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Los dilemas de la mujer creativa

14/06/2017 7:00 AM CDT

Getty Images/Moment RF

Hace unos días leía la historia de Mary Wollstonecraft, madre de la escritora Mary Shelley y una mujer que debió sobrellevar una vida trágica y compleja. No solo se trató que fuera una libre pensadora adelantada a su tiempo, sino que de alguna manera, esa noción de la mujer con capacidad para comprenderse a través de la idea, la condenó a un tipo de ostracismo social del que nunca pudo zafarse.

Murió marginada, destrozada por el prejuicio de su época y aplastada por el habitual anonimato al que la historia somete al sexo femenino. Unas décadas después, su hija crearía un monstruo literario espléndido tan solitario y aislado como ella, en una alegoría inquietante de la que quizá la brillante escritora no fue del todo consciente.

Como escritora y artista en formación, de vez en cuando me sobresalta el pensamiento que como tantas otras mujeres de la historia, Mary Wollstonecraft pareció destinada de origen a carecer de nombre e importancia. Como si el mero hecho de ser mujer  — esa percepción de la feminidad como un todo que estigmatiza y elabora una identidad esencial cultural —  no solo convirtiera el arte creado por mujeres en una especie de curiosidad cultural sin mayor importancia, sino en una idea abstracta sobre la que no se medita demasiado.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la mujer artista  — la personalidad creativa femenina —  fue considerada una especie singular.

Después de todo, hasta hace relativamente poco tiempo, la mujer artista  — la personalidad creativa femenina —  fue considerada una especie singular, un rara avis de la que se comprende muy poco. Pocas décadas atrás, la mujer que creaba, simplemente no existía.

Siempre supe que deseaba fotografiar y escribir. El "siempre" asumido como una idea que nació en algún momento de mi adolescencia y me acompañó durante toda mi primera juventud. Creaba con la compulsión de la niñez, con esa obsesiva necesidad de la novedad y con el transcurrir del tiempo, descubrí que expresar ideas complejas a través de mi producción artística  — ya fuera fotografiando o escribiendo —  era parte de mi visión del mundo.

No obstante, para quienes me rodeaban, no resultaba tan sencillo. Mucho menos comprensible. Más de una vez me tuve que enfrentar a esa incredulidad, a esa exigencia de "sentar cabeza" que parecía condenar mi vocación artística a una cierta perplejidad espontánea carente de verdadera sustancia.

"Es una etapa, ya se te pasará. Todos empezamos en la vida queriendo ser artistas, ser famosos, ser reconocidos. Escribimos, pintamos, bailamos. Creemos que es fácil hacerlo y nos emociona creer que seguiremos en eso toda la vida. Pero solo es una etapa, créeme",  me dijo en una ocasión una de mis profesoras de secundaria, que impartía la asignatura de Literatura con cierto desgano práctico. Lo hacía por un salario, para cumplir cierta función educativa, no por pasión y más de una vez lo admitió en voz alta con toda tranquilidad. Y por supuesto, le llevaba esfuerzo entender mi amor por la palabra escrita, mi definitiva necesidad de asumir el mundo a través de la literatura.

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Su punto de vista me dolió. No solo porque pareció desacralizar mi idea sobre la necesidad artística, sino que la vulgarizó, convirtiéndola en un mero capricho pasajero. Ya por entonces, yo consideraba escribir era una idea importante. Lo suficiente como para que abarcara una buena parte de mi vida, como para que formara parte de mis aspiraciones y, sobre todo, esa expresión personal que todos tenemos sobre nuestra forma de comprendernos.

Por ese motivo, no podía comprender la pasividad de la profesora, la manera superficial como asumía mi impulso creativo. Pero ella continuó haciéndolo durante todo el largo año que fui su alumna  — recordándome cada vez que podía que ser escritor era un asunto largo y tedioso, que en realidad no formaba parte del mundo de la mujer —  hasta que finalmente me rebelé contra esa percepción simplista y llana de la creación de la mejor manera que podía: escribiendo.

 — ¿Y esto qué es? —  me preguntó cuando dejé en su escritorio un fajo de hojas escritas a mano. Me las arreglé para sonreír.

 — Un regalo para usted.

El "regalo" era por supuesto, toda una provocación: un cuento donde una criatura sebosa y peligrosa, muy parecida a la profesora, acechaba en los pasillos de un colegio idéntico al mío. Las escenas, abigarradas y llenas de referencias nada disimuladas a los monstruos fabulosos de Lovecraft, convertían a la mujer pasiva e insulsa del aula en una aparición imposible, temible, peligrosa. Hubo un mensaje muy claro sobre el significado del impulso creativo, que aunque dudo que mi profesora entendiera, me recordó el poder de persistir en las ideas.

Hace poco leía que María Fernanda Ampuero, escritora y periodista de Ecuador, ponderaba sobre el hecho que la mujer que escribe es un fenómeno reciente en nuestra patriarcal, machista y conservadora Latinoamérica. Hasta hace muy poco, la mujer creativa de nuestro continente debió enfrentarse a esa dicotomía insistente entre lo que la historia requiere de ella y algo más abstracto. Por ese motivo, sigo preguntándome cómo concibe la cultura donde nací a la mujer que crea  — que construye —  y si esa percepción comienza a evolucionar. O en todo caso a transformarse en algo mucho más profundo de lo que es.

Por ahora, sigo intentando comprender el sentido de esa idea creativa femenina y, sobre todo, la manera como concibe a un nuevo tipo de artista. Que intenta no definirse a través de una tradición cultural y mucho menos, una opinión cultural.

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*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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