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La puta, la santa y la loca: la mujer actual y su lucha contra los estereotipos

14/02/2018 6:00 AM CST | Actualizado 14/02/2018 6:00 AM CST

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Tal vez la palabra puta no tenga la contundencia de antaño, pero continúa sin gustarme.

En una ocasión leí que para ofender a una mujer, se debe al menos recordarle que debe pertenecer a cierto ámbito tradicional y que no serlo, la condena a la marginación social y cultural. Una idea dolorosa e inquietante, pero que refleja ese prejuicio tan antiguo y poderoso sobre la mujer que construye una visión de su vida a la altura de sus expectativas y no de la sociedad que la mira desde cierta distancia crítica. Además, se trata de un pared sólida de prejuicios que mantiene a la mujer en un restringido espacio social que sostiene esa idealización sobre lo femenino que resulta agobiante en la mayoría de los casos. Una mujer "debe" calzar en el estereotipo histórico o sino, asumir la idea que será censurada, execrada y golpeada por la opinión cultural.

Quizás por ese motivo puta es una palabra tan popular. O así pareciera: se utiliza como interjección, insulto, incluso en tono bromista, casi cómplice. Tal vez la palabra puta no tenga la contundencia de antaño, pero continúa sin gustarme. Me produce cierto malestar lo que aún se percibe de ella. Me refiero en concreto, a esa idea un poco general que denota la palabra y que implica no solo nuestra opinión sobre el comportamiento femenino, sino nuestro juicio sobre él. Porque la "puta" sigue siendo la mujer que se condena, que se mira de reojo, a la que se puede insultar por tomar su cuerpo, personalidad e identidad y hacer con ellos lo que bien pueda parecerle.

Claro, sé los orígenes de la palabra. Es un sinónimo peyorativo de la palabra prostituta. Pero si bien "meretriz", "prostituta" y otros adjetivos parecidos definen lo que los griegos llamaban "porne", derivado del verbo pernemi (vender), puta sugiere algo más. Porque la puta es descarada, no disimula la vergüenza que se supone debía causarle su identidad como "mercader del sexo". Así se lee al menos en demenciales tratados del siglo XIV sobre la sexualidad femenina. Bueno, seamos claros: no se hablaba sobre lo que no existía.

La mujer que rompe el anonimato, que camina por la calle con paso firme, la que se lleva a la cama al hombre que prefiere y como quiere, esa, era la puta por excelencia.

Para el medioevo la mujer no tenía derecho a sentir placer, a desear, a disfrutar de su cuerpo. La mujer era un subproducto divino, vía directa de la costilla del célebre Adán, cuya única función, además de tener niños  — los más posibles —  era tentar la conciencia masculina. De la manera que la sexualidad para la mujer se resumía y se restringía a engendrar y parir.

Para todas las que no aceptaban eso, para las que simplemente disfrutaban de manera natural del placer, para las que soltaban carcajadas durante el sexo, para las que gozaban de la libertad de fornicar, había una palabra. Puta. Y puta del diablo, si además cometías el improperio de saber leer, escribir o tenías la osadía de pensar. De manera que bien pronto, la "puta" ya no era la "ligera de cascos" como se diría en español castizo, sino la que infringía la sagrada norma de no "atenerse" a lo que se esperaba de ella, a lo que se suponía era propia de la feminidad.

Puta le gritaron a Juana de Arco al quemarla, puta le gritaron a Cristina de Suecia más de una vez (y con todo y lo reina que era), y mucho se habló de lo "puta" que era Isabel I de Inglaterra, a pesar que también se le llamó la reina "virgen"  — cosa dudosa, o al menos eso quiero creer — y se reconoce su reinado como "la edad de Oro" inglesa. Porque puta es la que transgrede ese orden supuestamente divino y procaz de la mujer supeditada al hombre, de la mujer colgada del brazo del marido de turno, la mujer invisible. La mujer que rompe el anonimato, que camina por la calle con paso firme, la que se lleva a la cama al hombre que prefiere y como quiere, esa, era la puta por excelencia.

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Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley.

Hay un caso histórico que siempre me ha estremecido. Poca gente lo sabe, pero madre de la escritora Mary Shelley fue una gran luchadora social y una mujer adelantada a su tiempo. Mary Wollstonecraft fue una mujer extraordinaria, un portento de inteligencia y fuerza de voluntad. Pero digamos que vivió en una ruptura de épocas equivocada: de haber nacido un poco después, habría sido tratada con la sonrisa casi complaciente con que vivió George Sand y sus contemporáneos. Nacer en pleno apogeo de ideas que parirían después la Revolución francesa la condenó a una especie de abismo angustioso: porque se hablaba de igualdad, pero entre hombres.

Ninguno de esos grandes filósofos de la reforma, de la revolución, los pensadores del nuevo orden se molestaron un momento en analizar el papel de la mujer en la sociedad. Para ellos ya lo tenían: parir, cuidar al marido, permanecer en casa. De manera que nadie se refirió a la mujer invisible, ¿que falta hacía?

Qué tragedia para la inteligente y fuerte Mary. Qué sufrimiento, aprender a leer y descubrir las ideas novedosas, paladear su profundidad y tener muy claro que jamás la incluirían. Porque era puta. ¿Y por qué era puta? Porque pensaba. Porque le encantaba la compañía de jóvenes estudiantes que no tenían pruritos para debatir en gritos los argumentos de los nuevos tiempos. Porque decidió irse a la cama con un hombre y tener un hijo suyo (la Gran Mary Shelley, como comenté) sin casarse. Porque decidió vivir su vida como mejor le pareció. Eso la calificaba como "puta", en tiempos donde la palabra no solo definía un oficio sexual, sino la rebeldía de la mujer. Puta le llamaron a las brujas, a las que deseaban estudiar, a las que se atrevieron a levantarse el velo y sonreír al hombre de su preferencia.

Pienso en Mary Wollstonecraft cada vez que analizo el estereotipo de la mujer histórica que todas las mujeres de mi generación se dedican a contradecir. Una ruptura con el tópico de lo que la mujer "debe ser" a través de una idea recurrente sobre el género que resulta incompleta para definir a la mujer actual. Y me hace sonreír pensar que quizás Mary  — la puta —  habría sonreído por toda la nueva generación de mujeres que le hacen honor a su voluntad, fuerza y perseverancia. Un homenaje indirecto que celebra a lo femenino de una manera tan nueva como extraordinaria, tan sentida como conmovedora.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.