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La superheroína que habita en cada una de nosotras

23/02/2017 7:00 AM CST | Actualizado 23/02/2017 7:00 AM CST
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Cuando tenía diez años mi mamá me obsequió el disfraz que por semanas enteras le había pedido y que resultó ser no el de la bella bailarina que miró embelesada en el aparador de la tienda, o el de la preciosa Blancanieves que según ella, me quedaría espléndido, sino el del Zorro. Sí, el personaje televisivo, con su capa de satén barato y su sombrero con ala de cartón. Entre resignada y fastidiada, terminó comprándolo luego de comprobar que no podría convencerme de otra cosa. Nunca me sentí más feliz.

Me recuerdo a mí misma fascinada por el traje negro mal cortado y la espada de plástico al cinto, imaginando que cabalgaba por los paisajes desolados de una Baja California que solo existía en las escenas de la vieja serie. En el mundo real, mi mamá sacudió la cabeza con cierto cansancio.

 — Deberías ser más femenina — me aconsejó al final.

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No le hice caso. Seguí usando mi traje de Zorro hasta que me quedó pequeño. Lo llevé a todas partes, en donde también, otras tantas madres decidieron aconsejarme sobre mi comportamiento "tan machorro". Tampoco le obedecí a una de mis tías cuando unos años después me recomendó "maquillarme los labios para verme más hermosa", "llevar vestido", "sonreír cada vez que puedas", "no levantar la voz que ninguna dama lo hace". La verdad, me volví muy desobediente a medida que lo que debía hacer o decir se hacía más restringido y aburrido, a pesar que con el correr del tiempo comprobé que el asunto de cómo ser femenina era algo más que insistencia de mi madre o mis parientes.

Se trataba de una opinión que estaba en todas partes. Nuestra cultura parece estar obsesionada con el hecho que toda mujer encaje en esa mirada un poco idealizada que se tiene sobre ella, a pesar que esa definición no es muy justa para quien debe llevarla a cuestas. "Ser mujer" — así, entre comillas y sin mayor explicación — es un deber con el que nadie sabe lidiar muy bien.

Hay algo intimidante en la sensación de encontrarte en la periferia, incapaz de estar cómoda en tus huesos y en tu identidad

Lo sé por experiencia propia. Nunca he sido muy femenina o al menos, según los cánones venezolanos. Me enfrento cada vez que puedo al constante e incómodo debate, y hasta grosero, sobre cómo una mujer debe lucir, hablar o comportarse. Y eso puede ser problemático en una cultura que está convencida que puede decirme qué hacer o no. En Venezuela, eres la mujer decente, la madre feliz o la soltera en espera. Más de allí, habrá problemas. Sobre todo, en una sociedad con una notoria necesidad de señalar a la mujer que no está ansiosa por ser madre, ni tampoco, desea ser definida por otra cosa que su identidad. De una u otra forma, esa necesidad mía de no definirme por lo que puede hacer mi útero o por mi estado civil suele convertirse en algo más incómodo. En críticas y señalamientos, en burlas y chistes. En una constante presión social.

Y ocurre porque el concepto de lo femenino como lo vemos en Venezuela — y supongo que en el resto de Latinoamérica — se queda a medias sobre lo que una mujer actual puede ser. Nadie parece saber muy bien que hacer con las estrafalarias, las contestonas, las enojonas, las firmes, las independientes, las que no quieren verse siempre "hermosas" ni tampoco impecables. Las mujeres que no obedecen ninguna regla invisible y no les interesa hacerlo. Las que disfrutan de su independencia moral y espiritual. Las que no sienten deben dar explicaciones por ser diferentes, fuertes e inclasificables.

Tal vez por eso, siempre he tenido la sensación de mirarme en el espejo para intentar asumir esa diferencia como algo visible, parte de lo que soy. "¿Quién es esta mujer que no calza en ninguna parte?" me pregunto con frecuencia y la respuesta no siempre es sencilla. Hay algo intimidante en la sensación de encontrarte en la periferia, incapaz de estar cómoda en tus huesos y en tu identidad. Pero llegado a cierto punto, eso se convierte en algo bueno. En una forma de plenitud significativa. A veces, en el reflejo espiritual que te recuerda lo correcto y liberador que puede ser que nada te defina. Descubrir que la libertad personal comienza justamente por esa conexión profunda, tan fuerte y tan poderosa de la feminidad con algo más íntima  — siempre distinto —  en tu mente.

Tal vez sea una cuestión de convencernos que ser mujer va más allá de lo obvio y está muy cerca de la fuerza, el poder y la pasión. Una mirada privada a la individualidad y lo que nos hace ser quien somos.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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