EL BLOG

La mujer, el sexo y la moral: una eterna batalla

26/09/2017 11:03 PM CDT | Actualizado 27/09/2017 1:49 PM CDT

Shutterstock / Piotr Marcinski
La cultura donde nací no parece muy consciente de la pesada losa de prejuicios con la que aplasta a la mujer.

La sexualidad femenina siempre será un tema controversial, o al menos lo es, para cierta visión y cultural que continúa interpretando la relación de la mujer con el sexo desde el tabú.

Tal pareciera que la cultura en que nacimos continúa sin admitir que la lujuria femenina es mucho más que la idealización que se tiene sobre ambos conceptos, un debate constante sobre los límites entre cierto concepto difuso de "decencia" y algo más complejo, más relacionado con una viejísima postura sobre la inexistencia del deseo sexual femenino. Una idea que incluso en la segunda década del siglo XXI continúa debatiéndose con cierta frecuencia.

Pienso en todo lo anterior cuando recibo un correo en el que un lector de mi blog, intenta explicarme por qué no debería escribir con "tanta frecuencia" sobre pornografía "y temas así de sucios". Parece genuinamente ofendido y sobre todo, desconcertado por el hecho que una mujer pueda no solo analizar el sexo desde cierta distancia emocional, sino del hecho que lo considerara natural. Ya me había ocurrido antes, pero en esta ocasión mi invisible interlocutor parecía especialmente ofendido por lo que llamo mi "atrevimiento" de analizar la sexualidad en un espacio público y desde la perspectiva femenina. "El sexo es sagrado y con ese respeto debe tratarse. La mujer debe entender que el sexo es un don divino y no un don carnal. Ninguna mujer puede manchar su quehacer sobre la vida (sic) con eso".

El sermón me hace reír, aunque no me sorprende. Escribir sobre temas femeninos que no se tocan con frecuencia  — masturbación, pérdida de la virginidad, identidad sexual de la mujer —  tiene como inmediata consecuencia ese tipo de sermones moralistas. Supongo que en una sociedad tan tradicional como la que nací algunos temas continúan considerándose tabú, a pesar de encontrarnos en pleno siglo XXI y que la cultura del continente ha recibido, como cualquier otra del mundo, un buen empujón hacia el debate gracias a la proliferación de redes sociales.

Escribir sobre temas femeninos que no se tocan con frecuencia  — masturbación, pérdida de la virginidad, identidad sexual de la mujer —  tiene como inmediata consecuencia ese tipo de sermones moralistas.

Con todo, me irritó un poco el hecho que la mujer aún deba sufrir de esa limitación cultural que denigra su capacidad de mirar el mundo con curiosidad bajo el término de la "decencia". ¿Qué es la moralidad? ¿Cómo se define esa opinión que decide cuál es el límite de tu opinión, de tu cuestionamiento personal, de tu interpretación del mundo? ¿Qué es realmente el recato y esa visión distorsionada del sexo femenino que la sociedad latinoamericana insiste es la única correcta?

Ya no hablamos de lo lícito que pueda ser la pornografía como expresión de lo erótico  — cosa que puede estar en discusión— sino más allá, esa noción de la sociedad sobre lo que a la mujer se le permite y lo que no. Una especie de manual de instrucciones sobre los elementos que deben construir una identidad sexual comprensible para una cultura que no parece aceptar a la mujer que rebosa su criterio, su concepto y su visión de lo femenino.

No deja de sorprender que en pleno siglo XXI, en medio de la cultura de la globalización, aún el sexo sea considerado como un elemento tan extraño a la vida cotidiana como para atemorizar de esa manera. Porque hablamos de miedo: hablamos de un sobresalto intelectual tan agudo, que provoca reacciones viscerales y una visión del mundo limitada a esa idea del hombre y la mujer convertidos en estereotipos de lo puro y lo casto.

Por supuesto, se trata de una perspectiva sobre la identidad femenina a la que toda mujer latinoamericana se ha enfrentado alguna vez. En nuestra cultura se enseña bien pronto que la niña decente no lleva la falda corta, que la boca roja es de puta, que disfrutar del sexo es inconcebible. Y también se le insiste que el varón es de la "calle", que puede "hacer lo que le plazca" y que es su derecho ser sexualmente agresivo y libre.

La cultura donde nací no parece muy consciente de la pesada losa de prejuicios con la que aplasta a la mujer, una situación penosa e insostenible con la que toda mujer latinoamericana se ha tenido que enfrentar, antes o después, de las maneras más sencillas a las complejas. Desde el piropo subido de tono, hasta el acoso sexual, desde la idea de la mujer "decente" hasta la palabra "puta" hay toda toda una serie de circunstancias que parecen rodear lo femenino y limitarlo a un espectro comprensible. Un límite que el mundo de las cosas comunes impone con suma facilidad y que se asume por cierto y absoluto.

Una opinión que parece hacer a la mujer rehén de sí misma. Justamente así, parece encontrarse aún la identidad de la femenina: la que subsiste a pesar de todo, la que lucha por abrirse camino en una serie de ideas que se le anteponen e intentan aplastarla. Una visión de la mujer que intenta escapar, con habilidad y coraje, de ese límite elemental de lo que abre espacio entre quienes somos y lo que la cultura asume como identidad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.