana. Y es que quizás, para mi amiga, cualquier idea política  — incluso, las que le atañen —  son meras percepciones distantes del mundo. Piezas sueltas de un mecanismo mucho más grande que no le interesa comprender en absoluto.

No he podido acostumbrarme jamás al hecho que mi aspiración de igualdad de derechos legales, culturales y sociales, me convierta en un paria ideológico.

— Pero no te lo tomes personal  — dice entre risas —  solo es una opinión sobre un movimiento caduco que ya carece de sentido. Ser "feminista"  — pronuncia la palabra con una evidente incomodidad —  solo complica conceptos que en la actualidad son claros: la mujer y el hombre no necesitan que les recuerden su lugar en el mundo.

El razonamiento me provoca escalofríos. Tal pareciera que mientras otros conceptos que describen y engloban luchas sociales han crecido y se han hecho de capital importancia, la idea sobre el feminismo continúa rozando lo incómodo. Como si el interés y la reflexión sobre los derechos de la mujer aún pertenecieran a un ámbito que no se analiza en toda su profundidad y necesidad. Resulta cada vez más evidente que el feminismo se enfrenta a un enemigo muy concreto: a la mujer que lo considera superficial, inútil y hasta ofensivo dentro del concepto de lo femenino.

Pues bien, para mí las cosas no son tan sencillas. Ni mucho menos claras. No he podido acostumbrarme jamás al hecho que mi aspiración de igualdad de derechos legales, culturales y sociales, me convierta en un paria ideológico. Y seguiré luchando como pueda  — en todas las formas a mi alcance —  contra esa percepción a medias de lo que el feminismo  — o como yo lo concibo — desea obtener y sobre todo, lo que desea expresar como idea. Quizás la batalla  — personal —  más importante de todas.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.