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La religión y la bruja: una vieja batalla de ideas

07/02/2018 8:00 AM CST | Actualizado 07/02/2018 9:51 AM CST

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En su primera homilía del año el Papa Francisco definió el papel de la mujer dentro del seno de Iglesia: "El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer". Como si el papel  — y la mera existencia de la mujer —  pudieran resumirse a la percepción de su capacidad reproductora.

En la reflexión, pareció insistir en esa percepción sobre el papel accesorio o secundario de lo femenino dentro de lo eclesiástico. Leyéndole, volví a preguntarme hasta qué punto la mujer continúa siendo prisionera de un concepto sobre su capacidad intelectual y moral, sujeto a todo tipo de prejuicios, dolores y caprichos históricos sin el menor valor real. Porque a pesar que en nuestra época la Iglesia haya perdido parte de su influencia sobre la vida y la cultura de nuestra sociedad, continúa siendo referencia moral e incluso ética de un buen número de personas alrededor del mundo. Por lo tanto, resulta inevitable cuestionarse qué tan dañina puede resultar esa visión sobre la mujer tan restringida a su papel tradicional.

No es la primera que me atormenta una imagen semejante. Una vez pregunté a una de las monjas del colegio donde me eduqué por qué aceptaba ejercer aquel papel pasivo, sumiso y servil dentro de la jerarquía eclesiástica. Se lo pregunté no por reproche, sino por sincero asombro. ¿Su respuesta? Una larga discusión sobre el valor de la humildad y luego, castigarme sin recreo por dos semanas. Lo previsible supongo.

Por años, la religión fue una manera de control moral que ejerció poder absoluto sobre la mujer.

Años después, ya estando en la universidad, alguien me comentó que aquella misma mujer  — una cuarentona irascible y áspera que siempre pareció indudablemente triste —  había abandonado la escuela, colgado los hábitos y era maestra de escuela en un lugar remoto de Venezuela. Y se había casado. La noticia me alegró pero sobre todo me conmovió. La comprendí como una liberación, una manera de expresar una opinión sobre el mundo y sí misma.

Por años, la religión fue una manera de control moral que ejerció poder absoluto sobre la mujer. Siglos, donde lo eclesiástico condenó a la mujer por el mero hecho de serlo. La religión como mordaza, como huella moral que parecía exigir de la mujer silencio, una lenta castración de su espíritu. No obstante, la mujer de esta época comprendió finalmente que la religión no es una soga moral que impone un criterio, sino una manera de crear. ¿La prueba? El auge de creencias donde la divinidad femenina es protagonista, la necesidad de un encuentro de lo esencial de la divinidad creacionista en contraposición con la mecanicista. Una manera de fe que libera, no limita.

Tal vez por ese motivo, a la mujer poderosa se le llamó bruja. Desde la amenaza hasta la terrorífica, a la mujer poderosa siempre se le miró con profunda desconfianza, una visión que la Iglesia perpetuó por siglos. Aún así, su figura persistió en todo tipo reinvenciones y conceptos en la cultura pop, empeñada analizarla y encumbrarla como epítome del mal y cierta belleza misteriosa. La malvada y espléndida Bruja Blanca de las Crónicas de Narnia del escritor C. S. Lewis, la inquietante figura de piel verde del Mago de Oz, las brujas exquisitas e inquietantes de Roald Dahl.

¿Soy una bruja? Sin duda, y lo soy por el simple hecho que considero que la identidad femenina necesita un replanteamiento dentro de lo social

Pero cada una de esas figuras simbólicas proceden de versiones mucho más antiguas: La Baba Yaga que acecha en el bosque y vuela por los aires, para castigar a los niños desobedientes. La Dama muda y temible, que aparece en medio de la oscuridad, para seducir a los incautos. La mujer sabia que aguarda en el centro de bosques milenarios para contar historias, para preservar la memoria de la tribu. La bruja — como expresión femenina, como poderosa visión del bien y del mal —  ha sobrevivido a pesar de su transformaciones, la violencia y la distorsión de la metáfora sobre el poder de la mujer, hasta alcanzar una dimensión por completo nueva, desconocida y mucho más poderosa de lo que nunca fue.

La bruja engloba el poder de la mujer que lucha contra lo convencional y por eso, su simbología es más fuerte en la actualidad de lo que nunca lo ha sido. Las mujeres del mundo levantan pancartas, salen a la calle exigiendo derechos. Se enfrentan a límites, prejuicios y dolores. Las mueve el valor, se hacen visibles en una lucha ciega contra esa línea que parece encerrarlas dentro de un concepto muy pequeño y estrecho. La mujer moderna se enfrenta contra la tradición que intenta limitarla a un estereotipo idealizado y dolorosamente limitado y quizás por eso, la noción sobre el poder femenino sea tan bienvenido y se celebre de tantas maneras distintas.

¿Soy una bruja? Sin duda, y lo soy por el simple hecho que considero que la identidad femenina necesita un replanteamiento dentro de lo social: la aceptación de la diferencia como parte de la inclusión intelectual. ¿Suena complejo? Lo es, claro. Pero aún más, es necesario y de enorme valor cultural.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.