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La mujer: un objeto consumible y del cual te puedes reír

09/08/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 09/08/2017 10:57 AM CDT

Jamie McDonald/Getty Images
"Pienso en la mujer que soy, en la que quiero ser y que no tiene ningún parecido con ella, la que el mundo parece aceptar".

El machismo está en todas partes. Dicho así, la frase tiene algo de melodramático e incluso, cierto aire de ese victimismo hueco que se le suele achacar de manera muy superficial a cualquier idea que englobe la equidad de género. No obstante, de vez en cuando descubres que es una idea más cercana de lo que parece. Sobre todo, más peligrosa. Y sí, está en cualquier partes, disimulada entre lo cotidiano y normalizada en una especie de percepción sobre la discriminación muy sutil.

Hace unos meses almorzaba con un grupo de amigos, cuando alguien dijo el siguiente chiste: "Quiero a una mujer con el mismo coeficiente intelectual que cc de silicona". Todo el mundo a mi alrededor se echó a reír y quizás por ese motivo fue mucho más evidente mi silencio en medio de la carcajada general. El bromista, a quien conozco un poco luego de varios años de tropezarnos aquí y allá por razones laborales, me dedicó una mirada socarrona.

—¡Cómo eres de sensible! — dijo — es un chiste, ya todos sabemos que eres "seriecita".

No respondí. Alguien carraspeó la garganta con evidente incomodidad. Me volví para mirar a A., sentada a mi lado. Es una mujer a la que también se le podría llamar "seriecita", aunque en su caso, parece que el estereotipo no le gusta demasiado. No la escuché reír y tampoco comentar nada al respecto. Pero evidentemente se encontraba tan incómoda como yo.

Por supuesto, nadie me responde. La conversación sigue su curso, aunque la incomodidad continúa allí. Pasado un rato, el bromista aparece cerca del lugar donde me encuentro sentada, ajena a las conversaciones a mi alrededor y se sienta a mi lado.

Debo decir, que a pesar de su chiste de mal gusto, es un hombre que aprecio: como amable profesor universitario, es irreprochable.

 —No lo dije por ti, obviamente — me aclara. Suspiro. ¿Eso es una disculpa? El caso es que no me importa si lo hizo por mí o no. Tampoco me interesa saber por qué le parece tan desproporcionada mi reacción. Lo que me importa saber  — y no le pregunto —  es por qué le parece que burlarse de la inteligencia femenina es un recurso gracioso, es un golpe de efecto que cosecha carcajadas, como de hecho sucedió. Y de pronto, el pensamiento me sacude. Vamos Aglaia, que todo el mundo rió en voz alta. El problema no es la broma grosera, es quien la encuentra graciosa. ¿Entiendes el punto?

—¿Por quién lo dijiste? — pregunto.

No sé qué espero que me responda o siquiera que lo haga. Me sorprende haberlo planteado en voz alta, de hecho. El bromista también parece sorprendido: parpadea, carraspea la garganta incómodo.

—Por nadie. Es un chiste.

—¿Por qué lo es?

—Porque sabes bien lo que ocurre con las mujeres en este país. Un par de lolas valen más que una una toga y un birrete.

Aja. Allí está el meollo del asunto. Allí está el misterio de la broma, la risa y la incomodidad. El bromista se encoge de hombros, con el rostro coloreado de una súbita vergüenza. Debo decir, que a pesar de su chiste de mal gusto, es un hombre que aprecio: como amable profesor universitario, es irreprochable.

Lo miro, con sus anteojos de metal, su traje pasado de moda y me pregunto cual es su percepción sobre la mujer y si realmente es esa con la que se disculpa. ¿Es suficiente su explicación sobre el motivo de la broma? Estoy exagerando, hasta yo lo sé. Estoy bastante consciente que yo sola no puedo luchar contra años de cultura y sociedad, que las mujeres han logrado más en seis décadas que en toda la historia. Sé todo eso, pero igualmente, continúo disgustada y colérica. ¿Por qué? La respuesta no es sencilla. Tal vez no la tenga, en todo caso.

—¿Qué ocurriría si a una de tus hijas le dijeran algo semejante? — pregunto. Aprieta los labios y la incomodidad le tensa la expresión.

—No creo...

—¿Porque son tus hijas?

—Las educo para cosas mejores que llevar lolas y obsesionarse por la belleza — dice en voz alta. Varios en la mesa se vuelven para mirarnos, entre curiosos y sorprendidos. Suspiro, termino la taza de café en un solo trago y me levanto.

—Piensa en las que no tienen esa oportunidad. Y que sustituyen esa educación amorosa que me describes con lolas.

La mujer en Venezuela debe ser "alguien" consumible.

Me armé todo un numerito, pienso cuando salgo del restaurante. De nuevo, esa necesidad mía de hacer preguntas y cuestionamientos que no parecen tener respuesta. ¿Importancia sí? Para mí, la tiene toda claro, pienso caminando por la calle.

Para mí es indispensable comprender la idea que tiene el venezolano  — la cultura venezolana —  sobre la mujer. Miro a mi alrededor: un ejercito de mujeres me rodea. Mujeres producto. Porque la mujer en Venezuela debe ser "alguien" consumible, desempeñar lo que se espera de esa normalidad que se construye a partir de los más variados estereotipos.

Somos un país tropical, con clara herencia machista: la cultura se asume a sí misma a través de roles. La idea me sobresalta, pero es tan cierta que me duele. Una vez leí, que en el futuro, todos estaremos a la venta para formar parte de lo normal. Miro el cartel enorme que cuelga entre las dos bellas columnas a la entrada del centro comercial donde me encuentro: una mujer en un delicadísimo vestido rosa mira con ojos brillantes al espectador. Está tendida en la cama, suplicante, vulnerable. Quizás deseable.

Pienso en la mujer que soy, en la que quiero ser y que no tiene ningún parecido con ella, la que el mundo parece aceptar. Y me da miedo las implicaciones de ese pensamiento, de la idea que parece sugerir. ¿La transacción imaginaria entre consumo e idea personal ya se realizó?

No lo sé. Y me asusta encontrar la respuesta a eso.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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