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La (muy engañosa) promesa de la eterna juventud

07/06/2017 6:00 AM CDT
Getty Images/iStockphoto
Beauty and health concept - face covered with cracked surface - symbol of dry skin and stress

Desde que rebasé la barrera imaginaria de la treintena, la mayoría de la gente que conozco parece francamente preocupada por mi soltería, por mi decisión de no tener hijos e, incluso, por cosas tan personales como mis planes hacia el futuro.

En más de una oportunidad, he tenido que sostener incómodas conversaciones con familiares y amigos que insisten que alcancé lo que no dudan en llamar "el límite de la juventud" y que ya es hora que de "sentar cabeza", lo que sea que eso signifique. Los escucho con paciencia y cierto buen humor.

 — Gracias por preocuparte, pero me siento muy bien con mi edad y con mi vida  — suelo responder —  la verdad, llegar a la tercera década de mi vida me hace sentir más cómoda que nunca en mis huesos.

La juventud se asume como necesaria, inevitable, estrechamente relacionada con el éxito.

La afirmación no complace a nadie. De vez en cuando provoca risitas nerviosas, cuando no una franca incomodidad que tiene directa relación con la incapacidad de mi interlocutor para comprender mis razones, para vivir mi vida sin atender al cronograma de la tradición cultural. En una ocasión, una de mis tías intentó explicar de manera más o menos didáctica el motivo de su inquietud.

 — Esta época necesita creer que siempre vamos a ser jóvenes. De manera que hacerte mayor es una manera de ir en contra la corriente de esa percepción casi inocente sobre la edad.

— En nuestra época, la vejez es una especie de temor colectivo  — le digo a mi tía — ¿A eso es lo que te refieres?

 — No. En realidad a lo que me refiero es que nadie quiere aceptar que algún día envejecerá.

Mi tía lo dice con toda seriedad y, aunque la reflexión parece exagerada, e incluso un poco dramática, comienza a tener sentido si miramos a nuestro alrededor: en ocasiones nuestra sociedad parece haberse detenido en una adolescencia perpetua.

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Se aupa y se insiste en una belleza irreal. O, lo que es lo mismo, una visión de la generación de relevo que desaparece en un limbo entre dos extremos de una visión borrosa del futuro y la construcción de un presente irregular. Un mundo perfecto, basado en expectativas inalcanzables y que desarrolla ideas distorsionadas sobre la identidad, crea una ilusión sobre quienes somos  y, sobre todo, de quienes seremos, poco menos que preocupante.

Hace unos años, el crítico de cine A.O Scott se refería al mismo tema en un extraordinario ensayo publicado por el New York Times, en el que habla sobre lo que llama "las cifras patriarcales". Scott, que analiza la cultura occidental a través de los mensajes y metamensajes de la televisión y la cinematografía actual, insistía que la edad de los personajes principales  — masculinos y femeninos —  en series y películas de alta factura se ha reducido drásticamente en la última década.

Para el crítico, esa disminución en los estereotipos de referencia  — la visión del líder cultural y social, el apoyo de historias y nudos narrativos —  parece sugerir que el hombre y la mujer actual se consideran cada vez más jóvenes, a pesar de la biología.

¿Qué ocurre cuando tocamos ese límite de lo que se considera representativo de la era en que vivimos?

En otras palabras, la juventud se asume como necesaria, inevitable, estrechamente relacionada con el éxito y, sobre todo, como elemento indispensable de una interpretación sobre nuestra imagen social muy específica. Por supuesto que Scott analiza el planteamiento mirando el mundo del cine y de la televisión como un reflejo de cultura popular, lo cual puede limitar su reflexión a un ámbito muy específico.

Pero aún así, es una forma de comprender qué está ocurriendo mientras los rostros en las pantallas, portadas de revistas e internet se vuelven mucho más jóvenes. ¿A dónde ha ido la edad adulta? ¿Qué ocurre cuando tocamos ese límite de lo que se considera representativo de la era en que vivimos?

Por años se ha insistido que "la adolescencia es un invento del siglo XX": el producto de un aumento de la calidad de vida, lo que conlleva más tiempo libre y una mayor capacidad de identificación. Somos individualistas, ególatras. También disfrutamos de un proceso más largo de educación. Por supuesto, son interpretaciones arbitrarias: es difícil definir qué es en realidad la juventud, mucho más aún durante un siglo que se caracterizó por sus avances médicos y cosméticos. La aparente juventud eterna.

No obstante, lo realmente complejo es definir la edad adulta emocional, lo que nos hace ser parte de una visión más nebulosa de la personalidad del hombre y la mujer actual.

Quizás, todo se trate que alcanzamos un momento histórico donde la edad adulta ya no se asume necesaria e inevitable. El primer síntoma es la imagen imperecedera. Pero, ¿qué hay más allá? ¿Qué se comprende cuando el mecanismo de lo social parece avanzar en un ritmo sin sentido y caótico? Con mis treinta años cumplidos, me pregunto si en unos años la adultez se convertirá en otra idea cultural a la cual tendremos que vencer. O, simplemente, una de las tantas que se desdeñará con su incapacidad para definir a una nueva generación.

No lo sé, me digo mirándome en el espejo con una sonrisa. Quizás se trate de otra forma de lucha personal.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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