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Ser egoísta también es un derecho

05/12/2017 12:07 PM CST | Actualizado 05/12/2017 4:11 PM CST

Getty Images/iStockphoto

La disyuntiva de ser madre o no serlo siempre acompañará a una mujer. No importa qué tan moderno sea el contexto que le rodee o las buenas razones que esgrime para tomar una decisión concreta sobre su cuerpo y su futuro. Hará unos cuantos años, un amigo me preguntó si valía la pena todo lo que tendría que sufrir al decidir ser fotógrafa y escritora en lugar de madre y esposa. Si estaba consciente del precio que suponía no desear tenerlo todo  — y sencillamente renunciar a esa noción de la mujer idílica —  en beneficio de mi labor creativa y la satisfacción de mis aspiraciones personales. Lo miré un poco sorprendida, porque la pregunta parecía llevar aparejada una cierta conmiseración que no comprendí muy bien.

—¿Me estás preguntando si lamento dedicarme a mi profesión? — inquirí, sorprendida. Se encogió de hombros.

 — A perder algo tan esencial como lo es tu parte de mujer real  — me explicó con cierta paciencia, como si estuviera convencido que no había ponderado la idea lo suficiente — , perder la oportunidad de ver crecer a tus hijos, de envejecer en pareja.

Me contuve de reír. La idea completa estaba salpicada de una extraña emotividad que no comprendí muy bien. ¿Alguna vez se le preguntaba a un hombre que toma las mismas decisiones que yo si lo lamentaba? ¿A algún escritor joven se le insiste si lamenta no solo el futuro que podría perder sino que además, se le censura de manera velada por el hecho de recorrer el camino menos transitado? ¿En algún momento de la historia un escritor, fotógrafo, pintor tuvo que soportar esa misma mirada de lástima y preocupación que se suele dedicar a la mujer que crea bajo sus propios términos y límites? Supongo que no.

Después de todo, a un hombre no se le define solo como padre y esposo y nadie espera que dedique su vida a complacer alguna noción ideal sobre la paternidad. La sociedad asume que un hombre tendrá opciones entre las cuales decidir, que lo hará sin presiones y sin tener que justificarse. Que no tendrá que soportar la crítica o la insistencia cultural sobre una idea específica. Que simplemente hará lo que un hombre hace y que no es otra cosa, que escoger como vivir.

—No creo que pierda nada, viviré lo que deseo vivir  — contesté por último —  fotografiaré, escribiré. Celebraré mis libros publicados, las exposiciones en que podré mostrar mi arte. Eso también es una aspiración válida. También es una importante visión sobre mi vida.

Todavía recuerdo la extraña mirada, mezcla de confusión e irritación que me dedicó mi interlocutor. Esa inquietud dura y desconfiada sobre mi punto de vista sobre el mundo. Y aunque la conversación terminó con mi comentario, continué teniendo la sensación que mi amigo era incapaz de explicar  — y explicarse — el motivo por el cual continuó sintiéndose incómodo, desconcertado y preocupado por lo que acababa de decirle. Como si esa perspectiva mía sobre lo que deseaba hacer no calzara con lo que se supone debería desear. Un pequeño prejuicio dentro de uno mucho mayor.

Sin duda, esa es la razón por la cual Virginia Woolf luchó con todas las armas a su disposición para dejar bien claro que una mujer podía crear, ser egoísta, casi cruel, romper el estrato que la obliga a concebir su cuerpo y su lugar en la sociedad como única aspiración creativa. Lo hizo, asumiendo que una mujer que crea tiene el mismo derecho y la misma libertad  — o debería tenerlo, en todo caso —  que un hombre. Un planteamiento difícil en una sociedad machista y conservadora como la que le tocó vivir.

Aún así, la escritora insistió en el tema y lo convirtió en toda una visión sobre lo que lo femenino podía ser. Hablamos del hecho de esa gigantesca deuda moral que a toda mujer se le exige satisfacer por el mero hecho de aspirar a la individualidad. Envalentonada por la idea, Virginia calculó que una mujer para dedicarse a escribir  — como ella lo hacía, como necesitaba hacerlo— necesitaba alrededor de 500 libras al año además de esa ideal habitación sencilla con la que estaba obsesionada y que describe incluso de manera tangencial en todos sus libros  . Una manera de construir un país propio, una libertad plena que no dependiera ni de la fantasía masculina sobre la mujer o mucho menos, de la imposición de la sociedad sobre lo femenino.

"No es sencillo ser una mujer que crea. Debes enfrentarte a ese empujón social que predispone que la mujer debe ser un dechado de virtud y de gentileza por naturaleza. Una mujer que crea es egoísta o lo será" se dice que una vez declaró Virginia Woolf a un grupo de asombrados contertulios que se revolvieron incómodos al escuchar semejante proclama de independencia. Recuerdo su frase en todas las oportunidades en que debo justificar mi decisión de no ser madre, que debo insistir se trata de una deliberada muestra de voluntad el hecho de dedicar mi vida a mis pasiones, antes que a una vida familiar.

Quizás, la sociedad siga sin entender que una mujer no tiene por qué "desearlo todo" para ser un individuo complejo y satisfecho. Y ese es un pensamiento preocupante que demuestra cuánto necesita madurar nuestra cultura y comprender en todo su alcance, la identidad femenina.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.