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La libertad y el corsé social

11/07/2017 11:00 PM CDT | Actualizado 13/07/2017 7:06 PM CDT

Juan Carlos Ulate / Reuters

La magnífica Simone de Beauvoir solía decir que una mujer no nace siéndolo, sino que se convierte en una a medida que la sociedad moldea — o lo intenta, en todo caso — su personalidad, su apariencia y su comportamiento.

Se trata de una idea durísima, abrumadora por momentos, que define mejor que cualquier otra la obsesión de nuestra cultura por lo femenino  — y sus implicaciones —  y la insistencia en crear una figura idealizada y estática que complazca la fantasía social. No solo se trata de complacer una visión sobre la mujer tan sencilla como esquemática, sino asumir que toda mujer debe calzar en esa percepción. Una idea incómoda y hasta peligrosa.

Recuerdo a Simone y sus lúcidas reflexiones mientras leo en mi timeline de Twitter un comentario que dice algo más o menos como esto: "Mujer, no digas groserías, no es de tu naturaleza amable". Estuve tentada responder con algún comentario levemente demencial y provocar una discusión en la que pudiera utilizar el amplio repertorio de vulgaridades que el castellano ofrece. Solo por provocación. Pero por supuesto no lo hice.

Me contuve lo mejor que pude, a pesar que esa frase me continuó obsesionando un poco por horas. Podía entender que la urbanidad y las buenas costumbres, exigen  — aunque nadie lo cumpla —  un cierto pudor verbal, pero me asombró un poco la idea que a la mujer se le exigiera tal cosa, en nombre de su "naturaleza amable". La idea me hizo sonreír, después me irritó un poco y al final me sumió en una serie de reflexiones que originaron esta pequeña reflexión.

¿Qué ocurre con la mujer que disfruta el caos?

A veces me pregunto si la palabra "femenino", que tanto machaca la imaginaria popular, engloba a la mujer real. Que mala educación parece ser una mujer que contradiga esa versión dura y poco comprensible sobre el deber ser cultural ¿No es cierto?

Hablo de la mujer que siente la necesidad de gritar, a todo pulmón, porque le place. La mujer que toma su sexualidad y la disfruta como mejor le parece. La mujer que lleva pantalones feos, la que no se maquilla o lo hace como quiere. La mujer que no se depila las cejas, o lo hace cuando le place. La mujer que se come las uñas, que grita por teléfono, la que estornuda ruidosamente. La que fuma, la que baila con los brazos alzados, dando vueltas sobre sí misma, mirando al cielo. La que corre sudorosa, la que nada y golpea. Libre, tan libre. Qué imagen tan inquietante ¿No? Esa mujer que no concuerda con esa idea de la mujer esquema, de la mujer bella, de "naturaleza amable", que no dice groserías, que sonríe, que se ve hermosa, madre quizá, abnegada siempre, que se "da lugar".

¿Y qué pasa con las que no se lo dan? ¿Qué ocurre con la que disfruta con el caos? ¿La que se ríe a carcajadas de esas convenciones? ¿La que salta de un lado hablando en voz alta? La mujer que conduce a toda velocidad, la que comete imprudencias, la que disfruta sus torpezas. ¿Ellas también deben tener su lado amable?

Cuando escucho frases como esas, a veces veo en mi mente una única imagen: un corsé. Sí, una de esas exquisitas piezas de ropa que por mucho tiempo fueron la principal prenda del vestuario femenino. Delicadísimo, cubierto de encajes, perfectamente amoldado al cuerpo de la mujer. Pero no imagino la imagen hermosísima de la mujer envuelta en maravillas de pasamanería y encajes, sino a la que transpira y toma aire mientras alguien aprieta con fuerza la prenda. Las cuerdas tirantes, tan tirantes. La mujer con los ojos cerrados, las manos entreabiertas hacia adelante. Los labios apretados. Y el corsé se aprieta, se eleva, se deforma. La piel levemente hundida, enrojecida y sudorosa. Pero la mujer sigue sin decir nada. Porque es lo que debe ser ¿No?

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Toda mujer debe llevar aquella prenda, por más dolorosa que sea llevarla, por más angustioso que resulte su idea. Lo femenino de esa época está representado en las cuatro varillas y la pieza de tela dura, las cuerdas que siguen tensándose, infinitamente fuertes. Hasta que el corsé queda en su lugar, bien sujeto. La mujer siente que la cabeza le da vueltas, el rostro cubierto de sudor. Se mira al espejo. La silueta delicada y curvilínea parece convertirse en una metáfora de ese deber ser que insiste en rodearla, en crear belleza del dolor. Y después será el vestido, capa tras capa de ropa, cada vez más sofocante e incómoda.

Pero es la naturaleza de la mujer, ser esta criatura frágil y ultraterrena, esta criatura temblorosa y dolorida, a quien le cuesta respirar, a quien le duele algo tan simple como tomar aliento. Pero el hábito es este, la costumbre es la idea concreta. Una perspectiva muy pequeña y dolorosa de la verdad.

Por supuesto, inevitable, que después de recrear una imagen tan terrible, tenga otra. Y esta es la de una mujer hermosa, de cabello corto, la que creó el vestidito negro. Quizá Chanel, con toda su belleza austera, con toda su visión sobre sí misma y la feminidad, fue la que comprendió primero que nadie, esa naturaleza de mujer salvaje, desenfrenada y caótica que vive dentro de todas nosotras. Esa mujer que ríe, que siente la felicidad y la tristeza como una voz en la conciencia, devastadora. Tan enorme. Esa mujer que está viva, que es real y que sí, muy probablemente dirá groserías, reirá en voz alta, hará locuras.

Y sabrá, también cómo lo sé yo, que la feminidad es algo tan amplio como sueño y tan profundamente sentido como una forma de crear.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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