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No necesito ser madre para reafirmarme como mujer

19/04/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 19/04/2017 7:00 AM CDT
Instagram: aster_berlutti

La primera vez que leí el libro Rocking the life unexpected de la autora Jody Day no tenía idea que existía un nombre para mi certeza acerca del hecho que no necesitaba ser madre para convalidar mi identidad femenina. No obstante, el libro no solamente tenía una forma de definir esa notoria ausencia del llamado "instinto maternal" en mi vida, sino que además, le brindó un sentido sociológico y antropológico que me sorprendió. De pronto, no se trataba de una "excentricidad" o alguna pieza mal encajada en mi mente, sino un fenómeno medible y cuantificable que se hace cada vez más notorio.

Se llama "Generación NoMo" (no mothers) a todas las mujeres que deciden de manera deliberada y sobre todo consciente, no tener hijos. Se trata de un concepto novedoso sin duda, impensable hace unas cuantas décadas atrás, pero que en nuestra época se hace cada vez más frecuente y sobre todo, significativo. Y lo es por el hecho que para buena parte de las mujeres contemporáneas concebir se ha convertido en un derecho, pero también en una perspectiva concreta sobre su identidad. Una manera de asumir el enorme poder simbólico de comprender la maternidad como una opción, y no como una obligación impuesta por la sociedad y la cultura en la que nació.

Por supuesto, no se trata de algo sencillo de digerir. Mucho menos en continentes como el nuestro, donde el hecho de ser madre tiene ser connotación de triunfo personal que hace de la figura de la maternidad una forma de éxito. Ninguna familia tradicional y mucho menos, convencida del "santo deber de la concepción" parece muy dispuesta a entender que tener un hijo es una posibilidad y no una certeza inapelable. O al menos, la mía no lo está y quizás nunca lo esté.

Todo el mundo a tu alrededor espera que claudiques, que asumas tu lugar bajo el sol.

El día en que cumplí veinte años, una de mis tías mayores me obsequió una pequeña cesta de mimbre con botitas de bebé tejidas, una manta y un oso que habían pertenecido a mi prima mayor. Miré el inesperado obsequio sin saber qué decir o qué hacer.

— ¿Y qué hago con esto? — le pregunté.

— En unos años los vas a necesitar.

Cerré la pequeña cestita, le coloqué el lazo de papel que le había arrancado y le devolví la caja a mi tia. Me miró entre desconcertada e irritada.

— No creo que los utilice nunca — dije.

 — Eso lo dices ahora.

 — Y es tan válido como si lo dijera después. No quiero hijos.

Mi tía tomó la cesta de mimbre, muy ofendida. La vi cuchichear con una de mis primas  — casada y madre de dos —  y con otra de mis tías  — divorciada y madre de cinco, dos de ellos adolescentes insoportables — entre cuchicheos enfurecidos. Todas me dedicaron una mirada entre sorprendida y luego compasiva. Me refugié en mi copa de vino, que bebí a sorbitos, intentando pasar el mal trago de la conversación.

No fue la primera vez ni supongo será la última en que deba enfrentar una conversación semejante. Que yo recuerde, jamás he deseado ser madre aunque claro está, sé que se trata de un "deber" que se espera que toda mujer cumpla. Ya lo había visto en mi familia, en la vida de mis amigas más cercanas: el matrimonio era una necesidad que se manifestaba bien pronto y la maternidad, una celebración a un tipo de felicidad muy definida que yo no comprendía muy bien. Una perspectiva sobre el derecho a decidir sobre la propia capacidad para concebir ambigua y hasta tramposa.

No quiero ser madre por todas las buenas razones que alguien más si desearía serlo.

Después de todo, para la mayoría de la gente, tener un hijo no es una variable, es un hecho absoluto y no tenerlo, una excepción inconcebible. Todo el mundo a tu alrededor espera que claudiques, que asumas tu lugar bajo el sol, el hecho que ser madre es una necesidad social que debe satisfacerse lo más pronto posible. Una imagen arcaica y cada vez menos realista sobre las aspiraciones y expectativas de una mujer.

Pero en realidad, trata de una decisión personal. Una visión sobre el futuro que depende por completo de mi capacidad para entender lo que deseo crear y construir en mi futuro. Y eso, no tiene relación con el hecho de tener un útero. No quiero ser madre por todas las buenas razones que alguien más si desearía serlo. En medio de esa lucha discreta, en medio de ese debate, aprendí que está bien mi forma de mirar el mundo, que no hay nada equivocado por el hecho de tomar una decisión en contra de lo que asume la mayoría es normal. Quizás dentro de algunas décadas me arrepienta o quién sabe, quizás termine por convencerme que fue la mejor decisión que pude tomar. Cual sea el caso, será mi forma de ver el mundo, mi deseo expreso de libertad.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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