EL BLOG

Los nuevos retos de la mujer del siglo XXI

24/05/2017 10:21 AM CDT | Actualizado 24/05/2017 10:21 AM CDT
AlexBrylov via Getty Images

De niña, estaba convencida que había algo mal en mí porque nunca me gustó jugar con muñecas. No, no se trata que las considere inservibles, que crea que tienen algún complejo significado ideológico o que el mero hecho de jugar con muñecas — o no — simbolice algo más que lo obvio. La cuestión es algo más simple: Mis primeros compañeros de juego fueron libros y objetos extravagantes que encontraba en la muy poco convencional casa de mi abuela.

Luego, me hice adicta a las cámaras.Y seguían sin gustarme las muñecas. Los adultos me miraban de reojo, se reían con paciencia y decían "ya se le quitará lo varoncito". Más adelante, siendo una adolescente, seguí obsesionada con los libros y las cámaras. Y descubrí otra cosa también: tampoco me entusiasmaba la idea de la maternidad, el matrimonio y las grandes historias de amor que al parecer obsesionaban a las mujeres de mi edad.

Jorg Greuel

En un país donde la mujer se le celebra la figura tradicional de la mujer, decidir conscientemente que no lo serás, es algo que te lleva a ese lugar un poco incómodo de quienes no tienen nombre inmediato, a una cierta marginación que por mucho tiempo fue muy evidente.

Sin embargo, que sorprendente es de pronto encontrar que no estás sola en esto de asumir que la maternidad ni tu estado civil te definen, que puedes prescindir de cualquier titulo y circunstancia para disfrutar mejor tu vida. ¿Quién eres cuando te miras al espejo? ¿Quién eres sin definirte mediante un rol? ¿Como es tu sonrisa cuando descubres el poder que tiene tu independencia y tu capacidad para celebrar tu valor? El poder de la feminidad sin el peso de lo tradicional, sin la carga cultural de mirarte a través de tu capacidad biológica para concebir. La mujer que crea con arte y muestra un rostro de la pasión.

Mis primeros compañeros de juego fueron libros y objetos extravagantes que encontraba en la muy poco convencional casa de mi abuela. Luego, me hice adicta a las cámaras".

Recordé esa anécdota años después cuando encontré en la biblioteca de mi casa un libro que sin duda, cambió mi vida para siempre. Leí "La Mujer Rota" de la escritora Simone de Beauvoir cuando era aún una adolescente. No lo comprendí, por supuesto. Aún no tenía la experiencia, la visión para hacerlo. Pero igualmente me cautivo, me sorprendió, me inquietó. Porque si algo podría decir del libro, este largo monólogo de la feminidad que se analiza a sí misma con una durísima mirada cruel, es que no deja indiferente a nadie.

Corbis via Getty Images
La escritora francesa Simone de Beauvoir (1908-1968).

Y por supuesto, no me dejó indiferente a mí, que con 16 años comenzaba a cuestionarme por qué debía obedecer lo que la tradición y la cultura donde nací intentaban imponer casi a la fuerza sobre mi identidad. Esa noción sobre el deber ser con el que toda mujer tropieza de vez en cuando. No es sencillo entender que la sociedad en la que creces tiene ideas y perspectivas muy definidas sobre quién puedes ser y qué puedes aspirar. Límites, restricciones y fronteras que intentan definir tu individualidad aunque te resistas a la idea.

No me dejó indiferente a mí, que con 16 años comenzaba a cuestionarme por qué debía obedecer lo que la tradición y la cultura donde nací intentaban imponer casi a la fuerza sobre mi identidad".

Claro está, nadie se cuestiona de esa manera tan clara. Pero sabes, sin lugar a dudas, que tu identidad es mucho más compleja que las ideas que la sociedad en la que naciste trata de imponerte. Está la incomodidad, esa ligera sensación de inquietud. O al menos a mi me ocurría. Y no sólo con asuntos tan intrascendentes como jugar con muñecas, como me veía o debería verme.

Comenzó a preocuparme que buena parte de mis escritores favoritos fueran hombres porque así lo había aprendido, que casi todas las heroínas televisivas y cinematográficas con las que me tropezaban fueran apenas una apéndice del masculino, una figura preciosa y desdibujada que parecía perderse en la historia. Y me comenzó a inquietar también, esa otra realidad tan sutil como desdibujada, la de todos días. La que forma parte del cotidiano cuando vives en un país machista como el mío: las calles llenas de niñas embarazadas, los periódicos llenos de noticias de mujeres golpeadas y violadas.

Esa noción sobre la desesperanza y el fatalismo latinoamericano que parecía tan relacionado con las mujeres, con lo femenino y su legado. De pronto, me encontré preguntándome si había algo en mi, en mi género y mi manera de ver la realidad para que el mundo se empeñara en verme como algo secundario, accesorio, dependiente por completo de una idea aparentemente superior.

Millones de mujeres antes que yo y con toda seguridad, cientos después de mi, se preocupan por los mismos temas".

He releído el libro tantas veces que en ocasiones estoy convencida forma parte de mi vida y de mi forma de pensar en cien maneras secretas. Con frecuencia, recuerdo varios de sus párrafos y me encuentro pensando en que esa inconformidad, esa preocupación constante no se era algo accidental, tampoco una rareza. Millones de mujeres antes que yo y con toda seguridad, cientos después de mi, se preocupan por los mismos temas, por los mismos extremos, por los exactos problemas que me inquietaban a mi. Y todo ese conjunto de preocupaciones e inquietudes, tenían un nombre.

O mejor dicho, una dirección. Una intención formal que puede tener mil formas de definirse — feminismo, búsqueda de la equidad, lucha de valores y derechos — pero que tiene la misma conclusión: la idea de una mujer libre de toda etiqueta social.

Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

También te puede interesar:

- 7 recomendaciones de libros LGBT para jóvenes

- Tengo 30 años, no tengo ni marido ni hijos, pero me siento realizada, así que déjenme en paz

- De contingencias, incompetencias y muchas incongruencias