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Mereces vivir de lo que amas, que nadie nunca te diga algo distinto

06/09/2017 8:00 AM CDT | Actualizado 06/09/2017 11:19 AM CDT

oatawa via Getty Images
"Mereces vivir de lo que amas, que nadie nunca te diga algo distinto".

La primera vez que me pagaron por escribir tenía veinticinco años. Hasta entonces siempre había participado como colaboradora en publicaciones impresas y virtuales sin cobrar un centavo. Tampoco lo exigí y, cuando finalmente sucedió, me sorprendió muchísimo la posibilidad de ganar dinero justo por hacer lo que más amaba y lo que en apariencia mejor se me daba. Tampoco era sencillo: no nací en un país especialmente inclinado hacia la cultura y, tampoco, que fomente demasiado la creación artística.

De manera que tuve que luchar por mantenerme a flote como joven adulto independiente  — trabajar para vivir —  y convertirme en una escritora que deseaba precisamente escribir para vivir. Trabajar en lo que amaba siendo mujer en un país machista no resultó sencillo. En realidad, fue una prueba de fuego que atravesé, intentando decidir que necesitaba para obtener la libertad creativa que estaba convencida merecía. Al mismo tiempo, llevaba a cuestas la presión social de cualquier mujer de mi edad  — ¿piensas en matrimonio?, ¿qué pasa con tu futuro? —  y tomar decisiones muy específicas para continuar escribiendo, que al cabo era lo único que quería hacer. Ese "quiero todo" que parece rozar a cierto riesgo inmediato de la identidad, de las cosas que aspiras. De lo que deseas alcanzar.

Fue entonces cuando recibí uno de los mejores consejos que alguien me ha dado durante mi carrera como escritora en formación: "Respeta lo que haces. La creación es un trabajo. Y merece se le reconozca como tal. Puedes vivir de lo que amas". Me lo dio el editor de la revista que me contrató y que pareció enfurecerse por mi sorpresa por recibir paga por mi trabajo. Le recuerdo sentado, los ojos entrecerrados de irritación, el rostro tenso y preocupado.

 — Mereces vivir de lo que amas, que nadie nunca te diga algo distinto.

 — En Venezuela no es fácil crear y trabajar.

 — No importa. Difícil o complejo, debe ser tu objetivo.

No supe qué responder. Por años, me había enfrentado a varios prejuicios sobre la carrera vocacional y no siempre había salido bien parada de ellos: era demasiado joven, inexperta o solo era "mujer" como para escribir sobre temas considerados "serios". Nadie quería leer a una mujer hablando sobre política, cine o incluso, sobre literatura de alto calibre. O esa, era el restringido parecer de varias de las personas con las que me topé. Al final, todo resultó una especie de normalización de la discriminación. Una idea más o menos incompleta que me sorprendió, no tenía por qué ser cierta.

 — Vive para escribir bien. Y escribe bien para vivir  — concluyó el editor.

Claro está, no era la primera mujer que enfrentaba algo semejante y por supuesto, no sería la última. En el año 1928, Virginia Woolf la escritora insistió en el tema de la libertad para crear y lo convirtió en toda una visión sobre la labor creativa femenina. Virginia fue la primera escritora en cobrar como hombre. Una de las primeras en insistir en vivir únicamente de lo que podía obtener de escribir y publicar. Y sobre todo, una de las primeras mujeres en exigir respeto para su labor creativa. Más allá de ser madre  — que no lo fue—, esposa o hermana. En otras palabras, satisfacer el rol tópico que a toda mujer solía exigirse  — aún se hace —  por el mero hecho de ser ella misma.

Una de mis profesoras solía decir que la mayor lucha de la mujer no es por la igualdad y mucho menos, por la inclusión social, sino contra sí misma.

"No es sencillo ser una mujer que crea. Debes enfrentarte a ese empujón social que predispone que la mujer debe ser un dechado de virtud y de gentileza por naturaleza. Una mujer que crea es egoísta o lo será" se dice que una vez declaró Virginia Woolf a un grupo de asombrados contertulios que se revolvieron incómodos al escuchar semejante proclama de independencia. Recordé esa reflexión hará unos cuantos años, cuando un amigo me preguntó si valía la pena todo lo que tendría que sufrir al decidir ser fotógrafa y escritora en lugar de madre y esposa.

— ¿Me estás preguntando si lamento dedicarme a mi profesión?  — inquirí, sorprendida. Se encogió de hombros.

 — A perder algo tan esencial como lo es tu parte de mujer real  — me explicó con cierta paciencia, como si estuviera convencido que no había ponderado la idea lo suficiente — , perder la oportunidad de ver crecer a tus hijos, de envejecer en pareja.

Me contuve de reír. La idea completa estaba salpicada de una extraña emotividad que no comprendí muy bien. ¿Alguna vez se le preguntaba a un hombre que toma las mismas decisiones que yo si lo lamentaba?

—No creo que pierda nada, viviré lo que deseo vivir  — contesté por último —  fotografiaré, escribiré. Celebraré mis libros publicados, las exposiciones en que podré mostrar mi arte. Eso también es una aspiración válida. También es una importante visión sobre mi vida.

Resulta sorprendente que algo semejante no sea obvio. Pero no lo es. En la universidad, una de mis profesoras solía decir que la mayor lucha de la mujer no es por la igualdad y mucho menos, por la inclusión social, sino contra sí misma.

—Una mujer tiene el mismo derecho que un hombre a la libertad de posibilidades  — sentenció por último la profesora —  ahora solo resta que la mujer pueda aceptar que no debe disculparse por tomar una decisión semejante.

Una frase lapidaria sin duda y que nunca olvidé, porque resume que cualquier otra el hecho que a la mujer se le exige complazca a la sociedad, al mismo tiempo que intenta satisfacer su mirada personal sobre el mundo. La mujer que crea y toma decisiones en consecuencia sigue siendo un ave raris, un motivo de discusión e incluso, de rechazo. Más de una vez, el hecho que una mujer renuncie de manera voluntaria a ese aspecto tradicional de sí misma, resulta tan impensable como para convertirse en prejuicio.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.